El Gallo Blanco. Sobre la ayuda a los países pobres. Y 8. B. Por Francisco J. Martínez Guerra

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Así que la ciencia y la tecnología tiene que desarrollar, en poco tiempo, por un lado, procesos industriales que requieran menor consumo energético y por otro encontrar soluciones que abaraten la producción de la energía eléctrica de fuentes renovables y/o fuentes menos contaminantes como podría ser la  nuclear en el caso de que se encuentre, en un futuro, la manera de controlar los procesos radiactivos. 



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También hay que invertir en el mejor aprovechamiento de las aguas, aunque parezca mentira, un bien que antes creíamos gratuito por el hecho de caernos del cielo y que cada vez es más caro y escaso en todo el Planeta debido al aumento de su consumo. 
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Ahorrar en materias primas, como la madera, aprovechar mejor los alimentos y, como estas, otras muchas encaminadas a satisfacer, con un sentido más racional y ético por parte de quienes le sobran, las necesidades humanas y aprovechar mejor lo que consumimos disminuyendo su derroche y pensando, que, además de contaminar, hay mucha gente en el Planeta que apenas les alcanza para comer. Y con ellos tenemos que contar y compartir.  
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Sin duda que a partir de los movimientos de protestas de los verdes y ecologistas de hace unos años ha ido calando en la sociedad la necesidad de lo que se ha dado en llamar el desarrollo sostenible, según criterios formalmente establecidos por las Naciones Unidas fundamentalmente en la denominada Conferencia de la Tierra del año 92 de Rio y el protocolo de Kioto en el que, ante el miedo a las consecuencias del cambio climático y el calentamiento global de la Tierra que se viene observando en los últimos decenios debido a la emisión de los gases de efecto invernadero de las centrales térmicas de carbón, petróleo y gas, los países acordaron la limitación de emisiones, fundamentalmente CO2, a base de reducir el consumo de la electricidad producida con carbón y aumentar la producción de energía eléctrica de origen eólico y solar, construyendo nuevas plantas. 
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Y todo lo anteriormente expuesto sin entrar en el tema de la contaminación en las grandes urbes del mundo debido al efecto de los gases emitidos por los vehículos y la calefacción de los edificios, que generan una atmósfera totalmente irrespirable para la población produciendo afecciones de las vías respiratorias.  

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Pero esta es la cara negativa del progreso y el desarrollo que tanto bienestar ha supuesto para la humanidad y del que no podemos prescindir, pero si debemos evaluar sus riesgos para la humanidad y el mismo Planeta Tierra. 
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¡Cómo no recordar a nuestros mayores y el modelo de vida basado en la sobriedad y austeridad de las familias de aquellos niños de la Alameda! incluso la de aquellos que disponían en su casa de luz eléctrica solo durante unas pocas horas de la noche y para encender la bombilla de la habitación tenía que ir apagando, para no gastar, la luz de la habitación por la que habían pasado.
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¿Tendremos que volver los pueblos de occidente a vivir de forma más sencilla limitando el expolio del medio natural que conlleva la economía del consumo de los países ricos de occidente en pro del futuro de toda la humanidad?  No resulta fácil la respuesta y menos su solución, pues nadie está dispuesto a renunciar a los logros de bienestar de que ya disfruta nuestra sociedad. Más bien al contrario, todo el mundo desea una vida mejor y más larga disponiendo de más bienes y mejores servicios sanitarios, educativos, sociales y de ocio. 
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Pero tampoco sería la primera vez que se produjese, a un plazo más o menos largo, un proceso de retroceso del bienestar social de los pueblos más ricos de occidente que hasta la fecha se han venido desarrollando según el modelo de la Revolución Industrial creado en Gran Bretaña, a partir de la invención del telar y la máquina de vapor en el siglo XIX, aprovechándose de las materias primas abundantes y baratas de sus colonias; y que ese retroceso económico tuviese consecuencias sociales profundas sobre la población de las naciones ricas de occidente, afectando gravemente a la gente de menos posibilidades. 

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El hecho ya se ha dado a lo largo de la historia en grandes civilizaciones del pasado. Dicen muchos historiadores que el imperio romano murió de éxito de poder, cultura y bienestar, arrollado por el impulso moral de los valores básicos de pueblos extranjeros, más pobres, más sobrios y menos civilizados que, con muy poco que perder, se sacrificaron trabajando sin descanso para lograr mejorar sus condiciones de vida. 
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Y así la civilización romana, olvidada de los valores del esfuerzo, el sacrificio y entrega a las obligaciones y deberes que tantos éxitos había reportado a su pueblo en siglos anteriores fue desplazada por las tribus bárbaras e ignorantes del otro lado del Danubio que tomaron el relevo de forma progresiva y más o menos pacífica, entre los siglos IV y VI de nuestra era, a una civilización decadente y hedonista solo preocupada de la seguridad y el buen vivir. 
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No podemos olvidarnos de que, además de países como el nuestro en los que la mayoría de la sociedad vive más o menos bien, gran parte de la humanidad sigue sumergida en el pozo del hambre y la miseria y en muchos casos en medio del caos y el terror de las guerras civiles y tribales con millones de criaturas que se desplazan huyendo de la muerte hacia los países más ricos. 
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También esos son hijos de ese Dios que los creo a su imagen, y como tales, merecedores de un mejor reparto de la paz y el bienestar del que disfrutamos la gente del primer mundo. Lo dice el libro del Génesis, cuando narra la obra de la Creación en un lenguaje poético y hermoso: 
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 “…Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen suya lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad a los peces del mar, a las aves del cielo y a todo ser viviente que se mueve sobre la tierra". Vio Dios todo lo que había hecho y lo encontró muy bueno”. 
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Y la Creación no fue hecha por ese Dios para que el hombre la destruya sino para que el hombre la cuide, mejore y también la comparta.  
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Con esto llega a su fin esta hermosa serie que ha escrito el benalupense J. Martínez Guerra. Ojalá pronto podamos disfrutar de otra nueva entrega. Gracias, de corazón, de parte mía y de los lectores de este blog.

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