Los benalupenses de a pie durante el franquismo. El estraperlo. 12

Molinos maquileros en 1941 en Benalup de Sidonia. Estos eran uno de los principales centros de estraperlo, pues el pan se convirtió en un producto de primera necesidad escaso y muy caro. 
Muy relacionado con la represión social de la entrada anterior está el siguiente post. Debido a las especiales condiciones económicas y políticas de la postguerra también apareció otro fenómeno conocido como el estraperlo. La diferencia que hay con el contrabando es que esté está relacionado con la frontera con otro país, mientras que el estraperlo es dentro del mismo país. Los recursos escaseaban, lo que unido al intento de reglamentación y control absoluto por parte del estado de toda la economía aparece la venta clandestina de productos de primera necesidad, que escapan al control de calidad y cantidad del gobierno nacionalista.

El término “Straperlo” provenía de Struss y Perlo, un escándalo de corrupción política producido en la segunda república, en el bienio conservador y que afecto al hijo del presidente del gobierno Alejandro Lerroux. La masa popular denominó desde entonces estraperlista a aquel que se dedica al comercio clandestino de productos de primera necesidad. 

Francisco Vargas Casas,el Tuerto Manguita


Francisco Vargas Casas fue estraperlista de pan en los años 41, 42 e incluso algo más. Él contaba que traía el pan de Alcalá G. y lo repartía por Casas Viejas. En épocas de carestía, necesidad, control, prohibición, represión político… a estas actividades acudieron muchas personas adscritas al sector jornalero que no vieron otra salida posible ante las circunstancias adversas, teniendo muchos antecedentes políticos por los Sucesos o la participación en la zona republicana durante la Guerra Civil. Muchos terminaron con sus huesos en la cárcel, otros murieron, otros tuvieron que emigrar y hubo también quien amasó grandes fortunas. 



En el siguiente párrafo Suárez Orellana describe perfectamente como en Algeciras y Los Barrios el estraperlo y el contrabando dominaban el comercio. “En medio de la calle se compraba todo los talones de gasolina que uno necesitara como gomas, piezas de coches. Todo esto era producto del robo, que no se vendían en público, por estar todo intervenido por el Estado, y los servidores de él eran los que proveían a esos comerciantes fuera de la ley y se repartían las ganancias, y a vivir que son tres días, pero luego fueron cuarenta años de festín para aquellos que no tenían escrúpulos de ninguna clase……Todo lo demás que necesitábamos lo comprábamos de estraperlo y dar lo que pedían sin discutir el precio, porque si, lo hacía se quedaba sin él. Esto era el robo autorizado, porque si tenía dinero tenía de todo y el que tenía poco se tenía que contentar con ver a los demás comer. Los que administraban la comisaría de abastos, estos y sus amistades le sobraban de todo hasta para vender, y esto hacía que todos querían ser amigos de ellos, para chupar del bote”. 

José Pérez González, "Pepe Pilar"


Pedro Moya Paredes cuenta otro caso ejemplificador: “En el año 1942, un ciudadano de Casas Viejas llamado Don José González “Pepe Pilar” fue sorprendido por una pareja de la Guardia Civil cuando se hallaba vendiendo unos litros de aceite no controlado oficialmente, cosa que por este extraño delito fue bárbaramente apaleado en el mismo término que divide Casas Viejas con Vejer de la Frontera, pero es que cuando se cansaron de pegarle, entonces le ordenaron que vendiera el aceite y que al día siguiente le llevara la totalidad del importe a la Venta de Ignacio, que se halla a unos kilómetros de Vejer, al lado de la carretera general de Cádiz a Málaga, concretamente en el cruce a Medina Sidonia, -el importe del aceite fue entregado a los torturadores y José González se quedó con las huellas de los golpes recibidos, así como su esposa e hijos no pudieron comer durante algunos días debido al robo del aceite llevado a cabo…”
Juan Pinto González



Juan Pinto, por su parte le dice a Mintz.- “Un día, a las 2 de las tarde, nadie había desayunado todavía en mi familia. Entonces llegó un hortelano trayendo dos o tres coles, colimachos que le dicen, muy negros. Consiguió dos o tres pesetas por ellas. Mi hijos las agarraron como si fueran regalos. “Mirad”, dije a mis hijos, me voy a los molinos”. En esa época, mucha gente solía venir con contrabando al molino de Benalup a moler su trigo. No podían venderlo, porque la guardia estaba vigilando a los panaderos para multarlos. Algunos de ellos vendían pan ilegalmente. Si no lo hubieran hecho, también habrían muerto de hambre. Una tarde llegué al molino, y me encontré a varios esperando allí a moler su trigo. Dije: “Más vale  que me vendáis un par de kilos de harina, porque las cosas están muy mal”. Entonces me vendieron dos kilos. Esa noche, por lo menos, comimos una “espolea”.

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