Los benalupenses de a pie durante el primer franquismo. Bodas y Primeras Comuniones.23

En la sociedad tradicional el matrimonio es indisoluble, se hace para toda la vida, se convierte en una unidad de procreación, de producción y de socialización. Refleja el concepto católico de amor entre hombre y mujer.
Antonio Cazorla dice: “Durante la posguerra, la evolución de los valores, prácticas y estructuras familiares tendió hacia la homogeneidad y la supresión de costumbres locales no católicas. En esta dirección fueron los intentos de erradicar la convivencia de personas que no estaban casadas que era tradicional en las zonas rurales… En la Galicia rural, por ejemplo, la convivencia entre campesinos sin compromiso de matrimonio hasta comprobar que podían tener hijos era normal y ampliamente aceptada. También en las ciudades del sur y del este, antes de la guerra, no era raro entre los pobres de estas zonas fugarse o convivir durante años y tener hijos antes de casarse, o, como, se solía decir, echarse las bendiciones… Desde las parroquias, los curas ayudaron en esta tarea redactando listas que entregaron después a las autoridades y que contribuyeron eventualmente al cambio de comportamientos sociales. La fuga de parejas continuó produciéndose, pero ahora se daba circunstancia de que poco después se imponía una boda religiosa… La nueva normalidad imponía que las parejas se casaran y que el primogénito naciese al menos después de pasado nueve meses desde la boda. Esta evolución hacia la homogeneidad se dio también entre las familias campesinas, que tendieron a adoptar costumbres similares a las de la población urbana…. La nueva moralidad impuesta desde arriba tuvo también un claro impacto en los barrios obreros y de inmigrantes de las grandes ciudades. Lo que incluyó, por ejemplo, la substitución por el modelo católico de la tradición anarquista de parejas que vivían como compañeros sin casarse”



El relato de Antonio Cazorla podemos trasladarlos fácilmente a Casas Viejas. Dentro del mundo anarquista y rural el matrimonio católico tuvo poco predicamento durante la Segunda República. Las palabras  de Andrés Vera Rivas, el cura en la época de los sucesos al periodista Julio Romano lo confirman: “En los siete meses que llevo en este curato he presenciado más de cuatrocientos enlaces por lo civil, mientras sólo 4 ó 5 se han verificado por la Iglesia”. En el Casas Viejas de la segunda república la unión de parejas mediante amor libre (ausencia de boda y firma de contrato) se dio con frecuencia y como dice Mintz en Los Anarquistas de Casas Viejas "Era una afrenta directa a los representantes del estado y de la Iglesia. El amor libre era la consumación de la igualdad entre los sexos. Exigía pureza y lealtad sin las interferencias ni el control del clero o del gobierno...Sin embargo, el término "amor libre" fue empleado por personas ajenas al movimiento para significar promiscuidad, lo contrario del ideal anarquista". Llegado el franquismo esta práctica desapareció. Incluso a Pepe Pareja y Antonia Marquéz se les puso la condición de que se tenían que casar si quería el primero salir de la cárcel.



El franquismo, como en otras muchas cosas, significó para la institución matrimonial una vuelta a  posiciones tradicionales y conservadoras. "Los que vivían en el campo no estaban sujetos a las mismas presiones que los que vivían en el pueblo. Algunas familias no podían permitirse el precio; otros no tenían confianza suficiente para ello". (Mintz) La llegada del franquismo supuso una verdadera cruzada para que las parejas que vivían juntas en el campo formalizaran por el rito católico su unión. El enlace se solía hacer de madrugada Ricardo Rodríguez, Baltasar Alcántara, Ana Barca y otra gente del entorno de la plaza solían ser los testigos. Miguel Mateos hablando del hermano Antonio cuenta los esfuerzos de la sociedad católica por casar y dar la primera comunión a los que vivían en el campo. Cuenta como este intermediario que era el hermano Antonio llevó al padre Jandilla en su caballo hasta Zanona para casar en la cama al "cojo de Zanona" y su mujer. Como reclutó a 30 muchachos, entre ellos Miguel mi informante con 18 años, para que vinieran a Benalup y hacer la primera comunión con el Padre Muriel. Para aquellos muchachos del campo los sacerdotes era algo extraño y el hermano Antonio hacía de enlace y mediador con ellos. 



Algo parecido ocurrió con la primera comunión, que de ser un rito en desuso y propio de las clases pudientes se generalizó con el franquismo en toda la sociedad española. Dice Antonio Cazorla: “Uno de los ritos de iniciación más importantes para cualquier niño español era su primera comunión. Las familias pobres hacían (y hacen) enormes sacrificios para que sus hijos se sintieran especiales durante el día de la celebración, y para ello el traje o el vestido eran cruciales. En el caso de las niñas, lo normal era vestirlas de monjas o de boda/princesas, y en el de los niños de frailes o de marinos (incluso de oficiales)… La comunión tenía lugar en mayo y tras la ceremonia religiosa los niños visitaban a sus familias y conocidos para recibir pequeñas cantidades de dinero o meros piropos a cambio de recordatoriso. Luego seguía una comida o merienda con amigos y familiares”



Naomí Sánchez Moya en un trabajo cuenta un caso sobre un vestido blanco que ejemplifica para el caso de Benalup las palabras de Antonio Cazorla: “Mi abuela era miembro de una familia de ocho hermanos y hermanas. Ninguno de ellos podía ponerse un traje blanco para el día de su comunión. Pero mi abuela tenía tanta ilusión en ello que lloró mucho y le pedía a su madre que la dejara hacer la comunión con un vestido blanco. La madre le dijo que no podía comprarle el traje por la situación económica que atravesaban y al seguir insistiendo mi abuela, su madre le dijo que si quería que iba a hablar con Don Manuel Sánchez, el maestro y alcalde del pueblo. Entonces éste al ver las lágrimas de mi abuela por la ilusión de hacer la comunión con un traje blanco, le ofreció un “vale” para que comprara tela para poder hacerse un vestido. Fue a la tienda de telas de Pepe Rey, un hombre muy conocido en el pueblo, bastante bueno y humilde, donde compró la tela blanca para hacerse su traje, aunque este fue corto y no largo, pero ella se conformó y se sentía feliz. Una mujer le hizo el traje y pudo hacer la comunión con su “traje blanco”. En el momento que acabó la misa, se iban a la sacristía a desayunar, donde le daban un bollito de pan, chocolate caliente y un dulce. Ella me contó un pequeño detalle que explica un poco el hambre de entonces. Se comió el bollito y el chocolate caliente, pero al llegar al dulce pensó en sus hermanos que entonces se encontraban en la Alameda jugando y no pudo comerse el dulce al pensar en sus hermanos. Estas son pequeñas anécdotas que ella me cuenta pero que sirven para observar el hambre de entonces, la pobreza… Era mayo de 1953” 



En este relato de Naomí no sólo vemos la importancia que consiguió que la gente le otorgara a los ritos, sobre todo, a las niñas como paso de iniciación a la juventud, sino también el entorno de pobreza y miseria en el que se desarrolló. En la actualidad aunque hay menos bodas y comuniones por el rito católico se siguen dandose y se han mercantilizado, movilizando un gran número de invitados y siendo necesarias grandes cantidades de dinero para llevarlas a cabo.

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