Casas Viejas y yo. Veinte años dan para mucho. 7. Sandrine Duhen

Salus; 
Cuando me pediste escribir algo sobre mi relación con Casas Viejas, sonreí porque por un lado veinte años dan para mucho y por otro, soy bastante charlatana...aunque sea por escrito. El pensar qué forma le iba a dar a esta descripción me ha vuelto a sumergir en recuerdos bastante lejanos ya, lo que ha sido algo interesante y emocionante. 

Esta vez, podré responder a esta pregunta que muchas personas me han hecho a lo largo de los años y que deben hacer a todos los extranjeros, entiende por ello, cualquier persona que viene de fuera, no obligatoriamente de otro país. Mi llegada aquí fue fruto del azar, aunque no creo en él...me explico: Estando en la universidad en la ciudad de Burdeos aún, decidí con mi amiga Morgane realizar un viaje a América Latina poniendo así en práctica nuestro amor por la lengua española. 

Luego de recibir un libro de fotos sobre Perú, de parte de mi amiga en Navidad aquel año, y después de averiguar los costes de un futuro viaje en otro continente, así como nuestro restringido presupuesto estudiantil, nos decidimos viajar...a España para calmar nuestra ansia. Ya que las dos conocíamos ya el norte del país, pensamos bajar más y descubrir Andalucía. Estábamos en 1999. Como su nombre lo indica, el lugar donde anda la luz no dejó indiferentes a gentes cercanas: su mejor amiga, el primo de ella y uno de mis primos con quién yo vivía en Burdeos se acoplaron a la aventura. 

El viaje empezó en los primeros días de octubre del 1999. Y casualmente, o no, depende el enfoque que cada uno toma en cuenta, alquilamos una casita para pasar quince días de vacaciones antes de emprender el último año de la carrera de lingüística. Deseábamos descubrir toda Andalucía, anhelo de veinteañeros incansables, y no sabíamos donde establecer nuestro campamento base. Morgane me habló de una pareja de amigos de sus padres que venían a veranear desde hacía años en un pueblecito al lado de Cádiz. Nos pusimos en contacto con la dueña de la casa, María Luisa, y llegamos a Benalup Casas Viejas. 

Venimos desde Burdeos en un viejo BX que durante los quince días del viaje jubiló su bomba de agua, jubilación indeseada debida a una subida demasiado brusca desde un lado de la carretera a la misma...en aquel entonces, no calculábamos correctamente la altura de estos precipicios. Jubilación que nos permitió conocer por primera vez un taller mecánico en Vejer donde la grúa dejó nuestro vehículo. Tenía veinte años. Todos teníamos más o menos esta edad. Y recuerdo que supimos enfrentarnos a este episodio sin demasiado estrés a pesar de nuestros pocos años y de nuestra práctica del idioma que se limitaba en clase en conjugaciones y descripciones de pinturas de Dalí. 

Recuerdo que al llegar por primera vez cerca de nuestro destino, los paisajes me tenían sin aliento. Estábamos en octubre y aún hacía muchísimo calor o eso, le parecía erróneo a una francesa, que en esa época del año acababa de hacer las vendimias bajo la lluvia en Saint Émilion, sintiendo el agua entrar vilmente por la pequeña apertura de las mangas de su chubasquero mientras les daba a las tijeras y al racimo de uva. Todo estaba seco. Extensiones inmensas de color amarillo paja se mezclaban con caminos sinuosos de tierra rojiza, marrón y ocre que formaba arabescos. 

Era mi primer viaje como adulta, sin mis padres o miembro de la familia. Todo me parecía hermoso. Sorprendente. Digno de maravillarme. Una sensación de libertad me invadía al observar campos tan extensos. Recordaba lo aprendido sobre los latifundistas en primero y segundo de bachillerato, pero tampoco sabía mucho más de estas estructuras agrícolas. Era muy distinto a lo que conocía alrededor de mi casa, viñas, bosques oscuros de robles, campos delimitados... sólo contemplaba, atónita. 

Los últimos kilómetros entre Medina y Benalup me parecieron interminables luego de tantos desde Burdeos. Pregunté a quien quiso contestar en el calor del coche si íbamos a llegar algún día a este pueblo...La llegada fue agradable, estaba tan esperada; Curro, el hijo de la dueña, una tal señora María Luisa, nos condujo a nuestra casita. No sé distinguir si realmente todo era maravilloso, ese calor a principios de octubre, el sol, las buganvillas en flor aún, o si mis ganas lograban embellecer el contexto. 

Sí, es cierto, dije a mis padres, a la vuelta de la expedición, dos semanas más tarde, que aquello era el paraíso. No fueron palabras huecas. No fueron términos escogidos al azar ni la ilustración de mi edad e inocencia, sino un sentir real. 

Benalup me pareció entonces ser el paraíso en cuanto a varias cosas, primero en cuanto a su ritmo de vida. Me llamó mucho la atención que la gente de aquí era capaz de estar en sus quehaceres diarios, sus obligaciones y a la vez podía acabar el día laboral y salir a disfrutar de una cerveza con amigos. Diréis, vaya estupidez, pero no lo fue para mí que venía de un lugar menos hospitalario hablando de climatología y de una familia dónde el trabajar en exceso y la ausencia de placeres se veía como una virtud y un orgullo. Al llegar aquí, olía que el tiempo se detenía en algunos momentos del día y que no pasaba nada, o sea que era beneficioso, hasta saludable, tomar el tiempo. He aquí el tesoro de los países que se encuentran en el Sur y de su gente. Tesoro enviado por los del Norte. 

Y como buena estudiante, de vacaciones en el Sur, disfruté de ese aspecto como nunca; como no sabía, aprendí, ... rápido, de la mano de los primeros autóctonos que conocimos. La primera persona que nos acogió con las manos abiertas en cuanto bajamos del coche no fue precisamente alguien de Benalup sino un italiano afincado en Francia y que estaba desde hacía meses aquí para investigar sobre el modelo agrícola de la zona:Sandro. Él nos atendió. Acogió. Invitó a comer. A beber. A compartir charla y.… a bajar al centro. Allí residió, además del sol y las buganvillas, el tesoro de Benalup, y la razón de mi metáfora paradisíaca: su gente. Durante mucho tiempo, pensé que mi única razón de haberme quedado aquí era (aparte de haber empezado una relación y montado una escuelita) la gente de aquí. Luego me di cuenta de que la ecuación poseía muchos más elementos evidentemente. No obstante, es cierto que lo humano fue un punto de inflexión. 

La primera noche nos dio todo a conocer: los jardines de Murillo fueron el primer decorado de esta aventura andaluza, luego el Chori pub y más tarde en la madrugada el bar de Correro en la esquina con el antiguo Correos para desayunar con los hombres que se marchaban a trabajar en la costa. Como os dije anteriormente, exprimimos muy bien cada instante. De día y de noche. 

Ya no estuvimos nunca solos. De día y de noche, nos acompañaban, todos estos nuevos amigos que hoy en día, la mayoría sigue perteneciendo a mi panorama vital. No los nombraré porque son numerosos y a lo largo de 20 años, se acoplaron muchos. No quiero olvidar de nombrar ni uno. En dos semanas, fuimos a Granada, Córdoba, Cádiz, Medina, Vejer, todos los pueblos blancos de la ruta, los Caños, etc.…campo, playa, sierra, cuevas, terrazas de bares, pueblos, ciudades...tomando en cuenta que mi amiga se había echado un amigo que nos guiaba en nuestros viajes y que el sexto en el coche, tanto uno un día u otro, debía ir a estos sitios en el maletero del BX. 

Pero lo más enriquecedor además de lo aprendido en estas visitas, fue Benalup. La sensación general para mí fue gente muy cercana, solidaria, sonriente (¡¡¡“Mamá, ¡¡¡hasta viven con la puerta abierta!!! Y.…ponen sillas en la calle, enfrente de su casa para conversar en el frescor de la noche. Venden frutas en las rotondas unos hombres sentados en un taburete, mientras están elaborando una cesta con palma...”) ... características tan poco importantes a primera vista tomaban para mí un sentido especial. Benalup no me adoptó en ese momento, sino que me cautivó y me parió otra vez, aunque no supiera aún que un año después iba a volver para realizar un año Erasmus en Cádiz y quedarme ya definitivamente. 

Que te paran por segunda vez te da algunas ventajas como por ejemplo haber tenido la suerte de elegir en alguna medida el lugar de tu llegada. El clima. La gente. Sus costumbres y humor. Porque con distancia temporal y años de experiencia puedo declarar que mi elección se efectuó sobre todo en base a cómo me sentí arropada aquí. Y en cómo los habitantes de Benalup vivían su cotidiano con sencillez y afecto. Animales. Plantas. Campo y sabores. Creo que me sentí como en casa de mi abuela materna. Era como volver a saborear otros tiempos, otros gestos, los olvidados, los que no quería dejar ir con el tiempo que se iba al galope. 

Vivir en la ciudad nunca me atrajo. Aunque me encanta ir para visitas culturales. Mi cotidiano necesita desarrollarse en una zona rural. Es serle fiel a mis raíces. Regenera mi vida y me aleja de mi ajetreo laboral diario. 

Un año exactamente después de mi primer contacto con Benalup, volví. O para ser más exacta, volvimos mi amiga Morgane y yo a Cádiz. Estudiamos todo el año en Cádiz en la universidad como Erasmus. Esta experiencia merecería ella sola, páginas de descripción tanto por lo que nos aportó culturalmente hablando como, humana y académicamente. 

Me enamoré de esa ciudad a la cual acudo casi cada semana con mi pareja para pasear por sus callejuelas. Si de algo estoy segura, es que mi pelo blanco de abuela francesa paseará él también evidentemente entre Cádiz y mi región natal cuando me jubile. Siento necesidad de los bosques de robles y ver a los míos. 

Al acabar mi Erasmus, me mudé definitivamente a Benalup, con quién aún teníamos mucho vínculo ya que veníamos cada fin de semana aquí durante el año escolar en la facultad. En este momento de la narración, mi relación con el pueblo se hizo más intensa. A partir del primer mes de residencia aquí, empecé a dar clase de francés, únicamente francés al principio. 

Recuerdo que la gente me paraba por la calle y que un día, una señora me preguntó si yo era la muchacha que daba inglés y le dije que impartía clases de francés. Me contestó que era lo mismo y que me iba a mandar a su hijo. Así empezó todo. Con una labor de hormiguita a diario y luego la creación de la escuelita con mi exmarido. Fue un trabajo de hormiga. Es la metáfora que me gusta usar. Mi relación con Benalup se fue creando a lo largo de tanto tiempo a través de mi trabajo esencialmente, todos los días, un poco más, intentando hacerlo de lo mejor que puedo. 

La elección del sector profesional que elegí no obstante no fue nada sorprendente. Fue solamente seguir con toda una vida vocacional, me gusta decir, seguir con un interés incondicional hacia la docencia, la investigación de metodologías alternativas, el estudio de los idiomas extranjeros que me maravillaban desde mi primera clase de inglés en la escuela primaria y el gusto cada vez más agudizado de trabajar con gente. Personas de todas edades. Aquí descubrí la enseñanza también para adultos, lo que hasta ese momento no había probado nunca. Mi pasión se limitaba a las edades tempranas. En Casas Viejas, aprendí con adolescentes y con adultos a dar lo mejor de mí para que alcanzasen su objetivo. 


Enseñé. Y aprendí. Muchísimo. Quizás más aún. Mi técnica. Las metodologías. El conocimiento de los idiomas. Mi manera de acompañar al alumnado. De cooperar con los padres. Y, sobre todo, aprendí sobre mí. El pueblo me enseñó. Mi recorrido a través de él me enseñó.Siempre cuento a mis niños en clase que varios elementos me permitieron cambiar como persona: era alguien extremadamente tímido y la enseñanza me ayudó, así como la gente aquí que me decía a gritos y con ojos sonrientes, " Habla fuerte, ¡chiquilla! ¡Que no se te escucha! " Lo que era cierto, viendo mi volumen de voz aterrorizado por una radio a toda voz, la tele y mis acompañantes todos aconsejándome a la vez en cuanto a cómo vencer mi timidez. Aprendí sobre mí. Cambié. Viví. Conocí. Me lamenté. Lloré a veces. Me divertí. Y ya, no me dicen chiquilla por la calle y eso es bueno porque hace ya veinte años que vivo en Andalucía casi. 

Mi relación con Benalup sigue siendo profesional y cariñosa a la vez. Lo que me gusta y agradezco desde el corazón a sus habitantes y a mis alumnos, que suelo llamar, mis niños. No he sido madre biológicamente hablando y, sin embargo, tengo centenares de niños. Sigo desempeñando mi trabajo con entusiasmo día a día, sigo formándome en otros sectores igualmente por si acaso, y porque aprender me conmueve tanto como transmitir. Sigo disfrutando del campo, de los sabores de Casas Viejas (mi suegra cocina como los ángeles), de los alrededores, el mar...

Mi vínculo con este sitio no es únicamente profesional, aunque lo parezca en mi relato; sí es cierto que mi labor diaria es muy importante para mí, como digo muchas veces, mi escuelita es mi bebé. Tomando en cuenta lo que le he cuidado y le cuido de lunes a domingo. Y a pesar de ello, mi relación con Benalup es basada también sobre unos pilares fuertes en cuanto a familia y amigos, anécdotas, buenas, divertidas y otras menos bonitas y agradables, porque vivir lejos de tu casa no es un sempiterno juego. Algunas veces, es duro y de pronto, como por arte de magia, las raíces te llaman. Recordándote que, si hay una dificultad, allí, estarán ellos siempre para ti...

Finalmente, sigo disfrutando de otra última característica de este pueblo, su historia. Adentrándome cada vez más en ella primero para saber. Para entender. Y por otro lado para poder realizar un trabajo sobre ello para mis estudios. Ayer, vi un documental sobre el cine Andalucía de Alcalá de los Gazules. Este edificio en Alcalá siempre me ha parecido ser una joya. Así como el documental de ayer. Y eso es lo que le comenté a mi compañero de vida al salir de la proyección: eso es lo que me gusta de aquí. Aquí, uno puede volver a saborear lo pasado, lo antiguo, uno puede dejar de lado el ritmo frenético y vacío que nos ofrece el hoy con sus nuevas tecnologías en todos lados. Aquí uno puede tomar tiempo de sentarse y pensar: ¿por qué Benalup? ¿Por qué no Alcalá? ¿O Vejer? O Cádiz...quién sabe...no existen las casualidades. Y todos los extranjeros que residimos aquí, llegamos para descubrir algo de nosotros. Cada uno lo suyo. Algo que compartir con Benalup y algo que aprender de Casas Viejas.

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