La pizzeria La Fontana. Y 2




El otro día publiqué un fotoblog sobre una foto que me envió Virginia en la pizzería La Fontana. Me salió algo personal, yo creo que apropiado para un blog de este tipo que se llama Desde la historia de Casas Viejas. Pero antes de escribir ese artículo le había pedido información y fotos a Alfonso Mateos Vela, él que regantaba la pizzería. Me las envió una vez que ya había escrito el fotoblog. No pasaba nada, tenía dos post sobre la pizzería. Uno el que yo había escrito y otro el que voy a hacer con la información y las fotos que me mandó.
El antecedente conocido es el bar Cojo Gómez ya mentado en la entrada anterior. Cuando este dejó de trabajar se lo pasó a su familiar Manolo Pérez Tórres y este a su hijo Manolo Pérez Gómez. Cuando este dejó de trabajar, Alfonso que vivía enfrente y era amigo suyo se quedó con el bar. Le puso el nombre de El Bodegón El Chorro. Dice Alfonso sobre este bar: “Allí servíamos vinos, puse una plancha y una freidora, poniendo pescaito frito y algunas tapitas a la plancha, pero con la llegada de moda del colesterol, los viejos empezaron a dejar de beber vino y hubo que darle la vuelta a la tortilla, mejor dicho a la pizza…cerré y me fui a trabajar al Valeo” 


Va a ser allí donde surge la idea de montar una pizzería en el local de enfrente de la tienda de sus padres. Era el año 1993, como se cerró en 2003 el proyecto duró diez años. Dice Alfonso: “Bueno todo empezó estando yo trabajando en VALEO con Enrique el soldado ,allí solo se servían copas ,ya se sabe después de unas cuantas entra el hambre se nos ocurrió comprar bases de pizza precocinadas (Panrico), ingredientes y él se trajo el horno de su casa y así empezó la historia. Entre el apoyo de MIS PADRES y mis AMIGOS  sobre todo Enrique, Manolito, Pitu… Después conocí a un italiano, el viejo Vittorio, que fue él que me enseñó un poco, mi gusto por la cocina hizo el resto. Comenzó la historia porque yo quería montar algo que no hubiera el pueblo ya que había muchos bares de tapas y de copas.  Así me decidí por una pizzería”


Vimos en la anterior entrada que el ambiente de camaradería que se creó en la pizzería inundaba todo el negocio, incluso el nombre de las pizzas era el de los amigos-clientes. Dice Mateo: “Muchas pizzas ya existían, otras me las inventé y otras a petición de amigos clientes;  La Gaditana picante como una amiga de Cádiz jejej, La Banana Roquefort que creo que fue Nicolás Vela quien me la pidió ,La Farola por nuestro amigo  José Luis el Farol, la liebre por mi amigo Mario Gomar…”
Alfonso termina su relato contando una anécdota sobre el reloj: "En la última foto, encima de la puerta se ve un reloj es el que utilizaba Jorge Farañaco para, como no tenía cristal, retrasarlo siempre una hora más o menos,  y así los clientes perdían la noción del tiempo, a laa hora de esperar la pizza. Mi tío Paco que se rejía por ese reloj, estaba más tiempo en la pizzería, que el era muy puntual a la hora de irse"


También le había escrito a mi amiga y compañera Isabel Mateos, hermana de Alfonso. Me consiguió está información en medio de un grave problema de salud en la familia: “Además de pizzeria era centro de reunión de juegos... Recuerdo las noches jugando al tabú con el bola y el loco.  La segunda casa de los profesores del instituto...donde se  reunían casi  todas las noches para cenar  y echar el ratito, bien de charla ,bien de juego. Los domingos a eso de las 9 de la noche...aquello era una feria ...NADIE se recogía sin comerse una pizza de Mateo, bien allí o bien se la llevaban para casa. Recuerdo mi tío Paco como sacaba las sillas y mesas de mi casa para sentar a la gente que esperaban para entrar. Tu madre limpio mucho corto pollo. Había cliente que preferían que tardara más las piezas para recoger  , porque me decía que allí se lo pasaban bien como Carlos el del pantao , “Mateito pon otro botellín”. “Lo alegre que se veía la calle ehh Juana”. “Si muchos recuerdos”. Son algunos comentarios que fueron haciendo mis hermanos y mi madre. Y justo cuando mateo me iba a contar, empeoró la situación”

Ya lo he escrito muchas veces, somos hijos de nuestro tiempo. El que estamos pasando ahora, aislados y confinados, pero más en contacto que nunca, está resultando difícil. Un amigo me manda diariamente los monólogos de Carlos Alsina. En el de antes de ayer decía que "Temo que se nos vaya acabando el ánimo, el mayor enemigo de la esperanza es el cansancio". Cansansio de no hacer nada, miedo a la ansiedad, a que no me de tiempo de hacer todo lo que me gustaría hacer, cuando lo que sobra es tiempo. Harto de estar harto, hasta los mismísimo, vaya. En esas vamos trampeando los días (frase de Raúl Casal) en estos tiempos del Coronavirus. A veces domina el desánimo, pero otras veces la alegría. Como cuando te percatas de que una simple foto como la que puso Virginia en facebook me ha servido para recordar, reflexionar y aprender más de una pizzería que fue tan importante en mi vida y en la de este pueblo. Y si lo fue, lo es y lo seguirá haciendo. Parece claro que hay que dejar de pensar en la meta, en que pasará cuando se acabe la crisis, en mañana, para centrarse en el proceso, en el camino que nos llevará a ninguna parte, en el día a día. Vamos por el 4 de abril de 2020. Mañana escribo otra crónica desde el confinamiento.




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