El Gallo Blanco. El último verano de la infancia. 7. Por Francisco J. Martínez Guerra

7. El último verano de la infancia.


En cuanto a los pantalones largos por fin los estrené la madrugada que marché en el correo a Cádiz, pocos días después del Corpus. Y la verdad es que me debieron dar suerte pues los exámenes me fueron bien; sería por el hecho de que con ellos me sentía un hombrecito, así me veía mi madre, y en los orales no me achicaba ante aquellos sesudos catedráticos del Instituto, señores ya mayores, que nos examinaron a lo largo de ese día, nada más llegar del viaje, y durante la mañana del día siguiente, de filosofía, literatura, historia, matemáticas…como en otras ocasiones


Ya los conocíamos de años anteriores, ellos también a nosotros, pues solo éramos unos cuantos chicos de pueblo y una sola chica, mi hermana, de aquel curso de bachiller que por libre acudíamos cada año a los exámenes de junio al Instituto; y con tal motivo allí nos veíamos e incluso dormíamos en la misma pensión de la calle San Francisco durante uno o dos días. Y esta vez, más seguro, respondía y me expresaba con mayor soltura cuando me preguntaban sobre Platón, la poesía de Góngora, la guerra de los 30 años y cosas así y escribía en el encerado las fórmulas de física, química o las ecuaciones matemáticas sin que me temblase la tiza en la mano, con la seguridad y firmeza de alguien que se creía mayor. Sería el milagro de los pantalones largos, pienso yo ahora.
Foto Mintz


Pero tampoco duró mucho la alegría esta vez, esa es la verdad, ya que, de regreso a casa, la tarde del siguiente día, nada más entrar por la puerta y dar cuenta de cómo nos habían ido los exámenes, tanto a mi hermana como a mí, en cuanto me mudé de ropa, los nuevos pantalones largos fueron a parar a la maleta que preparaba mi madre para cuando empezase en septiembre el nuevo curso en Cádiz. “Los cortos aún puedes aprovecharlos un poco más este verano, hijo mío” me dijo ella sin más. Y así fue como tampoco el último verano de mi infancia tuve ocasión de poder demostrar a mis amigos que era un tío tan mayor y tan importante como ellos. 


Y eso que aquel fue un verano movido. Hasta en dos ocasiones bajamos a la vega a lo de los pajarracos. Desde la Alameda los veíamos apiñarse alrededor de un burro muerto y era el momento de llegarnos a la colá y, desde el vallado, observarlos de cerca viendo cómo le sacaban las tripas y vísceras del vientre y luego se comían el resto del cadáver hasta dejar un esqueleto mondo. Entonces, hartos de carne y en plena calor de agosto, era el momento de correr tras ellos, gritando y amenazándolos con los palos, a una prudente distancia, pues a todos nos daba miedo acercarnos demasiado a los buitres, aquellas aves tan grandes, de cuello pelado, enorme pico y aspecto desagradable, que ahora huían por delante de nosotros moviéndose torpemente y aleteando tratando de levantar el vuelo. 
Antonio Estudillo Mateos


Y otro día fue en el rio, esta vez no solo a bañarnos, cosa que en mi casa me tenían prohibido, también a pescar de forma poco ortodoxa para traernos dos cestas llenas de barbos. 


Algunos domingos de buen tiempo, cada año, solía ir de pesca con buenos aficionados; gente mayor que se prestaban con gusto a que los acompañase, aunque para ellos era más bien una responsabilidad pues yo, por entonces, ni siquiera sabía nadar a estilo perro. Con mi caña india, la lata llena de lombrices de la tajea y el bocadillo les seguía recorriendo a contracorriente el curso del Barbate, desde el puente hasta la “junta de los ríos” prosiguiendo por el Álamo. Alguna vez saqué una anguila y muchas veces pequeños galápagos abundantes en las márgenes; pero a estos, que picaban muy flojito sin acabar de hundir el corcho, los desenganchaba del anzuelo devolviéndolos a la orilla. “Para cebo bueno el grillo” decían los mayores cuando no había manera de que los barbos entrasen a la lombriz. 


Esta vez la pesca era diferente, consistía en cortar el rio, que en pleno verano apenas llevaba agua, haciendo un poco de represa con la propia tierra del cauce seco y luego, removiendo el cieno del fondo con los pies y los palos, enturbiar el charco haciendo irrespirable las aguas a unos peces que asomaban la cabeza dando boqueadas tratando de coger un poco de oxigeno; era el momento de golpearlos y echarlos a la cesta. Un método bárbaro y como el de los garlitos una forma de acabar con la vida del rio.  


Vivencias de unos niños de aldea, entonces sin tele, sin ordenador ni móvil y algunos ¡sin poder asistir a la escuela! Aquellos niños de la Alameda, algo malos y traviesos, pasados unos años, ya hombres, dejarían de ver aquellos paisajes de grandes riadas e inundaciones del cauce y de la vega en épocas de lluvias, el exuberante verdor de una temprana primavera y el suelo resquebrajado de una vega reseca en el verano y conocieron la desaparición de la laguna y sus humedales, de rica vegetación y colorido, llena de aves, abierta y accesible, como toda la llanura, por delante del gran fondo verdinegro de la sierra. 


Y lo que no había ocurrido durante milenios, sucedió en muy pocos años, casi el tiempo de la caída del telón de un escenario que pone fin al acto de una obra de teatro, que así de breve parece el transcurrir del tiempo a quien ya lo ha vivido. Y pasarían a conocer nuevos escenarios y paisajes, los propios de las tierras de los nuevos planes de regadíos según lo llamaban los organismos competentes. Una naturaleza transformada por el conocimiento y la tecnología humana que vació la laguna mediante la construcción de un túnel, recuperando el suelo de sus aguas para el cultivo y, regulando las aportaciones de la cuenca fluvial del Barbate mediante la construcción de varias presas, puso en regadío miles de hectáreas de secanos y humedales. 


Un paisaje ahora de embalses y tierras drenadas e irrigadas, grandes tractores arando el suelo de lo que en su día fueron aguas de una de las mayores lagunas de la península, avionetas fumigando los campos con pesticidas que no solo acababan con las plagas, también con la diversidad de la flora y de la fauna autóctona, grandes cosechadoras moviéndose por él llano y familias enteras trabajando en la recogida del algodón y en otras labores agrícolas.

Un pueblo con nuevas calles pavimentadas, dotadas de aceras, servicios urbanos y viviendas dignas que sustituían a lo que hasta hace poco habían sido chozas, sin luz, sin agua corriente y sin alcantarillado y magníficas instalaciones y servicios sanitarios, educativos culturales y recreativas, que miraba ahora a la planicie verde y productiva de su vega. 


También un río sin agua y sin peces, una iglesia sin golondrinas bajo el alero de su cubierta ni nidos en los frutales de los huertos, pocos pájaros en el cielo, fincas y lugares inaccesibles, cercados por altos muros y vallas impenetrables y cerrados los antiguos pasos y caminos. Fue el sacrificio de aquel medio natural y de la biodiversidad de aquellos campos y humedales de La Janda, antes lugar de parada y de invernación de grandes colonias de aves migratorias, un territorio virgen durante milenios, ahora transformado en aras del progreso y de la mejora de las condiciones de vida de los hombres de La Janda. 


Como no podía ser de otra manera, muchos de aquellos niños de la Alameda, buenos y honrados padres de familia, siguieron viviendo en la que fue su aldea, ahora un nuevo pueblo blanco, en tanto otros marcharían a nuevos lugares del país buscando la mejora de sus condiciones de vida. Pero todos ellos, de eso estoy seguro, sensibles como el que más con la naturaleza que habían conocido y vivido y que para siempre quedará en sus corazones, amantes de los animales y las plantas y atentos al mundo presente y futuro de sus hijos y nietos. 

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