Las tradiciones se rebelan. El afilaor. 53

En la sociedad tradicional la economía era cerrada, la autosubsistencia era la norma común, dinero menudeaba menos que en la actualidad, la economía era más cerrada. No obstante, había necesidades que no se cubrían en el mercado local, en los pueblos, como el caso de afilar los objetos de metal, fundamentalmente cuchillos y tijeras. Para ello aparecía el afilaor, un personaje ambulante, que venía de fuera, primero andando en su tarazana, luego este iba en la bicicleta y posteriormente en una motocicleta. 

En los pueblos solía aparecer por el lugar y en el momento menos sospechado. Para llamar la atención utilizaba una flauta de pan de caña o plástico como silbato, llamado chiflo, alternando sonidos graves a agudos y viceversa. En medio el mítico:  “El afilaoooooooor". El proceso tenía dos  fases, primero el cuchillo pasaba por la piedra de desbaste o gruesa, luego por la pulidora o fina. Previamente la estructura móvil se había convertido en fija, él se acoplaba con una correa de cuero y le daba al pedal girando las ruedas de afilar, teniendo las dos manos libres para manipular los cuchillos o las tijeras



Se trata de un oficio de carácter ambulante, como no hay ni la cantidad ni el poder adquisitivo suficiente en los pueblos para que exista un negocio estable y permanente para afilar objetos de metal, es el afilaor el que va al pueblo. Ahora nos trasladamos fuera para satisfacer necesidades muy concretas, antes venían de fuera. Es el típico dicho si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. Con la modernización, la obsolescencia programada y la renuncia al reciclaje el oficio entró en una crisis que parecía que lo iba a conducir a su desaparición. Aunque ya no escuchamos ni la flauta, ni el grito de guerra del afilaor, estos sobreviven  gracias a la venta de herramientas de corte en comercios, así como afilando útiles de especialistas (cirujanos, carniceros, peluqueros, manicuras... etc.). En las grandes superficies comerciales suele haber un afilador. 



La fotografía es de Mintz. Está realizada en Medina Sidonia, enla calle Victoria y el asidonense Ramón Pérez Montero la utilizó para su libro de 2012 la mirada inclemente. En él y basándose en fotografías  Ramón Pérez Montero ha llevado a cabo una  incursión poética en la que ha tratado de traducir en palabras toda esa mezcla de sentimientos que nos remueve la visión de estas imágenes antiguas”. Una de estas fotografías es de Jerome Mintz, la de este afilador.


Los
escuchábamos llegar
desde
lo más profundo de la nada,
provenientes
de lugares sin tiempo,
rastrojos
sucios sus mentones barbados,
mandiles
cuarteados
y perfiles de inciertas mitologías,
vengativos
reyes vestidos de andrajos
o dioses pérfidamente metamorfoseados,
para
ir dejando por las calles de piedra
metálicos
lamentos de flauta,
notas
aquellas cargadas de conocida melancolía

A mí estas imágenes de Mintz de hace cincuenta años no me producen ni melancolía, ni nostalgia. Busco en internet la diferencia entre los dos conceptos. Y me encontró que: "La nostalgia es una sensación buena (aunque viene de la mano con un poco de tristeza) en la que el individuo empieza a recordar su pasado y desea volver a experimentar las emociones del ayer. La melancolía es la tendencia a la tristeza y a la depresión.
La melancolía es un estado de ánimo, mientras que la nostalgia consiste en tener pensamientos que envuelve un conjunto de emociones asociadas con cada recuerdo".



Esta imagen me provoca un estado de ánimo y un sentimiento: el del agradecimiento. A este catedrático de antropología americano que llegó a nuestro pueblo en 1965 y fue testigo de un mundo que estaba desapareciendo. Llevamos 53 entradas sobre las tradiciones se rebelan. Y es verdad, que en otros pueblos como Tarifa, y en muchos más, estas están mejor estudiadas y tratadas que en el nuestro, pero en ninguno, hasta que no se demuestre lo contrario existe un repertorio fotográfico que pueda acompañarlas, como es el caso de B-CV y Jerome Mintz. Eso pienso yo. ¿Y tú?

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