Los benalupenses de a pie durante el franquismo. Los vencidos. 3

Bautizo en la familia García. 1943
Pero si la adscripción a un determinado bando en la Guerra Civil no vino determinado por cuestiones sociales, económicas o culturales, el resultado, la victoria o la derrota si se puede relacionar con ellos.
Antonio Cazorla en el citado libro dice: “Se puede decir que el resultado del conflicto fue una sonada derrota, confirmada por las leyes y las políticas de la dictadura, de los intereses económicos de los pobres, y en especial de las clases trabajadoras y campesinos sin tierras… también perdieron la guerra las identidades nacionales no “españolistas”, las ideas laicas y todas las que se situaban a la izquierda del conservadurismo social y cultural más extremo. Como resultado, la España oficial que salió de la Guerra Civil fue un país caracterizado – y hasta caricaturizado- por la intolerancia y los prejuicios ideológicos, esto es, por la falsa unidad impuesta por el muy real terror del régimen de Franco”



En el Benalup de Sidonia de Franco está clara la división entre vencedores y vencidos después de la victoria. En primer lugar los muertos, si sumamos las personas de Casas Viejas que perdieron su vida en la contienda por diferentes conceptos la lista es amplia. Así Francisco Fernández Guerra de la Vega, Francisco Guinea Pérez  y Benio en los primeros días de la guerra a manos de la falange, María Silva Cruz en Paterna, Juan Estudillo que se tiró a un pozo, Antonio Cabañas “Gallinito” en el frente de Pozoblanco, José Jordán, José Durán, y Antonio Lino en Mautahusen y Manuel Vera, Sebastián Cortabarra y Juan Pérez en las cárceles franquistas. Doce en las filas de los republicanos.  Sebastián Grimaldi Duarte murió en la guerra en el bando nacional. 



Empecemos con los vencidos. Por cuestiones didácticas los vamos a dividir en tres grupos. Los más politizados, la mayoría silenciosa y el pueblo en general. Del primer grupo fueron lo que peores consecuencias sufrieron, además de la muerte de algunos, la prisión, los campos de concentración, el exilio, el maquis o la emigración directa. El rol para los perdedores que de alguna manera se habían posicionado a favor de la Segunda República quedó establecido muy pronto y claramente. Tienen enormes dificultades para encontrar trabajo, pues la etiqueta de “rojo” constituía un obstáculo muy pesado. Así, muchos buscaban ocupación en otros lugares (se trataba de verdaderas emigraciones pendulares de carácter político),  otros intentan sobrevivir mediante la denominada economía depredadora (recogida de espárragos, tagarninas, quesitos, higos chumbos, palmitos, trampas, elaboración de carbón, furtivismo,…) que, junto a las faenas  que aportaba la laguna de la Janda y posteriormente las Lomas, ultimaban su mundo laboral. No por casualidad eran campesinos, jornaleros que completaban el escaso trabajo con prácticas económicas de autosuficiencia. Las fuerzas de seguridad ejercían sobre ellos un especial seguimiento y control a través de   persecución  directa y, sobre todo mediante el rol marginal que los vencedores asignan a los vencidos en esta nueva sociedad.  Siempre que se cometía un delito relacionado con el maquis, estraperlo o contrabando (muy frecuentes por otra parte en aquella época),  ellos eran los primeros sospechosos. 



Pero si la derrota fue evidente a nivel individual, más clara, si cabe, lo fue a nivel colectivo. El rol social adquirido durante la Segunda República empezó a transformarse rápidamente. El acceso de la mujer a la modernidad  fue cortado de raíz tras el levantamiento, la guerra civil y la llegada del franquismo. Habrá que esperar a los sesenta y, sobre todo, a la transición democrática para que la mujer empiece a recuperar posiciones en su lucha por conseguir derechos y libertades como los iniciados en el periodo republicano. La Segunda República y la Guerra Civil crearon un modelo de familia alejado del tradicionalismo católico que el franquismo no estaba dispuesto a admitir. Todas las uniones que no habían sido bendecidas por el rito católico, tuvieron que confirmarse otra vez. Caso paradójico fue el de Pepe Pareja y Antonia Márquez: se les chantajea con  la salida de la cárcel si realizan su unión matrimonial  por la iglesia.  Otras familias se rompieron tras el levantamiento y la guerra: había casos en los que un hombre poseía dos unidades familiares (una en Benalup y otra en zona republicana). La solución obligada  siempre fue la de tajante ruptura. A estos casos hay que añadir los de aquellos hombre de ideas libertarias que terminan abandonando a la familia en medio de una sociedad donde triunfaron  ideas antagonistas  al objetivo de su lucha. A veces el conflicto fue tan fuerte que finalizó con acusaciones de abusos y sanciones duras, incluso correctivos penales. En todos los casos, el triunfo de un tipo de organización social machista, tradicional, católica,… implicó la construcción de una colectividad homogénea que excluía cualquier unión fuera de los cánones tradicionales. El franquismo, como en  otras muchas cosas, significó para la institución matrimonial una vuelta a  posiciones arcaicas y conservadoras. 



Políticamente, la llegada de la dictadura significó el fin del acceso a los cargos políticos de las clases populares que se había iniciado en la Segunda República. En definitiva, la Guerra Civil puso fin a un proceso de cambio, cortó de raíz  el intento de modernización que significó la II República, aquella que había empezado un 14 de abril de 1931 en medio del júbilo y consenso general. La llegada de la victoria supuso la imposición de la represión, del miedo, del silencio… del segundo escarmiento. El primero se había producido como fruto de las propias contradicciones de la Segunda República.

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