Ramón J. Sender y los exilios de Casas Viejas. 7. Por José Luis Gutiérrez Molina Grupo de Estudios Historia Actual

Campúa (Julio Romano con cráneo en la mano Crónica 22-1-33)
3. Casas Viejas y el poder
Hemos visto que la matanza de Casas Viejas está rodeada de demasiados exilios físicos y mentales, individuales y colectivos. ¿Reside, paradójicamente, en ellos su pervivencia?, ¿por qué a pesar de silencios, omisiones, medias palabras y actos continúa presente para pesadilla de algunos? Puede que la respuesta la encontremos en una palabra que levanta las más variadas pasiones, deseos y conductas: poder. Término que, también, puede llevarnos a entender porqué el nombre de Sender haya quedado indisolublemente ligado al de Casas Viejas. Sin olvidar el tratamiento del poder que se haga. Una cuestión que ya vio José María Salguero en la introducción que realizó hace unos años a una reedición del senderiano Viaje a la aldea del crimen (Madrid, Vosa, 2000).




No extraña en quien había sido columnista de unos de los diarios anarcosindicalistas de mayor prestigio, la barcelonesa Solidaridad Obrera. Durante 1932 Sender había abandonado casi por completo sus veleidades ácratas pero retenía uno de los temas centrales del mundo libertario: la crítica al poder. De hecho, de todos los “ismos” nacidos de la Ilustración lo que diferencia al anarquismo de de los demás es su renuncia expresa a la conquista del poder. Desde el liberalismo al socialismo, terminando por el fascismo y el comunismo de Estado todos buscan la conquista del poder, del Estado identificando un término con otro. No fueron los anarquistas los primeros en realizar un análisis de esta naturaleza pero sí son los únicos que en la actual configuración social declaran su intención de destruir los gobiernos ya que son incompatibles con los pueblos. Es decir aspirar a una población sin gobierno. A pesar de su distanciamiento Sender mantuvo esa impronta anarquista que le llevó a preferir la inoperancia anarquista a la inhumanidad comunista.



Los artículos de Sender no pusieron en duda la misma existencia del poder pero dejaron al desnudo la contradicción aparente que suponía que fuera un gobierno de la República del pueblo el responsable último de tan contundente y arbitrario aplastamiento. Una expresión más de los intereses contrapuestos que terminan apareciendo entre mandatarios y mandados, entre la realidad, siempre cumplida, que donde hay gobierno, no manda el pueblo, sino el gobierno. Los grupos ocupantes del poder, de los gobiernos en particular, terminan privatizando en su beneficio los intereses generales. Casas Viejas fue la gota que hizo rebosar el vaso de la decepción de amplios sectores de la población española con los gobernantes del nuevo régimen. De ahí el fenómeno casi de catarsis colectiva que se produjo. Donativos masivos para las víctimas, loas escritas de intelectuales y ciudadanos anónimos, identificaciones, gestos solidarios, etc.



A la vez el poder también tomó sus posesiones. Quienes lo ostentaban y quienes aspiraban a él. Ambos secuestraron lo ocurrido, víctimas y causas, en función de sus intereses. La conjunción de izquierdas republicana-socialista para esconder su responsabilidad última. Tanto en lo ocurrido como en el camino que había llevado a que sucediera. La justificación fue que todo había sucedido por la incultura de sus protagonistas, las prédicas de irresponsables y utópicos que envenenaban cerebros y ponían en cuestión la legitimidad del poder democrático. El alejamiento de gobernantes y gobernados se mostraba sideral. A Sender y a Guzmán se les vino a la pluma identificar Casas Viejas con una población marroquí. Era la distancia que existía entre las alfombras del palacio de la Carrera de San Jerónimo y las calles de la población sin asfaltar y llagadas por torrenteras. Abismo que si los periodistas lo describían para señalar una de las causas profundas de la rebelión, para otros era una referencia que distinguía al enemigo y lo deshumanizaba. El estrecho de Gibraltar mental puede llegar a ser mayor que el físico .



Si la coalición gobernante estaba sumida en los efectos de la droga del poder de la que hablaba Tomás de Quincey, aquellos que aspiraban a él no resistieron la tentación de aprovecharse de lo ocurrido para asaltarlo . Bien conocida es la utilización que Alejandro Lerroux realizó para desalojar del gobierno a republicanos de izquierdas y socialistas. Objetivo que alcanzó unos meses más tarde. Tampoco la reorganizada derecha anti-republicana dejó pasar la ocasión. Las páginas de los periódicos derechistas se llenaron de artículos acusatorios contra la brutalidad gubernamental y la doble vara de medir que se tenía para analizar al nuevo régimen y a la fenecida monarquía. Al igual que los minoritarios grupos fascistas españoles lo utilizaron para demostrar la muerte de la democracia.

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