El Gallo Blanco.La muerte de un perdigón. 5. .B . Por Francisco J. Martínez Guerra

- Por entonces algunas personas de la aldea tenían moto, dijo mi amigo ya centrado en el tema, incluso Luis Garreta se compró una guzzi. No hacía mucho que se había mudado con su familia de vivienda y no usaba caballo, ni necesitaba cuadra; ahora se movía en la motocicleta que guardaba en el zaguán de su casa; la guzzi gastaba poco, solo cuando la utilizaba y no era como el caballo que requería moverlo cada día, además de paja, cebada y agua.


Y aunque fuese un modo más económico y moderno de desplazarse no estaba Luis Garreta satisfecho del todo con aquel medio de transporte, sobre todo desde el día, allá por febrero, que fue por primera vez a cazar en moto. Y es que no era como antes, cuando el hombre, iba sentado en la silla de su caballo, con el porte erguido, la escopeta enfundada colgando del anca del animal, la jaula del perdigón en su espalda y el, despreocupado, iba observando el paisaje mientras su caballo, sin más, lo llevaba por el borde sorteando los baches del camino. 
Foto Mintz


Ese día en guzzi, con el torso encorvado, las manos fijas en el manillar y los ojos clavados en el siguiente socavón, la escopeta colgaba de la espalda y la jaula del perdigón iba atada en la plataforma del guardabarros trasero de la moto. Y aunque despacio y atento a los baches del camino no se libró de botar en todos y cada uno de ellos. Y ocurrió que, al llegar, bajándose de la moto y desenfundando la jaula, encontró al perdigón moribundo sin plumas en la cabeza de tanto golpearse contra los alambres de la jaula, que fue sin duda de tanto bache y el estrés del ruido del motor. Y aquello le entristeció mucho e incluso en voz alta pronunció algunas palabrotas gordas cosa en el nada habitual.  


Luis Garreta, lo enterró allí mismo, en el campo bajo una piedra, y sin más regresó a su casa disgustado por la pérdida de aquel pájaro. “Me quedé sin caza este año. Con el caballo eso nunca me hubiese pasado ¡Ya decía yo que tanto cambio tampoco me va a resultar fácil!” le decía a Antonia, su mujer, lamentándose de la desgracia, mientras ella, sin poner mucha atención a las quejas del marido, le preguntaba por las perdices que había cazado esperando poder desplumar alguna aquella misma tarde para echarla al arroz que pensaba guisar el día siguiente.


- Pues por lo menos podías haberte traído el perdigón muerto, que si se mató en la jaula igualmente lo hubiésemos aprovechado, le recriminó Antonia cuando comprobó, no era ninguna broma de Luis, que ese día su marido regresó a casa con las manos vacías. Pero aquella situación solo se dio esa vez, que es bien sabido que a base de errores y esfuerzo aprendemos los humanos, también los mayores. 


- ¡Y qué paradojas ofrece la vida! No es el único caso en el que los humanos actuamos así. Esta vez el hombre se lamenta de la muerte accidental de un pájaro del que se vale para matar, con engaño, a otros de la misma especie; seres vivos, al fin y al cabo, como nosotros los humanos. 

Eso dijo, en plan sermón, un representante de una bodega de Jerez, que no hacía mucho se había hecho “animalista”, tras oír la historia de la muerte del perdigón de Garreta de boca de uno de los invitados por la bodega con motivo de la presentación de una nueva marca; al parecer un grupo de grandes clientes que celebraban el evento catando el excelente vino de la bodega sin que faltase una gran fuente de jamón de la que nuestro hombre, el representante, rodeado de sus invitados, no probó una sola loncha. 

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-Y esta es solo una muestra, se podrían contar por millares los casos de actuaciones contradictorias que tenemos los humanos en cuanto al trato de los animales, continuó sermoneando el hombre, últimamente muy radicalizado con el tema de la defensa de la vida de los seres vivos y que, con unas copas de más, parecía iba a entrar, de un momento a otro, en esa fase de la melancolía y los buenos propósitos del vino, explicando su conversión al “credo animalista”, que así él lo llamaba. 


Y en tanto los otros parecían oírle atento, el proseguía con su ideario contando con vehemencia la existencia en la India de una religión en la que los monjes, llevando una vida de absoluta pobreza, sin probar alimento alguno de origen animal, iban con la boca tapada con un pañuelo para que no le entrasen las moscas y caminaban barriendo el suelo antes de pisarlo para no matar a las hormigas. 

- Hay gente “pa-tó”, espetó uno de los reunidos al que le faltó poco escupir en la cara, al de al lado, el jamón que comía a dos carrillos con la boca llena, tras el enorme esfuerzo mental que le había exigido pronunciar tan grave sentencia. 

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Un tanto alejado, un tercero, discreto habitual de ese tipo de eventos en los que no faltaba el vino, el jamón y en ocasiones los langostinos de Sanlúcar, se llevaba las dos últimas lonchas que quedaban en la fuente pidiendo trajesen alguna otra botella y algo más de jamón. 


- Mejor que lo traigan pronto, masculló en voz baja a otro con el que hablaba, antes de que nuestro amigo le dé por explicarnos su proyecto de crear la cofradía de animalistas y nos amargue la fiesta recordando la dolorosa muerte a cuchillada que había tenido en Jabugo, haría un par de años, el cochino de bellota del que ahora se zampaban media pata. Porque es el hijo del dueño, si no a ver quién lo aguanta; yo es la tercera vez que se lo tengo oído, añadió en un tono que dejaba traslucir un cierto enfado ante la tardanza de los camareros. 


- Come Sancho hijo, come tu que no eres caballero andante y naciste para comer” eso dijo D. Quijote a su escudero, siempre hambriento y obsesionado con la comida, aunque fuese un puñado de bellotas asadas dándole un buen tiento a su bota de vino.

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