Calle Limón. Por Antonio Castellet Casas

Antes de que la nomenclatura llegase a algunas de las calles  que conforman el núcleo del pueblo, en Malcocinado (para nosotros siempre será la Yeguada) esas calles ni siquiera eran consideradas por nosotros como tales, sino que eran nuestros patios y tenían un nombres por el que nos referíamos a él cuando había que referirse a cualquier cosa que sucediera en alguno de ellos, ahí estaban el patio de la Naranjera, el de Josefina o Chano Mateos, el de Isidora o María Rico, el de Isabelita con su tienda de comestibles y repleto de flores además otros muchos.


El mío formado entre el edificio de las escuelas y la antigua capilla por un lado, enfrente  las casas pared con pared de las familias de María Barberan,  de mis abuelos y la de mis padres seguidas de la de Manolo Martínez y Manolo el de la Rica, todo eso conformaban el otro lado del patio, mientras que cerrándolo en cierta forma estaba la antigua carpintería con su enorme puerta recubierta de chapa. Siendo niño me gustaba deslizarme por debajo de esa puerta por un hueco que existía lo suficientemente grande, porque me atraían los enseres y alguna que otra maquinaria que quedaba de los años en los que estuvo funcionando para los colonos, me resultaba excitante aquel enorme local oscuro oliendo a polvo a gatos y repleto de trastos donde a veces incluso anidaban las gallinas.
De izquierda a derecha aparecen: mi hermana Mª de la Paz, Josefita Mateos hija de Bárbara Flor, Antonio del que no recuerdo apellido y que le decían Balmaña, Catalina Mateos hermana melliza de Josefita y mi hermana Sagrario. El pequeño era igualmente hijo de Bárbarita.


Frente a la casa de Manolo y Barbarita al inicio del patio si se llegaba desde el llano del pozo, existía un enorme limonero, un árbol ya viejo y que apenas si daba limones  alrededor del cual muchas tardes se sentaban mi abuelo Jerónimo haciendo toniza o empléita, mi abuela María de la Paz, Barbarita, Manolo, mi madre, y los pequeño escuchando  sus historias o incordiando con nuestros juegos.


Éramos una gran familia,  y como tal nos criamos, acostumbrados a compartir todo aquello que teníamos. Cuando paría una vaca Barbarita nos regalaba el primer calostro, algún melón o una sandía y cuando castraban las colmenas algo de miel. Ellos tenían una parcela, la parcela de la Rica, a la que recuerdo con cariño. Mis padres eran hijos de colonos, no teníamos tierra y por tanto lo que compartíamos no eran las mismas cosas.  Por nuestra parte, cuando mi padre traía cosas de Las Lomas o del campo enseguida mi madre les llevaba parte de lo que fuera.
Lavando en su lebrillo, mi cuñada Mª del Carmen Sánchez


Nuestra casa era la más pequeña, las otras cuatro que conformaban el patio pertenecían a colonos y por tanto eran mucho más grande. Todas eso sí, con tejado de uralita. Calurosa en verano y fría en invierno. En las noches heladoras  cuando se cubrían de escarchas, a veces caían gotas, para ello mi padre ideó una especie de techo raso poniendo un entramado de alambre con sacos vacíos de cemento y plásticos. Para nosotros cuando pequeños era un divertimento oír por las noches algún ratoncillo corretear por encima. No teníamos baño, ni luz eléctrica, ni agua corriente,era una casa pobre, como decía Gloria Fuertes en su poema Mentiras “….Mi casa era pobre, con el retrete fuera” ….y así era, para las necesidades mayores los varones teníamos el mejor de todos, el amplio campo, eso sí, teníamos que ser previsores y realizarlo todo antes de ir a la cama.


Recuerdo las noches calurosas de verano que para paliar en algo ese calor extremo, levantábamos cada familia un sombrajo delante de la casa con cañas y ramas de eucaliptos y bajo el realizábamos comidas y cenas. Alumbrados con un quinqué de petróleo la mayoría de las noches coincidíamos  cenando con la familia de Manolo y Barbarita, entonces se establecían conversaciones de mesa a mesa incluso algún intercambio. Teníamos poco recursos, pero la hermandad y el cariño suplían muchas de esas carencias. En eso éramos extraordinariamente ricos.
De izquierda a derecha: Mi abuela Mª de la Paz Grimaldi, Martina Sánchez,Bárbara Flor Carmona, María Rico, mi madre Nicolasa Casas, María Barberán Madueño, mi hermana Mª de la Paz con el pequeño José Mª en brazos y Pedro Jiménez, esposo de María Barberán


Con el paso del tiempo, el patio fue cambiando de fisonomía, su suelo antes de tierra se fue cubriendo de hormigón, aparecieron algunos naranjos, el alcantarillado, la electricidad y el agua corriente. Los lebrillos para  lavar  la  ropa,  ubicados  frente a las casas dejaron de ser una necesidad, los barreños puestos al sol para calentar el agua con la que nos bañábamos dejaron paso a un pequeño baño  y la vieja  y triste carpintería dejo  paso a una sencilla iglesia. Pero antes de todo esto el patio perdió su seña de identidad, aquel viejo limonero que en los últimos años había comenzado a perder frondosidad que apenas daba frutos y que  sus hojas se fueron cubriendo de cochinilla algodonosa, terminó por desaparecer.  Desaparecieron con él algunos  vecinos, unos marchamos a la capital, otro dejaba la casa cerrada y los hijos a medida que crecían emprendían distintos caminos. Ahora  cuando con frecuencia visito a la parte familiar que aún me une a ese patio, a esa calle, miro a veces la esquina de la blanca pared  donde la modernidad y el natural progreso han colocado un rótulo con la palabra LIMON cambiando así, en sintonía con estos tiempos, su género del  masculino “patio” al femenino “calle”.
Sentada bajo el limonero con su pequeño en el regazo Bárbara Flor Carmona. Detrás su hija Josefita Mateos, mi hermana Mª de la Paz, Mª del Carmen Guitierrez Rico y mi hermana Sagrario.


Son recuerdos de una infancia llena de carencias pero recordada feliz, quizás porque de lo más necesario estábamos bien alimentados, como es el amor de unos padres esforzados en hacernos cada día más ricos en nobleza.


El magnífico artículo de Antonio Castellet Casas me sugiere que es una crítica a la sociedad despersonalizada actual, donde tenemos y sobra de todo, en comparación con la personalizada de su infancia, donde se carecía de todo. Por eso más que nostalgia el artículo rezume reproches ante la sociedad individualista, consumista y capitalista actual. 

Hay varias ideas que me apetece comentar. Está el tema de la nomenclatura que lo convierte en el hilo conductor del artículo. La calle ahora se llama limón (femenino, no masculino relativo al patio como antes) sin que haya ningún árbol de este tipo, la causa hay que buscarla en la historia, como siempre, debido a la existencia de un limonero en ese patio comunal que tan bien nos describe Antonio. Lo mismo ocurre con el nombre de la localidad. Malcocinado, San José de Malcocinado o la Yeguada. Como pasa en Benalup-Casas Viejas las causas también hay que buscarlas en la historia. Dice expresamente que ellos optan por la Yeguada como topónimo preferido.

Hay varias referencias históricas en el relato que nos recuerdan que en 1934 se creó la Comunidad de Campesinos de Malcocinado. Y como los colonos, aquellos cuarenta personas que iniciaron el proyecto vivían mejor que los que no lo eran o se incorporan luego al pueblo. Antonio hace referencias concretas a los frutos de la tierra que se regalaban o la amplitud de las casas de unos y de otros. 

Me llama la atención y me fascina como describe y analiza la vida comunal en los patios. Las relaciones de solidaridad, amistad y familiaridad que se establecen. Nunca de caridad, pues la correspondencia se hace a nivel horizontal, nunca vertical. Y eso le hace engarzar con la idea fundamental de su artículo que no es otro que pese a la miseria o la escasez existente la calidad de vida era muy superior a la actual, pues "la hermandad y el cariño suplían muchas de esas carencias".

Concluye Antonio Castellet con una oda o alabanza a su infancia. Una niñez muy feliz por la protección y el cariño de su padre y su madre, a los que indirectamente homenajean y hace un tributo con este artículo.


P.D.- Capítulo aparte merecen las fotografías.

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