Ramón J. Sender y los exilios de Casas Viejas. 6. Por José Luis Gutiérrez Molina Grupo de Estudios Historia Actual

De exilio interior puede considerarse la tarea que realiza el historiador Salustiano Gutiérrez . Al compás de los tiempos, el medio ahora no son sólo publicaciones sino también la Red. El blog “Desde la historia de Casas Viejas” es una fuente en permanente actualización no sólo para el conocimiento de lo ocurrido, las propuestas de su autor, sino también sobre el estado en el que se encuentra la cuestión en la propia población.
Una tarea en ocasiones no comprendida y origen de problemas. Más de setenta y cinco años después, la tragedia sigue sin resolverse en el inconsciente colectivo de los habitantes de la actual Benalup-Casas Viejas. Un nombre dual que quizás signifique algo más que la expresión de un consenso. La representación de una ambivalencia todavía no resuelta de la que son muestras episodios como la denominación de un hotel, el muerto viviente en que se ha convertido una Fundación y el cajonazo dado a una declaración de BIC.



Como exilio colectivo es la propia percepción que de lo ocurrido y de su significado tiene la sociedad española. Casas Viejas sigue siendo un nombre utilizado por tirios y troyanos y continúa despertando el interés de propios y ajenos. Exiliados murieron Manuel Azaña y Santiago Casares Quiroga, los dos máximos responsables institucionales de lo sucedido y sobre los que recayó la brutal campaña política y social que se desató apenas apagados los rescoldos de la choza incendiada y seco el reguero de sangre que bajaba por las cuestas del barrio alto casaviejeño hacia la Alameda. Sin resolver la responsabilidad última, objeto de controversia todavía, no deja de ser un guiño de la historia, símbolo de lo ocurrido, que en el cementerio de la ciudad francesa de Montauban, apenas separadas por unas decenas de metros, estén las tumbas del jefe del gobierno y de la familia de María Cruz Gutiérrez, una de las hijas de “Seisdedos”. Ambos murieron separados de la tierra en la que nacieron y vivieron.



La de Azaña, restaurada hace poco tiempo, recibe la visita individual de quienes se acercan a rendir su homenaje particular, o por simple curiosidad, a quien mejor representó, con sus luces y sombras, al sueño modernizador, ilustrado y democrático de la Segunda República española. También, una vez al año, recibe la visita institucional de los colectivos de exiliados y las autoridades francesas. Pocos, salvo sus familiares, lo hacen a la de la familia Cruz-Silva. Se repite lo ocurrido en 1935 cuando apenas hubo quienes se fijaron en que el capitán Manuel Rojas Feijespan, el homicida de Casas Viejas, según la sentencia judicial, fue condenado incluso por víctimas que no había causado . Quizás no sea tan verdad que la muerte nos iguala a todos.



Como también sufrieron el extrañamiento los principales abanderados de la oposición al gobierno de Casas Viejas. Dos de ellos, Alejandro Lerroux y Eduardo Barriobero , fueron triturados por las ruedas de los poderes que se enfrentaron en 1936 tras el fracaso del golpe de estado. El primero por los sediciosos que despreciaron sus propuestas de convertirse en el gestor de la “nueva España” y sólo le permitieron regresar del exilio para morir en el anonimato. El segundo engullido por el proceso revolucionario y su decadencia. Terminó encarcelado por las autoridades republicanas y asesinado por los fascistas triunfantes. Como también murió en el exilio Eduardo Ortega y Gasset  otro de los más beligerantes parlamentarios en este asunto. Diputado radical-socialista fue unos de los que vivieron el desgarro que suponía que el ejercicio orden público republicano no se diferenciara del monárquico. Su propia experiencia personal, como gobernador civil de Madrid en 1931 y fiscal general de la República en 1936, le hizo ser especialmente sensible a estas cuestiones.



Tampoco se libraron un buen número de los que participaron en las derivaciones judiciales. Al juez instructor del Consejo de Guerra contra los campesinos, el capitán Julio Ramos Hermoso, le represaliaron sus compañeros sublevados . Sometido a su “justicia al revés” fue encarcelado y apartado de su carrera militar. Parecida suerte corrió Ramón Enríquez Cadórniga  el magistrado que presidió las vistas de los dos juicios contra Rojas. Como tampoco escapó Andrés López Gálvez , uno de los defensores de los campesinos y acusador particular de varias familias contra Rojas. O el médico Antonio Suffo Ramos que ejerció de delegado gubernativo .



Se podría continuar la relación. Un sinfín de exilios, de extrañamientos, que nos llevan a pensar sobre cuáles pueden ser los elementos comunes a todos ellos. Uno de ellos es su posición respecto al poder y el papel de éste. 

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