Los benalupenses de a pie durante el segundo franquismo. El cambio social. Los bares. 18

El bar de Cepero. Foto Mintz
El bar era el escenario del ámbito público del hombre. Cuando se descansaba del trabajo, o no lo había o cuando llovía tanto que no se podía ir a trabajar, estos establecimientos se llenaban de hombres ociosos que podían pasar días y días con pequeños “descansos” para comer o dormir. Muchos hombres pasaban más tiempo en el bar que en su casa. 
En el bar se quedaba con los compañeros de trabajo, se cerraban tratos (se cuenta cómo un burro cambiaba de manos varias veces en la misma “pechá“ de vino), unos pocos leen las noticias del periódico, algunos hasta se inventan su propio telediario; en definitiva, el bar como lugar de animada charla con los amigos o de acalorada discusión llegado el caso; se jugaba al parchís, al ajedrez, a las cartas o dominó para pasar la tarde. 
El Bar de Palomino. Foto Mintz



Como todo esto tiene lugar con una copa delante, más de uno hasta se emborrachaba. La gente abarrotaba los bares pero el negocio no era tanto como la cantidad de gente pudiera hacer pensar en un principio, dado que el poder adquisitivo era escaso. Las pizarras con lo que se dejaba a deber para mejor ocasión, eran un elemento imprescindible de todos ellos. La gente pasaba horas y horas en los bares, pero se consumía poco. Las partidas de cartas (fotografía 16) se hacían interminables. Algunos camareros se desesperaban de esta situación y cuando las partidas de cartas o dominó estaban en lo más interesante preguntaban por lo que iban a consumir. Los jugadores decían “no queremos nada, no tenemos sed” y entonces del dueño del bar sacaba un cubo de agua y echaba la baraja de cartas al cubo, diciendo “pues ésta si tiene sed”.
Partida de cartas en lo del Cojo Gómez. Foto Mintz



Se bebía vino, ya que la cerveza y los cubatas no existían en la mayoría de los bares. Era el llamado modelo mediterráneo. Solo algunos bares vendían vino de Jerez, el más usual era el vino Barberá de Chiclana. Las tapas solo las ofertaban los bares de clientela más selecta y los combinados no aparecerán hasta principio de los setenta. Se bebía vino, mucho, demasiado vino. Los borrachos eran personajes habituales del paisaje del pueblo, ya que para una inmensa mayoría de la población masculina todo lo que tenía que ver con la socialización con lo demás, giraba en torno al vino. Hombres con fama de graciosos, amables y divertidos en el ámbito público, característicos de la época, “personajes que ya no se repiten”, pero que hicieron sufrir  en demasía a sus familias. Una parte muy importante del presupuesto familiar iba para los gastos en el bar, sin duda, en la mayoría de los casos, por encima de lo aconsejable por el sentido común.
La puerta de Alfonsito el de Pérez. Foto Mintz



Sobre ello cuenta Antonio Cazorla:” Pero a veces los hombres se quedaban en la taberna demasiadas horas; y eso presentaba dilemas no solo económicos sino morales y de género. Por ejemplo, si para la hora de la cena el marido no había regresado ya a casa, las mujeres se abstenían de buscarlo en la taberna. Esto estaba considerado una práctica humillante para el hombre al sugerir que tenía una relación de sumisión hacia su mujer. Por eso, la esposa o esperaba en casa armándose de paciencia u optaba por enviar a uno de los hijos al padre con el recado —una opción más aceptable siempre que no ocurriera demasiado a menudo— de que la familia le esperaba para cenar”. Seguro que muchos de los lectores del blog tienen muchas anécdotas sobre esto".
Foto Mintz



Dentro del bar, en la reunión de hombres, la hora de la partida se convertía en un momento difícil. Se podía considerar que estaba dominado por la mujer; “calzonazos” aquel que se iba pronto u obedecía  al primer reclamo. Por eso se hicieron famosos dichos como el de la espuela (tomar la espuela era tomar la última copa en alusión a los arrieros que se la tomaban en el tiempo que se las ponían en las botas de montar). Otro el dicho de Juan Fernández:”¡que no soy sordo!” como respuesta a la petición de la última copa o el “que sea lo que Dios quiera” en referencia a que se era consciente de que el hombre que se fuera iba a ser criticado por el resto de los que quedaban.
En la puerta de Manolo Flor. Foto Mintz


Comentarios

Entradas más vistas

Todo el mundo publica libros

El patrimonio inmueble de Benalup-Casas Viejas. La casa de los Espina. 4

Las tradiciones se rebelan. Las huertas. 58

Los benalupenses de a pie durante el segundo franquismo. Cambios sociales. Paseos y fiestas. 16

Los benalupenses de a pie durante el segundo franquismo. El cambio social. Los bares 17

La escalera el culo. 1