Las tradiciones se rebelan. El teléfono. 89

El teléfono llegó muy tarde, como es habitual en todo lo que se refiere a equipamientos e infraestructuras en este pueblo, una localidad dependiente económicamente de unos pocos y políticamente de Medina. En un escrito del 13-9-1920 los propietarios y comerciantes casaviejeños agrupados en torno al casino de labradores solicitan, que al igual que en Medina, se coloque un teléfono en el pueblo.
Se instaló un sólo teléfono en la oficina del Ayuntamiento, haciéndose cargo de él, la familia de los Alcántara, en concreto María. Los hermanos Baltasar y Antonio Alcántara fueron los alcaldes de la última etapa de la monarquía y de la primera del franquismo, sus hijas fueron de las primeras mujeres que se incorporaron al mundo laboral, bien fuera gestionando una guardería infantil, el teléfono o algún comercio. También se encargaban de repartir los periódicos ellos o los muchachos que se criaron con ellos. 



La existencia de un solo teléfono para el pueblo creaba innumerables problemas, pues sólo estaba al servicio del Ayuntamiento y los que tenían relación con él. Además en los motines revolucionarios era lo primero que se cortaba, para incomunicar el pueblo con el resto de la civilización. Se podía leer en el ABC del 25-8-1931: "El alcalde da cuenta de que por orden de la Compañía Telefónica ha quedado interceptada esta comunicación con la aldea de Casas Viejas, con lo que ocasiona un gran perjuicio para aquel vecindario. Se acuerda garantizar a la Compañía la cantidad que solicitó para el entretenimiento de la línea, para que se reanude el servicio" 
Foto Serrano. 13-1-1933. Un operario repara la línea de teléfonos que habían cortado los revolucionarios.



Habría que esperar a 1952 con la mediación de José Mora Figueroa, como tantas otras cosas,  para que se instale una central de teléfonos en el pueblo. De hecho la bendición e inauguración de las instalaciones estuvo amadrinada por Carmen Domecq, la esposa de José Mora. De la gestión de estas instalaciones se encargó Encarnación Moreno Marto y sus tres hijas que procedían de Cádiz. Cuando esta familia emigró a Valencia, se hizo cargo del servicio Mari Luz Guillén Guerra de la Vega, con la que trabajaba Angelines y Mari Carmen Grimaldi, Mari Paz, Amparo García... Estábamos asistiendo a la lenta y progresiva incorporación de la mujer al mundo laboral. 



En Benalup, cuando venía Franco a las Lomas a cazar, se adoptaban medidas excepcionales. A la centralita de teléfonos también le afectaba esta visita. Se ponía una línea directa que conectaba la central de Benalup con el Pardo y venía personal telefónico de Cádiz, junto a una brigada de mecánicos al mando de un capataz para velar por el buen funcionamiento de la línea telefónica. Estos trabajadores estaban día y noche en el centro.
Auriculares originales que se utilizaban en la centralita que regentaba Mariluz Guillén



En el trabajo sobre los oficios de Benalup-Casas Viejas Ana Guerrero, Carolina Estudillo y Gema Sánchez entrevistan a Amparo García que trabajo en la central de teléfonos. Dicen así: “Había un cuadro con muchos números, cada familia tenía un número. Estos le decían a las operadoras lo que querían y ellas con un disco marcaban a la familia que querían. “Yo trabajaba por la mañana, que es cuando más trabajo había. Por la práctica que yo tenía le comunicaba directamente con la persona que quería hablar. Me llevé siete años trabajando, y me pagaba Mariluz. Telefónica le daba el dinero a ella y ella lo repartía a las que trabajábamos allí, que no era demasiado, pero la profesión me gustaba mucho”. En aquella central también trabajaba Angelines Grimaldi, su hermana Mª Carmen, MªPaz, Mariluz que era la encargada... “Yo le pasaba la llamada a Las Lomas, donde había otra centralita”. Amparo solía ir desde las 9 de la mañana hasta las 3 de la tarde, aunque a veces cambiaban los turnos. “Me enteraba de todo los cotilleos y con una llave me ponía escuchar las conversaciones y me enteraba de todo”. La oficina  estaba donde hoy en día está la oficina del INEM. Había un tabique y una ventana y por ahí  pedían las llamadas. Afuera había una cabina rodeada de madera que tenía un cristal y ahí se metían. Las llamadas a Alcalá, Medina, Paterna y los demás pueblos cercanos no costaban dinero. Normalmente las llamadas costaban 5 pesetas si hablabas 3 minutos. Había avisos de conferencias, cuando la gente no tenía teléfono iba a buscar a la persona a la que llamaban y le decía que a una hora le iban a llamar, o sino llamaba al teléfono más cercano y le pasábamos la llamada. El trabajo era muy continuo. “Yo ya me sabía los números de memoria y los que no, llamaba a información o los buscaba en la guía”. Había que hacérselo todo  a las personas ya que había muchos que no sabían nada. “Me enseñó Mariluz y me tuve que aprender muchos números de memoria para poder trabajar mejor, cuando yo me vine de la centralita había en Benalup unos 135 teléfonos”. Se enteraban de las llamadas por la noche porque sonaba un timbre cuando sonaba el teléfono. Ponían un reloj cuando empezaba la llamaba y cuando colgaban paraba, así es como se contaban el tiempo y se ajustaba las cuentas para pagarlo”.




En la transición se sustituyó la centralita manual por otra automática y el teléfono, como todos los adelantos técnicos, se generalizó entre la población. A la desaparición de la centralita le siguió la de las cabinas de teléfonos y en la actualidad cada vez hay menos teléfonos fijos y más móviles. Estos y sus respectivas aplicaciones están siendo protagonistas de una de las mayores revoluciones que ha existido en la historia de la humanidad.

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