El Gallo Blanco.La muerte de un perdigón. 5. .A . Por Francisco J. Martínez Guerra

5. La muerte de un perdigón.

El carro de los Espina

- Eso ocurrió unos años más tarde, me decía mi amigo en otra ocasión. Estábamos recordando los tiempos de nuestra niñez tratando de reconstruir, como piezas de un puzle, los pequeño hechos y vivencias en común poniéndolos en un orden cronológico más o menos lógico, cosa nada fácil una vez habían pasado tantos años desde que los mismos sucedieran. 


La verdad es que en nuestro caso tampoco tenía mayor importancia precisar el año de aquel curioso suceso de la muerte del perdigón de Luis Garreta, un gran macho de reclamo a quien su dueño, un gran aficionado a la caza, había cogido tanto aprecio. No obstante, aquella tarde, con aquel pretexto, enredados en una serie de recuerdos, nos fuimos por las ramas aclarando el cuándo y el cómo ocurrió ese o aquel otro hecho y, sin darnos cuenta, nos desviamos del tema principal que pretendíamos aclarar.  

Luis el Capaor y su señora

- Aquello debió suceder el año que España entró en la ONU, allá por el 55, dije a mi amigo retomando el hilo del tema del perdigón de Garreta. Aquel año por todo el país se extendió, como una mancha de aceite, un cierto y esperanzado optimismo acerca de los cambios y las mejoras que nos depararía en el futuro la ayuda americana; eso decía el ABC que leíamos en casa. 


- Por entonces ¿Te acuerdas?, dijo mi amigo, el hombre del alambique acudía al pueblo cada año a comprar poleo. Tanta saca casi acabó dejando el campo sin aquella planta aromática de flores azuladas y moradas muy abundante en las orillas de los arroyos y las márgenes de los humedales de la vega. 


Y era distraído ver la industria que instalaba el hombre, sin ayuda de nadie, durante unas dos semanas, allá por los calores de junio, en el solar de la carretera, tras la tapia del cementerio, y la actividad del ir y venir de algunos campesinos con sus burros cargados de ramos florecidas de poleo que iban a buscar a veces hasta bien lejos.  

Tras pesar la carga de poleo en la romana y pagar su importe, el hombre del poleo lo extendía con un bieldo en la explanada para secarlo al sol antes de meter los haces en el caldero hermético de cobre, donde lo cocía y destilaba en el alambique al fuego de boñigas de vacas. Y era curioso ver cómo se las ingeniaba desviando un poco de agua de la corriente del Cañuelo a fin de añadirla al caldero y enfriar el serpentín durante el proceso de la destilación. 


Y al cabo de unos días, cargando con sus artilugios y las cántaras de latón llenas de aquella valiosa esencia de profundo aroma, tras quemar los restos de las plantas y dejar limpia la explanada, el hombre del poleo desaparecía sin más hasta el siguiente año.

Familia Pérez Ruiz en el Cañuelo (El gen dominante se ha transmitido al nieto del de la izquierda abajo)

- Todavía Curro el “capaor” castraba los caballos en el llanito que había delante de la herrería, aunque quiero recordar que a poco debió marchar del pueblo o puede que se retirase de aquel trabajo ¿Te acuerdas? También Rafael herraba allí las bestias, a la puerta de su herrería, y en el llano embutía las ruedas de madera de los carros y carretas en los aros de hierro que traía el camión de Ortega. Pero aquella actividad tampoco duraría mucho que, por entonces, salvo en el campo, la gente fue dejando de utilizar los carruajes tirados por animales y los carros y carretas quedaron aparcados para siempre en los sitios donde menos estorbaban de los cortijos y corrales de las gañanías. Dije yo entonces cambiando el tema de la conversación.


-También era muy distraído ver la operación de embutir las ruedas de madera de los carruajes en los aros de hierro. Una actividad que, muy de vez en cuando, se llevaba a cabo en aquel llanito, delante de la herrería, en presencia de algunos curiosos y que yo procuraba no perderme. 

Los Engomaos vendiendo carbón en Barbate

Para aquella operación se necesitaba una carretada de boñigas secas que, esperaban apiladas desde el día anterior delante de la herrería y toda una mañana de trabajo en la que en algún momento intervenían hasta cuatro personas. Dispuestas en el suelo formando un anillo circular se prendía fuego a aquella corona de boñigas colocando encima el aro de hierro a fin de calentarlo para que dilatase. Casi al rojo, manipulado por Rafael, Manolo, el aprendiz, y uno o dos hombres más, con la ayuda de unas largas tenazas, colocaban de nuevo el aro metálico en el suelo, lejos del fuego, para embutirle la rueda de madera a base de golpes de maza. Ahora era cuestión de esperar a que enfriase para que la rueda de madera quedase comprimida dentro del aro metálico. Y a mayor seguridad aún se fijaban ambos aros con clavos. 

- En la sacristía de la iglesia ya se repartían los barriles de leche en polvo, el queso de barra y la ropa de la ayuda americana, mientras grandes camiones recientemente importados, que los que circulaban por las carreteras del país eran todavía de antes de la guerra, llevaban la piedra de las canteras del Berrueco a Rota donde se construía una gran base aeronaval para la flota americana.
Rafael El herrero. Foto Mintz


Y así fue como, tras un largo coloquio, en una especie de apuesta de ver quien era capaz de recordar más hechos de nuestra infancia, finalmente llegamos a situar, más o menos en su fecha, que no exactamente, el suceso de la muerte del perdigón de Garreta.

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