El Gallo Blanco.De gatos y perros y el incidente del gallo Sansón. 2.A. Por Francisco J. Martínez Guerra

2.  De gatos y perros y el incidente del gallo Sansón.

De allá arriba, del camino que discurría a lo largo del borde de la mesa, algunas anochecidas del invierno, llegaba el gran concierto de los gatos. Era un camino estrecho y poco transitado por el que apenas cabía un burro con un serón cargado de higos chumbos. Cerrado, a uno y otro lado por un denso y alto vallado de tunas, a falta de mejor lugar también hacía de muladar de las viviendas de los alrededores e incluso algunos, careciendo de retrete en sus casas, allí acudían para hacer sus ineludibles necesidades biológicas ocultándose en las tunas; al menos eso se deducía de las muchas evidencias que allí quedaban, razón por lo que había que andar con mucho cuidado por aquel camino. 


En aquellas noches de luna llena, los gatos, escapando de las casas, concurrían al lugar como las brujas a sus aquelarres. Y maullaban desesperados librando feroces combates entre ellos por ganar el favor de una gata en celo. Era el instinto ciego de perpetuación que seleccionaba, a base de arañazos y maullidos, al mejor macho de su especie, mientras ella, que con dulces y prometedores gemidos había reunido tantos pretendientes, esperaba tranquila al triunfador de la batalla. ¡Qué crueles éramos entonces algunos de aquellos niños! ¡Siempre pensando en “maldades”! Haciéndonos el valiente, en aquel sitio solitario y oscuro, con el tirador a punto y piedras en los bolsillos, cuando no con un palo en la mano, íbamos a por los gatos, que más listos y rápidos que nosotros, aprovechándose de su buena visión nocturna y de la mucha basura que allí se acumulaba, afortunadamente se escabullían por los tunares. 
Padre Muriel y un grupo de niños y niñas de primera comunión


Otra cosa eran los perros y había muchos. Salvo los de los cazadores o los que, atados en la cancilla de la huerta o a la puerta de una casa, tenían el agua y la comida asegurada, la mayoría deambulaban libres por las calles, flacos, llenos de parásitos y sin vacunar. Pero los perros, más nobles que los gatos, también eran más confiados y no tenían reparo en cumplir con las funciones propias de la reproducción de su especie sin el menor pudor, a pleno día y en medio de la calle. ¡Ay de la confianza! Seguro que aquellos perros no conocían la estrofa de esa alegría gaditana que dice “yo pegué un tiro al aire / cayó en la arena / confianza en el hombre / nunca la tengas”.


Y todo empezó aquel día cuando un perrazo grande, con las orejas llenas de reznos, olió a la perrita “Canela” que estaba en celo. Entonces se dedicó a seguirla mientras, poco a poco, a lo largo del recorrido, sonrientes y ceremoniosos, moviendo el rabo tras olerla, tratando de ganar su aceptación, nuevos pretendientes se iban añadiendo al grupo de Canela. Y así se organizó, como en otras ocasiones, una pacífica procesión perruna recorriendo algunas calles del pueblo presidida por la perrita que, alegre, iba coqueteando con unos y otros sin que hubiese ladridos ni altercado entre tantos galanes. 
Foto Francisco Segovia


Y ya parada la procesión, en mitad de la calle, cerca de la corriente, Canela se permitió el lujo de escoger al galán que más le gustaba sin que los demás se sintiesen menospreciados. Y en aquel lugar, sin el menor pudor ni miedo a los humanos, se aparearon tranquilamente ajenos al grupo de chiquillos y no tan chiquillos que los rodeaban formando un coro. 


Y mientras los otros perros escapaban presintiendo la que se avecinaba por parte de sus presuntos “inquisidores”, aquella pareja, en la plenitud de su felicidad, proseguía ajena al alboroto que estaba a punto de formarse: ¿lograría el galán desengancharse y huir aterrorizado arrastrando la ristra de latas que ya colgaban de su rabo? Y Canela ¿lograría escapar de aquella jauría humana? ¿Llegaría a ser la madre de una camada de cachorros de color canela, como ella, con un lucerito blanco en la frente como el del padre? Afortunadamente es sabia e inexorable la ley de la perpetuación de la especie, aunque a veces resulte tan ingrata y los humanos podamos llegar a ser tan crueles. 

Foto Francisco Segovia

Y hasta las gallinas se quitaron de en medio la tarde del incidente de Canela y ante tal alboroto optaron por retirarse prudentemente a sus casas. Algunas, no eran pocas las que andaban sueltas por la calle, eran aún más confiadas que los perros, tanto, que si te acercabas y hacías ademán de cogerlas se agachaban ofreciéndote las alas pensando que pretendías palparle la overa por si llevaban huevo, que a eso sus amas las tenían acostumbradas no dejándolas salir a la calle en tanto no ponían el huevo en el nidal del corral de casa. Picoteando en la calle, removiendo la tierra y la basura con sus patas, buscaban en el agua de la corriente cualquier tipo de desperdicio que poder llevarse al pico.  

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