El Gallo Blanco. Vivencias de aquellos años en la Alameda 1.B. Por Francisco J. Martínez Guerra

Miguel García. Foto Mintz
Desde la Alameda, donde los chavales jugaban al futbol con una pelota de goma, cuando no de papeles atados con una cuerda, pues la de goma acababa en manos del municipal cansado de repetir aquello de “si quieren jugar que se vayan al cerro de Cordones”, tras las primeras lluvias del otoño, veíamos las yuntas de bueyes arando los campos de la vega.
Víctor Martínez Guerra. Julio de 1997


Era también la época de las grandes migraciones de las aves y los pájaros tan temidos por los agricultores pues no solo se comían los gusanos y semillas de la tierra removida por el rejón del arado de palo, también parte del trigo recién esparcido en los surcos. Y era a partir de entonces cuando algunos hombres del pueblo, a falta de algo mejor, se dedicaban a la captura a gran escala de pajaritos con perchas a fin de llevar algunos ingresos a sus hogares.  
Foto MIntz. Familia Moreno Reina poniendo trampas


¿Y en que casa no había perchas? aunque solo fuese para acabar con los ratones usando como cebo un trocito de queso duro. Muchos chicos las guardaban durante el año esperando la llegada de la temporada y a veces, a la salida de la escuela, aún no hacía mucho que el curso había empezado, hablábamos de ir a poner las trampas de los pajaritos y siempre había quien se ufanaba de ser quien más tenía. Ocurría lo mismo con los bolindres, cuando los mejores jugadores presumían en el patio de la escuela, ante los demás, con sus bolsas de tela a reventar llenas de bolitas de barro.


Yo no tenía muchas perchas. “Con ocho más que suficiente” me había dicho mi amigo experto en todo lo que se refería al mundo del campo. Y con él marchaba alguna tarde a buscar gusanos en los tallos secos de los cardos de la vega a fin de ir de pajaritos el día siguiente cuando no había escuela. Eran gusanos grandes de cabeza negra, piel dura y muy resistente, tanto que, al enhebrarlos para fijarlos con el hilo al pinganillo, seguían igual de vivos moviéndose sobre el pequeño montículo de tierra recién removida que ocultaba la percha. Y había que acudir al campo temprano, a un lugar donde supuestamente había pájaros y luego acordarse donde las habíamos colocado; al final del surco de la sementera, próximo al vallado o a los acebuches y arbustos donde se posaban los pájaros de noche para despertar hambrientos con las primeras luces del día. Y al cabo de unas horas, recogerlas sin perder ninguna y guardarnos con gran alegría en los bolsillos algunos pajarillos muertos atrapados en las perchas. 

Escuela de Manuel Sánchez

La escuela acababa pronto, no eran muchas las horas de clases a lo largo del año y además la escolarización no era obligatoria y ni siquiera todos los niños asistían a las cuatro escuelas de nuestra aldea, dos de chicos y dos de chicas; algunos iban por las tardes a las clases de algún maestro particular y no eran pocos los que no iban a ninguna dado que tenían que ayudar a sus padres en las tareas del campo y los animales o bien buscando caracoles, espárragos, tagarninas... Tampoco existían los deberes escolares para llevar a casa ¿y en qué lugar podrían hacerlos muchos de aquellos chiquillos? ¿Con que libros y cuadernos? Hijos de familias, a veces muy numerosas, vivían en casas o en chozas de reducidas dimensiones en condiciones límites, sin luz eléctrica, sin red de saneamiento y el agua en un manantial o una fuente no siempre cercana.
La foto es del archivo de Nicolás Pérez Gómez. No sé quien aparece


La calle y el campo era el lugar de estar, jugar y también de aprender de los niños y había que aprovechar la luz del día. Pero la tarde, a medida que el invierno se aproxima, se achica y oscurece y también hacía falta ocupar el tiempo y buscar las maneras de entretenerse, aunque fuese escasa la iluminación eléctrica que solo tenían las calles más céntricas de la aldea.




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