Ramón J. Sender y los exilios de Casas Viejas. 5. Por José Luis Gutiérrez Molina Grupo de Estudios Historia Actual

Tampoco resultó mejor librado su mayor oponente político (de Sopas): José Suárez Orellana . Fue el dirigente más destacado del socialismo benalupense y mantuvo una batalla sin cuartel con el anarcosindicalismo en Casas Viejas, en la región Centro durante la guerra y en el franquismo. Las memorias que nos ha dejado son buena expresión de ello. También tuvo que dejar Casas Viejas y, durante el franquismo, fue encarcelado y extrañado como “Juan Sopas”.




Exilios interior y exterior sufrió la familia directa de Francisco Cruz Gutiérrez. El archifamoso “Seisdedos” murió en el interior de su choza la madrugada del 12 de enero de 1933 . Como lo hicieron también dos de sus hijos, la viuda de otro, un sobrino y un yerno. Después, cuando los asesinatos, también murió otro de sus yernos. Al menos siete miembros directos de la familia Cruz desaparecieron. 



Pero las víctimas de Casas Viejas no fueron sólo la veintena larga de muertos. Hubo otras: los huidos, los encarcelados y, en especial, los familiares de los asesinados. Fundamentalmente mujeres y niños. Muchas de ellas pueblan las fotografías icónicas de los sucesos junto a las de los restos de la choza o los cadáveres dispuestos para la autopsia en el suelo del cementerio .




Sólo una de las hijas de Francisco Cruz, Mercedes, permaneció en Casas Viejas. Las demás, y sus familias, abandonaron la población para establecerse en otras cercanas pero alejadas un mundo mental y social del que venía. Cádiz, San Fernando, Jerez y Paterna fueron sus destinos. En algún caso provisional porque en 1936, la sedición y la guerra, llevó a algunos de ellos a otros lugares cada vez más lejanos. No terminó en 1939 su alejamiento. Para unos se perpetuó y, para otros, fue cuando comenzó. Como otras tantas decenas de miles de vencidos pronto formarían parte de la emigración a otros lugares del país y hacia los destinos dorados de Francia y Alemania. Dos de ellos pueden competir con Sender en ser referentes de la matanza: Juan Pérez Silva y Catalina Silva Cruz. El primero, hijo de María Silva y Miguel Pérez Cordón, padeció el largo exilio interior del túnel franquista. La segunda el exterior. Uno sufrió hasta el extrañamiento de su propio nombre: de Sidonio pasó a ser Juan . Después soportó en silencio el peso de ser descendiente directo de uno de los mayores símbolos de la matanza. La otra vivió, también en silencio, la permanente presencia de las imágenes terroríficas de la masacre.



Si Juan y Catalina han ido abandonado el destierro mental en fechas recientes hubo quien nunca salió del extrañamiento total. Hasta el final pasó en el anonimato el otro superviviente de la choza de “Seisdedos”: Manuel García Franco. El hijo de Josefa Franco Moya, viuda de uno de los hijos de Catalina Jiménez Esquivel, la compañera ya muerta del anciano. Nunca habló de lo ocurrido y apenas conocemos su imagen. Sólo llegó a entrevistarlo, a mediados de los años ochenta del siglo pasado, Antonio Ramos Espejo . Otro de los reporteros de la hechura de Sender y Guzmán que se fajó en el mismo terreno para, ahora, encontrar el “después de Casas Viejas”. Una especie en extinción en el mundo periodístico actual. Fue él quien encontró en una discreta huerta de Puerto Real a Manuel, lo llegó a fotografiar y apenas pudo sacarle algo más que su reiterada negativa a contar lo que había ocurrido en el interior de la choza hasta su salida cuando las llamas comenzaban a envolver a sus ocupantes. Es la imagen que se le ha quedado a Ramos Espejo casi treinta años después de entrevistarle. Para Manuel Franco el exilio fue definitivo.



Junto a Ramos hay otros dos autores que también bucean en el exilio colectivo que, sobre enero de 1933, ha vivido la sociedad casaviejeña durante décadas y que todavía hoy pervive: Jerome R. Mintz  y Salustiano Gutiérrez Baena. A ambos también se les puede aplicar que han sufrido exilios, el exterior y el interior. El antropólogo norteamericano fue el primero que se atrevió a indagar en él. El resultado fue el libro Los anarquistas de Casas Viejas. Un trabajo que contó, por primera vez, con testimonios directos de los vecinos y que sigue siendo pilar fundamental para todo aquel que quiera comprender el episodio.



La obra de Mintz ha sufrido la amnesia decretada por las instituciones que sucedieron a la dictadura franquista. En este caso de forma más sutil, vaciándola de su contenido más profundo y aislándola como un cuerpo extraño procedente del exterior. Las ediciones realizadas por entidades oficiales muestran más el despotismo democrático imperante que de una autentica voluntad de coger el toro de los Sucesos por los cuernos. Un toro que forma parte de la identidad de una comunidad que aspiraba a independizarse y lo logró. Es lo que explica que todavía hoy la figura de “El Americano” no tenga  reconocimiento oficial y que, el que ha tenido, hayan sido impulsados al margen de los organismos representativos locales o, en todo caso, en sus límites. Una expresión más del “sí pero no” tan frecuente en estas últimas décadas.

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