Los benalupenses de a pie bajo el segundo franquismo. El ocio. La televisión. 22

Aunque las primeras emisiones de TVE se producen en 1956 habrá que esperar a la década de los sesenta para que en España tenga un impacto considerable.  A la altura de 1964 de cada diez españoles 8 tenían aparato de televisión en casa. Naturalmente en las ciudades esa ratio aumentaba y en los pueblos disminuía. En Benalup nos tenemos que remontar a los ochenta para llegar a esas tasas. Pero además, debido a su posición periférica, lejos de la centralidad, las ondas televisivas llegaban con muy mala calidad a nuestra localidad.
Al igual que fue de los últimos pueblos de España donde desaparecieron las chozas, también ha sido de los últimos en que las ondas de la televisión han llegado con una señal de calidad adecuada.  Analizada la documentación en poder del último alcalde de la dictadura y del primero de la transición, llegamos a la conclusión de que una de las preocupaciones principales fue mejorar la calidad de dicha señal. La televisión se iba a convertir con el tiempo en uno de los principales factores de cambio de la sociedad española. 



Quizá haya sido el elemento que más ha contribuido en la tendencia de disminuir nuestras relaciones sociales basadas en la calle y aumentar el grado de individualización.  “Se puede afirmar que se produjo una mayor reclusión en el espacio doméstico, que se explica porque la comodidad de las viviendas había aumentado, pero, sobre todo, por la irrupción de la televisión” En los pueblos se vivía en la calle, la gente se relacionaba, se socializaba en el bar, en la tienda o en la puerta tomando el fresco, la solidaridad familiar o/y vecinal era imprescindible en una circunstancias difíciles, al mismo tiempo que estas relaciones públicas servían de autocontrol social y de imposición de la ideología dominante. A partir de los setenta el mundo rural empezó a urbanizarse en el sentido de que la forma de vida propia de la ciudad se fue imponiendo paulatinamente en el campo. Parece claro que la televisión ha contribuido a disminuir la presencia del hombre en los bares o de las mujeres en la calle, en las tiendas o  en las charlas nocturnas tomando el fresco (el aire acondicionado también colaboró después). 



Antonio Cazorla en Los españoles bajo el franquismo dice: "La televisión tuvo un impacto sociocultural enorme. Desde mediados de los años sesenta los españoles no solo la veían sino que hablaban de ella y empezaban a hacer sus compras en base a lo que esta les transmitía. Incluso en mayor grado que con la radio dos décadas antes, la introducción de la televisión contribuyó a cambiar la manera en que la gente interactuaba en espacios públicos y privados. Pese a la bien ganada (aunque tal vez exagerada) reputación de los españoles de hacer vida callejera y noctámbula, con la televisión mucha gente empezó a volver a casa al mismo tiempo, normalmente tempranito, para ver las mismas cosas. Los más pequeños también tenían sus espacios y tiempos propios. El final de los programas infantiles marcaba la hora en que las autoridades consideraban prudente que se fuesen a la cama; otra cosa es que lo hiciesen. La televisión dictaba ahora a los padres cuándo podían disfrutar de tiempo para ellos solos, o al menos para los adultos de la casa, reafirmando así el concepto y las nuevas prácticas ideales de la familia nuclear. Ver la televisión reflejó y cambió a la vez los valores y las prácticas sociales. Según un estudio de 1969, los hombres veían más la televisión que las mujeres, las generaciones jóvenes más que las viejas y los más formados más que los analfabetos o aquellos que habían dejado la escuela antes de terminar los estudios primarios. 
En el Club de las Lomas. Campanario, Lopito y ....


La razón era simple: las mujeres trabajaban jornadas más largas, en casa y en el trabajo (si tenían uno), y debían cocinar, limpiar y cuidar de los hijos mientras sus maridos se relajaban delante del televisor después del trabajo y durante los fines de semana; los valores de las generaciones más longevas no se veían siempre correspondidos por la oferta disponible; y los pobres tenían menos dinero para comprar televisores y jornadas laborales más largas y a menudo en lugares más lejanos de sus hogares. En cualquier caso, con la televisión en el comedor, los hombres tenían ahora más motivos para quedarse en casa y no ir al bar, mientras que las mujeres hacían menos visitas a amigas y familiares. Los domingos, los varones veían el fútbol mientras que podían beber a un coste más barato que en la calle. Sus esposas tal vez daban cortos vistazos al partido mientras se encargaban de las tareas domésticas, rompiendo poco a poco el cliché de que los gustos de las mujeres no incluían a los deportes. No pasaría mucho hasta el momento en que ellas también se sentasen, tuviesen una opinión sobre lo que estaba pasando y hasta fuesen al estadio con sus maridos a ver un partido.  La televisión en España consolidó un mensaje de modernidad controlada, usando para ello todo tipo de programas desde los, en apariencia, inocuos concursos para toda la familia hasta los dirigidos específicamente a niños o a adultos, donde cualquier idea considerada perturbadora era eliminada, presentando al mismo tiempo como viables solo los valores conservadores. Pero la televisión no era simplemente inmovilista sino que influenciaba a las personas a comportarse de manera «moderna», al presentar nuevos escenarios sociales y culturales que, sobre todo, venían a través de los programas extranjeros. 


La televisión se convirtió en un fenómeno sociocultural en un momento en que el progreso y la modernidad resultaban todavía excitantes. Poseer una y hablar de ella implicaba prestigio. En palabras de algunos intelectuales (con dos pesetas de ideología en el bolsillo) quizás era el nuevo «opio del pueblo», pero para las personas más humildes significaba por fin optimismo después de dos, y hasta tres, décadas en las que habían conocido demasiadas miserias. Las melodías de los programas, los seriales donde el bien se imponía al mal, las competiciones de talentos que daban fama a jóvenes estrellas y los concursos donde los participantes ganadores se hacían con premios, regalos, dinero o fabulosos autos representaban todos signos inequívocos de esperanza

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