El Gallo Blanco. Vivencias de aquellos años en la Alameda 1.A. Por Francisco J. Martínez Guerra

Nota: El presente escrito está basado en el recuerdo de algunas vivencias y pequeños hechos de entonces, años cincuenta del pasado siglo, más o menos reales; en algunos casos, simples ocurrencias frutos de la imaginación de quien escribe recordando con afecto a unos amigos de infancia, aquellos niños de la Alameda, hoy abuelos como yo, algunos fallecidos. El último capítulo trata sobre la ayuda al desarrollo de los pueblos pobres.

1. Vivencias de aquellos niños de la Alameda.

Vivencias de aquellos niños de aldea, sin tele, ni ordenador, ni móvil y algunos sin poder asistir a la escuela. Un grupo de chicos de distintas edades que se juntaban en la Alameda y en el que los pequeños aprendíamos siguiendo a los mayores jugando en la calle, en los campos y caminos, bañándonos durante el verano en pelota en las charcas del rio o en las albercas de las huertas y aprovechando las muchas ocasiones de divertirse que entonces, posiblemente más que ahora, ofrecía un campo abierto y una naturaleza próxima y accesible a todos.
Casa que la familia Martínez Guerra tenía alquilada a la familia Vela. No se sabe ni fuente, ni autor de la foto


Vivencias no siempre buenas pues, a veces, nos pasábamos de traviesos e incluso éramos, en nuestros juegos y diversiones, crueles con los animales y pocos respetuosos con el medio natural. Pero no por eso creo que fuésemos peores ni mejores que los niños de hoy día que disponen de tan buenas oportunidades educativas y recreativas en grandes centros escolares e instalaciones deportivas y de juguetes y medios audiovisuales e informáticos por entonces inimaginables.


Aquella sociedad de nuestra infancia, sobre todo en el ámbito rural, era muy diferente a la actual, la educación escolar de los niños no era obligatoria y ni siquiera estaba al alcance de muchos que tenían necesidad que ayudar a sus padres trabajando en el campo desde bien pequeños.


Los tiempos eran otros y aunque los niños del ayer, de hoy y del mañana sean siempre los mismos, nosotros éramos hijos de una generación que había conocido los trágicos sucesos del 33, la guerra civil y ahora vivía las carencias de una postguerra en un país triste, sometido al aislamiento internacional, en el que muchas personas habían conocido el luto y, otras, seguían sufriendo en sus propias carnes, las dolorosas consecuencias de la participación de algunos de los suyos del lado de quienes la perdieron o simplemente habían sido represaliados por sus ideas. Una sociedad pobre y aislada del resto del mundo, anclada en muchos de los viejos valores del s. XIX y principios del XX que económicamente, a nivel país, había retrocedido más de cuarenta años.


Foto Mintz. Calle san Elías. Finales de los sesenta


Aquellos niños de la Alameda, aunque “tocados” por esas circunstancias, viviendo en sus casas las consecuencias de tantas carencias, con todo un futuro por delante, también jugaban, se divertían y lo pasaban bien, tanto como los niños de hoy, aunque los juegos y diversiones fuesen entonces, primarios, más parecidos a las de esos niños del tercer mundo que vemos por la tele de caras sonrientes a pesar de carecer muchas veces de algo tan primordial como puede ser un plato de comida.


Una plazuela, un llano baldío donde correr y tirar piedras, jugar a perseguirse, el futbol con una pelota de papel atada con tomiza, el trompo y una guita, el tirachinas, unos bolindres, un pito de caña, cuando no imitando las habilidades y trabajos manuales de los mayores, jugando con los animales domésticos de casa o subiéndonos a los árboles a ver, si no coger, los nidos de los pájaros por la primavera.

Foto Mintz. Principios de los setenta

Otras veces, y no eran las menos, con otras emocionantes ocurrencias y aventuras que siempre ofrecía a la imaginación y fantasía de un niño el medio rural: una naturaleza plena que proporcionaba múltiples manera de pasarlo bien con ideas no siempre buenas, sobre todo en lo referente a los animales, que aunque no esté bien decirlo, precisamente no recibían muchas veces de nosotros, aquellos niños de la Alameda, ese trato delicado que Francisco de Asís, un santo del siglo XIII, dispensaba a sus hermanos, el hermano lobo, la hermana flor, el hermano pájaro y a todos los seres vivos de su entorno. Nosotros en cambio, muy al contrario, podíamos llegar a divertíamos con ellos como esos gatos que juegan a darle manotazos al ratón que acaban de cazar antes de comérselo.

Comentarios

Entradas más vistas

Todo el mundo publica libros

Barberanes en el mundo. 1 Por Carmen Barberán

El habla de Benalup-Casas Viejas. Tareas de la casa y mobilario. 36

El habla de Benalup-Casas Viejas. La vivienda. 37