Ramón J. Sender y los exilios de Casas Viejas. Y 8. Por José Luis Gutiérrez Molina Grupo de Estudios Historia Actual

Ramón J. Sender
Habitualmente es en esta lucha en la que se hace hincapié al analizar los sucesos. Para unos Azaña y Casares Quiroga fueron vilipendiados y acusados injustamente. Para otros simplemente no supieron asumir sus responsabilidades. Sin embargo en escasas ocasiones se hace referencia a que el objetivo de unos y otros no era primordialmente establecer la verdad de lo ocurrido, delimitar responsabilidades y corregir las causas que los habían provocado.
Sino salir lo menos mal parados del entuerto. Así quedó de manifiesto en los debates parlamentarios. Para el presidente del gobierno no había cuestión. En Casas Viejas había ocurrido lo que tenía que ocurrir. En todo caso, cuando tuvo que aceptar que se habían producido los asesinatos, era responsabilidad de los funcionarios, desde el jefe de las fuerzas al gobernador civil, pasando por el alcalde de Medina Sidonia, que le habían ocultado lo sucedido. 



Pero tampoco para la mayoría de la oposición no era otra cosa que un elemento más de su política. Así lo dejó meridianamente claro Alejandro Lerroux cuando en los primeros compases del debate explicitó que para él no era prioritario un “debate político general”, una valoración global de la actuación gubernamental. Casas Viejas sólo era un arma más con la que desgastar al gobierno y, por tanto, debía tener su protagonismo. No sólo para destacar la responsabilidad gubernamental en lo ocurrido, sino para alumbrar la necesidad de ejecutar políticas represivas como algo inherente al ejercicio del poder.



Tampoco resultaba la matanza grata al propio anarcosindicalismo que debía de asumir su responsabilidad en las insuficiencias de la preparación insurreccional. Como para los habitantes de la entonces pedanía de Medina Sidonia. Lo ocurrido se convirtió en un hecho vergonzoso que mejor no recordar siquiera su existencia. Durante muchos meses en Casas Viejas flotó el miedo. Todavía hoy hay quien confiesa que no hay noche en que no se le aparezcan las imágenes del incendio y los lamentos de los fusilados antes de recibir el tiro de gracia. Así lo puso de manifiesto Jerome R. Mintz. Después, durante el franquismo, el miedo y la vergüenza se transformaron en terror. 



Han hecho falta setenta años para que, contra corriente, de nuevo el poder, aparezcan, desde el mismo pueblo, diversas iniciativas. Como las que realiza el Instituto de Enseñanza Secundaria “Casas Viejas”, representaciones teatrales, inspiración de tipos y repertorios de comparsas de carnaval y la publicación de diversos libros como La Tierra (2006), Viaje por el problema agrario. La Janda (1882-1982) (2007) e Itinerarios por Casas Viejas (2009) o, el más reciente e institucional, Los sucesos de Casas Viejas en la historia, la literatura y la prensa (1933-2008) (2011). Y todavía faltan secuencias de lo ocurrido por aclarar. Por ejemplo el papel de las “fuerzas vivas” del pueblo. No se publican veladas amenazas ni se atenta contra las personas así porque así .



La pinza de quienes ostentaban o aspiraban al poder dejó aislados a los que quisieron profundizar en la cuestión y consideraban que depurar las responsabilidades, aunque perjudicara al gobierno, era un ejercicio democrático ineludible. Aquellos que realmente impulsaron el debate parlamentario y público, quienes se desplazaron, a pesar de la oposición del propio congreso, a la localidad para conocer directamente lo ocurrido y los que, como se ha visto, terminaron triturados por el poder. Fuera el que fuera. 



Cuando Rojas y sus hombres salían de la estación de Atocha hacia Sevilla; Antonio Suffo Ramos hacía lo mismo, en automóvil, desde Cádiz; Miguel Pérez Cordón viajaba en el tren desde Sevilla hacia Paterna y Sender y Guzmán en avión desde Madrid, todos iban al encuentro de su propio destino. Unos destinos condicionados por unos acontecimientos que, por dejar a la vista con toda su crudeza uno de los elementos decisivos en la configuración de las sociedades, el poder, no sólo iban a marcarles a sangre y fuego a ellos sino también a toda una sociedad. La de antes y la de ahora.

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