En la pizzería La Fontana

Virginia Benítez pone en Facebook unas fotos en la pizzería La Fontana. Y me manda el reto de que haga un post sobre esta pizzería. Yo, que como decía mi madre sería eso si fuera mujer porque no se decir que no, me pongo disciplinadamente a ello. Fotoblog al canto. La verdad que me lanzo a la piscina sin saber si tiene agua y como saldré de ella. La experiencia me dice que algo saldrá, pues sabemos, como la vida misma, se sabe como se empieza, pero no como acaba.
Aparece la esquina derecha de la pizzería. Posiblemente sería una tarde noche en la que iríamos a cenar, no sé porque diría que se trataba de un sábado. Si tuviera que apostar diría que corre el año 1995. La foto es coral. En primer lugar aparece mi compañero y amigo Paco, más conocido entre los amigos como Cobi por el parecido con la mascota de la Expo de Sevilla. Se lo pusieron el primer curso que estuvo como profe de dibujo en este pueblo. Su Sevilla, esa que tanto quiere, a la que se todos los años se iba a ir trasladado y a la que cuatro razones le hicieron que, como a mí, no nos echen de esta tierra ni con aceite hirviendo. Mira tímidamente a la derecha para no tropezarse de frente, creo, con la cámara de Virginia. 


A la derecha en una de las pocas mesas que había en el local un grupo de amigos están cenando y uno de ellos charla con Curro Coronil, otro que, como Paco, antiguamente era asiduo cliente de la pizzería y de la noche benalupense. Luego aparecen dos mujeres no identificadas (una de ellas parece Juani). En la esquina de la barra Crespo y yo esperamos que nos sirvan la pizza. Nos hemos dado cuenta de que Virginia está haciendo una foto y la saludamos efusivamente. Crespo hace un extraño gesto con la mano izquierda y yo la señal de la victoria con la misma mano. No tengo ni idea por qué razón. No salíamos de ningún confinamiento. Cierra el círculo Mateo, el que regentaba el local. Alfonso siempre contaba que este local era antes un bar (el Cojo Gómez) y que tenía un barril de vino de Chiclana especialmente bueno por el microclima que se creaba en él. Después me he enterado que el solar forma parte de la propiedad de María de la Flor González herencia del local que compró un familiar suyo Manuel Flor Roldan en el siglo XIX y llegaba hasta la calle Medina, hasta la tienda de María Ruiz.



La pizzería La Fontana (en referencia a la famosa fuente romana. Santo en 1997 en la comparsa El Ventorrillo, juega con el nombre del local para decir que “a Benalup volverá quien bebe en el Chorro Grande”) empezó a funcionar a principios de los años noventa. Junto a otra que había en Medina fue la primera de su modalidad que se abrió en la comarca de La Janda. De hecho los fines de semana venía clientela de Alcalá, Paterna o Vejer. Las pizzas eran totalmente artesanales, todavía tenemos en la memoria al bueno del Tío Paco amasando con una paciencia infinita la masa. La pizzería significó toda una novedad en la oferta gastronómica de Benalup, que se unió a lo que en los sesenta había representado el bar de Pepe, en los ochenta Las Grullas. El pueblo acaba de independizarse, es época del Benalup 2000, con el que se remoza y adecenta la gran fuente del pueblo, que los vecinos llaman por ello El Chorro Grande. El optimismo y las ganas de emprendimiento inundan el pueblo. Alfonso Mateo habilitó la puerta del local como terraza construida con castañuela.  Allí estaban de camareros Mario Gómar, El Liebre, y Sandra, la hermana de Alfonso. En un pueblo donde tanto se sale como en este, donde tan bien se acogen las novedades, donde se vive en la calle, la pizzería La Fontana tuvo un éxito tremendo. Nosotros la frecuentábamos mucho, recuerdo que los primeros canelones o lasagnas las probé allí. Mi pizza preferida era La Gaditana, que llevaba huevo, guindilla y jamón. Íbamos, con los compis profes, todos los jueves. Después Paco Labrador y yo discutíamos si ir al Tato (yo) o a los Jardines (él). Todos los años cuando venían compañeros nuevos el rito de iniciación en el pueblo comenzaba por la cena en la pizzería. 


Pero además de juntarnos con los compañeros profes que se quedaban a vivir en el pueblo tuvimos la inmensa fortuna de dar con una pandilla que nos acogió estupendamente, como tienen en los genes la gente de este pueblo. No quiero dar nombres porque temo que se me escape alguno, pero como canta El Kanka ellos saben quien son. Recuerdo que empecé a entender este pueblo cuando Mario (otro al que se le quedó el mote) me dijo que Manolo Cepero ayudaba en la boda de Carlos Reina no porque fueran hermanos (como yo le pregunté), sino porque en este pueblo se volcaban con todo el que venía de fuera. Si se casará él no le ayudarían. Esa gente tuvo la culpa de que si la primera vez que vine en julio del 92 pensé en pedir una comisión de servicios para no estar aquí, a la semana de volver en septiembre ya tenía claro que no me echarían de aquí ni con aceite hirviendo. Creo que a Paco y Crespo, que también salen en la foto, les ocurrió algo parecido. 


Eso es lo que me simboliza esta foto. Mis primeros años en Benalup. Las comidas en la pizzería cumplieron un papel básico en el proceso de socialización de mi familia en este pueblo. Muchas horas de cervezas, pizzas, conversaciones y risas. Muchas risas. Si anteriormente el microclima existente en este local hacía especialmente bueno el vino de Chiclana, ahora este mismo microclima creaba un ambiente donde más que clientes éramos compañeros y amigos. Lo pequeño del local, la barra tan coqueta, la activa participación de camareros y cocineros en las conversaciones, la cercanía de todo el que entraba allí, la inagotable gana de meterse en “fregados”… convirtieron a esta pizzería en un lugar mágico que no se nos borra de la memoria.


Parece que el fotoblog me ha salido. Terminar escribiendo que de esta foto me sigue intrigando la V que señala con los dedos ese calvo, sin afeitar y con un polo negro. Puede ser que venga a significar lo bien que me encontraba, estoy y estaré en este mi pueblo. 


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