El Gallo Blanco.La caza con reclamo. 4. Por Francisco J. Martínez Guerra

Los hermanos Gutiérrez Mosocos. Los capaores

4.  La caza con reclamo.

- Hombre, hablando de gallos, para mi ninguno tan bonito como aquel gallo de pelea que me regalaron mis padres, decía un día mi amigo. ¿Te acuerdas? Me lo trajeron de San Fernando. Allí y en Jerez los criaban para las galleras de apuestas e incluso los exportaban a Canarias y a América.

Era un pollo joven de raza inglesa, plumaje variopinto y sedoso, el pico fino y acerado, buenos espolones y una cresta ya desarrollada que, un buen día, Curro “El Capaor” le rebanó de un tajo, a lo vivo, echándole seguidamente un poco de “polvos de azol” para curar la herida de su cabeza descrestada. Tuvieron que pasar varios días y mi amigo, tan mustio como su gallo, temiéndose lo peor, no dejaba de vigilarlo y echarle maíz, hasta que por fin cicatrizó la herida.


Ahora, sacándolo del cajón de madera con barrotes de palo en el que lo guardaba, lo paseaba por la aldea bajándolo hasta la Alameda sosteniéndolo por la quilla con una mano mientras acariciaba las plumas de sus alas con la otra y yo, a su lado, deseando me lo dejase llevar al menos un ratito. 


A veces, en casa de otro primo que también tenía un gallo de pelea, los entrenaban enfrentándolos.  Sin soltarlos, los acercaban y azuzaban despertando su agresividad para luego, libres en el suelo, ver como se miraban uno a otro con fiereza, las cabezas agachadas, las plumas de sus cuellos erizadas, las alas abiertas, y los espolones y picos a punto del ataque. Y ese era el momento de apartarlos ante el peligro de que alguno perdiese un ojo de un picotazo del otro.                                                      

Otra cosa diferente era la llegada de la temporada de la caza al reclamo, la gran afición que hacía olvidar a muchos mayores las preocupaciones del campo y sobre todo a Jaime, el padre de mi amigo. 
Peporro. Foto Mintz


En el gran patio, a la puerta de su casa, en alto para que no llegase el gato, en las mañanas soleadas de los días de finales de enero, cantaba sin dejar de moverse girando dentro de su jaula un macho de perdiz reclamando, en vano, acudiesen las hembras. Era agradable oírlo y hasta Jaime, que con tanto esmero lo cuidaba, lo miraba ensimismado: “sin duda que para esta temporada cuento con un buen reclamo” decía en voz alta en tanto se recreaba pensando en la inminente llegada de la época de caza dando por hecho las buenas jornadas que aquel perdigón le iba a proporcionar. Y lo imaginaba cantando en la copa de un lentisco atrayendo a la pareja de perdices que acudiría, a no tardar, para defender su territorio invadido por un intruso enjaulado. Y observando atento esperaría a que se pusiesen a tiro para hacer carambola de un solo disparo de escopeta; y era el momento en que Jaime, el padre de mi amigo, despertaba de su ensimismamiento.  


Para esas fechas de ,a caza se hacía traer el caballo de la sierra y lo guardaba en una suerte que los abuelos tenían en las afueras, al pie de la vega, y en el que aun sobrevivían algunas viejas cepas. Allí, protegido del levante por el vallado de tunas, estaba el cobertizo que hacía de cuadra. 

- Niño mañana, te vienes conmigo a la perdiz. Tendrás que madrugar y traerme el caballo. Le dijo aquella tarde su padre.


Era un día de mediados de febrero, su padre acababa de revisar la silla, las bridas y demás arreos incluso una manta para llevar su hijo a la grupa con la jaula del perdigón a la espalda y ahora se dedicaba a comprobar la escopeta y rellenar la canana de cartuchos. Sería para el primer día de caza de aquella temporada y tanto Jaime como su hijo estaban exultantes.
Familia Ruiz. Foto Francisco Segovia


Esa misma tarde, nada más saberlo, vino mi amigo a casa a contármelo y pedirme le acompañase para echarle agua y un poco de paja al caballo, cosa que hacía alguna vez. Era un caballo alazán, bonito y bien cuidado. Yo admiraba la habilidad, el conocimiento y la facilidad con la que mi amigo, en medio del campo, se acercaba al animal, le echaba la soga y, agarrándose a las crines, sin más, lo montaba a pelo haciéndolo trotar y galopar cuanto quería, pegado a su cuerpo como una lapa, sin necesidad de silla ni de más bridas que un sencillo cabezal.


- Acabábamos de llegar y hemos matado diez perdices, me dijo la tarde del siguiente día llegándose hasta mi casa, de vuelta de la cacería. Mi padre me dejó la escopeta en un puesto y maté una pareja de un solo tiro. El perdigón cantaba sin parar y daba gusto ver como se acercaban las perdices. Este año hay muchas y ya mismo, eso dice mi padre, volveremos. Ahora mismo está desensillando el caballo; anímate y bajamos montados hasta la viña.  


Yo sin pensarlo, cerrando el Atlas Salinas en el que estudiaba los ríos de Europa, me levanté al momento de la mesa y, sin avisar, que de hacerlo lo normal hubiese sido no me dejasen salir sin preguntarme antes donde iba, siempre por temor a que me ocurriese algo, marché de casa con mi amigo. Por entonces, él iba a buscarme con frecuencia a mi casa para jugar y si no era yo quien me acercaba hasta la suya. Algo mayor que yo, le seguía a todas partes y bien que nos lo pasábamos juntos, en mi caso tratando de imitarle en cuanto agilidad, arrojo y valentía, con lo que nunca pude competir y no solo por el hecho de que fuese algo mayor que yo, lo que a nuestra edad no dejaba de suponer una ventaja, también porque no todos somos iguales y yo no tenía su vitalidad ni sus aptitudes. 
Mulo. Foto Mintz


¡Ya me hubiese gustado entonces poderme moverme como él! en su casa le permitían ir de acá para allá con total libertad y le confiaban encargos que a mí me parecían propios de gente mayor. En cambio, en la mía solo me permitían ir a la de al lado, a la de los amigos, a la Alameda, a la iglesia, y a sitios así en los que se suponía que estaba controlado, por lo que, si eras un chaval inquieto, tenías que ingeniártelas para llevar una vida más libre. 


Así que aquella tarde bajamos con el caballo de su casa evitando me viesen al pasar por delante de la mía. Mi amigo tiraba del animal que, algo cansino, lo seguía despacio. Al llegar al Chorro, lejos de la mirada de la gente, aprovechando el muro, sin dejar que el animal metiese el hocico en el agua del pilón, infectada por entonces de sanguijuelas, nos montamos, yo a la grupa, y a pelo proseguimos contentos bajando hasta la “colá”.


- “Agárrate fuerte a mí, pega bien tus piernas al cuerpo del caballo y mantente derecho” me dijo entonces en tanto arreaba al animal que inició una veloz galopada. 


- ¡Páralo!, ¡Páralo!” le pedía asustado mientras botaba sin control sobre el lomo del caballo sosteniéndome de mala manera pegado al cuerpo de mi amigo que iba haciendo verdaderos equilibrios para mantenernos sin caernos y sin poder dominar al animal. 

Aquella tarde recorrimos a toda velocidad el tramo recto y llano de la colá hasta la altura del portillo, cerca de la cuadra, y aun no me explico cómo llegamos hasta tan lejos encima del caballo. Allí, el animal, paró en seco, y bajando la cabeza, se deshizo de nosotros que saltamos por encima de sus orejas dando con el cuerpo en tierra en una zona arenosa llena de cardos y matojos. La cabeza, el cuello, la espalda, todo el cuerpo dolorido del porrazo y las piernas mojadas y pegajosas del sudor espumoso y blanquecino del animal. Tras dejarlo en el cobertizo, nos lavamos en una alberca próxima y regresamos a casa sin mayores consecuencias; y yo sin intenciones de repetir la experiencia.

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