A PROPÓSITO DE LOS FALLECIMIENTOS DE CATALINA SILVA Y BASILIO MARTÍN PATINO José Luis Gutiérrez Molina

Catalina Silva Cruz
¿Casualidad? Seguro que sí, pero creo que las cosas no suceden así porque así. El 11 del pasado agosto falleció en su casa de Montauban, en el Tarn galo, Catalina Silva Cruz y el 13 lo hizo en Madrid, Basilio Martín Patino. Ambos unidos por un nombre de profundas resonancias en la historia contemporánea española: Casas Viejas.

Catalina y su hija Estrella

El lugar en donde, una fría madrugada de enero de 1933, se quebraron muchas de las esperanzas en que el régimen republicano, proclamado dos años antes, cumpliera sus expectativas de una vida mejor y una administración muy diferente de la que conocía la sociedad española. No fue sólo el estupor ante la cruel y desmedida actuación de las fuerzas de orden público, sino también por la reacción de las autoridades republicano-socialistas que mintieron, negaron lo ocurrido y, finalmente, hicieron prevalecer sus intereses inmediatos a los generales. Todo un debate, por su actualidad, sobre la responsabilidad de los gobernantes, la  adecuación de cómo actúan respecto a lo que prometen y su respeto a los ciudadanos. Sin olvidar el análisis de las repercusiones inmediatas políticas que tuvieron los hechos, la matanza puso de manifiesto que resultaba muy difícil desterrar viejas prácticas como considerar los problemas sociales como meras cuestiones de orden público.



Las muertes de Catalina Silva y Basilio Martín Patino se unen en el punto de su marginalidad respecto a los poderosos. Ninguno de los dos era, ni lo será ahora tras su muerte, considerado “uno de los suyos” por los que mandan. También, ambos, son ejemplos de memoria histórica. La primera como víctima del golpismo y exiliada. El segundo también perseguido por el franquismo. Sus experiencias son referencias indispensables para entender el coste de convertir una sangrienta dictadura en democracia. Es lo que explica la “mala suerte” de ambos tanto bajo una como otra.
Catalina Silva nació el día de reyes de 1917 en Casas Viejas (Cádiz). Era la segunda hija de Juan Silva y María Cruz, hija de Francisco Cruz, Seisdedos. Muy unida a su hermana mayor María, La Libertaria, compartieron lecturas, militancia en el grupo anarquista femenino Amor y Armonía, asistencia a mítines y veladas en el local de CNT. El 11 de enero de 1933 secundó con entusiasmo la proclamación del comunismo libertario. Cuando el gobierno recuperó el control de la población se refugió en su casa, cercana a la de su abuelo en donde se refugió María. Poco antes de que fuera incendiada logró llegar hasta la puerta para preguntar por su hermana. Recibió una descarga de los sitiadores que no le alcanzó. A la mañana siguiente, su padre fue uno de los doce asesinados. A los pocos minutos, volvió a la casa del abuelo y contempló el montón de cuerpos desmadejados en el suelo.


Catalina y su familia marcharon a Cádiz. Durante unos meses la solidaridad de la CNT mantuvo el alquiler de un piso, maestros para los niños y una cantidad para gastos. Poco a poco la ayuda económica se fue haciendo más irregular. Entonces,  Miguel Pérez Cordón, el compañero de María, cenetista de Paterna de Rivera, una población cercana a Casas Viejas, les sugirió que se trasladaran a su  pueblo. Allí vivieron hasta julio de 1936. Tras su ocupación por los golpistas, permaneció en la población mientras que María se refugió en el campo. Allí fue detenida y asesinada unos días después. Entonces, decidió marchar a la zona gubernamental. Pasó por Ronda, Málaga, Cartagena, Barcelona, Gerona y Figueras hasta la frontera francesa y el exilio. Nunca regresó del todo. Las pocas veces que lo hizo, tras la muerte del dictador, no se sintió a gusto. Aunque siempre tuvo su mente en Andalucía.



En Francia vino la separación de su compañero, el cenetista gallego Agustín Buján Vilas. Junto a otros cientos de españolas fue enviada al castillo de Belley en el departamento alpino de L’Ain. A finales de año, las autoridades galas pretendieron devolverlas a España. Un motín paralizó el tren que las transportaba y fueron internadas en el campo de Argelès. De ahí logró escapar en febrero de 1940 para instalarse en Montauban donde pasó los casi ochenta años siguientes.



Un tiempo donde hubo de todo. Al principio las dificultades económicas y la presión de las autoridades galas y alemanas. Finalmente, la familia obtuvo los permisos de residencia aunque Buján fue enviado a un campo de trabajo en Burdeos. Catalina permaneció en Montauban con sus dos hijos, José, que murió de meningitis en 1943, y Agustín. Más adelante, en 1949 nació Estrella, y en 1953, Universo. Después los largos año de exilio, la ilusión en un cada vez más lejano regreso y, siempre, el miedo y el recuerdo de los gritos, las llamas y los cadáveres de aquella madrugada del invierno de 1933.



Basilio Martín Patino nació, en octubre de 1930, en Lumbrales, comarca salmantina muy distante y diferente de La Janda gaditana. Aunque también azotada por una desigual distribución de la propiedad e injusta estructura social. Hijo de maestro, se licenció en Filosofía y Letras en Salamanca. Hombre de inclinaciones literarias, era autor de sus guiones. En 1953, estuvo entre los fundadores del Cine Club Universitario de Salamanca y de la revista Cinema Universitario. En 1955 se celebraron las “Conversaciones sobre el cine español” que reunieron, durante cinco días, a una amplia representación del sector. En sus sesiones chocaron quienes mantenían la industria de contenido plenamente franquista y los que la acusaban de producir obras artificiales y sin atisbo de crítica social. Se debatió el camino que seguiría: si iba a retratar la realidad en la que vivía o continuar dándole las espaldas; si se abandonaba la estética grandilocuente y de cartón piedra imperante para acercarse al neorrealismo con un contenido humano. Las conclusiones las plasmó Bardem en el famoso: El cine español es políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico.
Fue en este contexto cuando Patino se trasladó a Madrid para estudiar en la Escuela de Cine. Sus problemas con la censura comenzaron desde Torerillos 61. De una u otra manera ya no le abandonarían. Así le ocurrió con su primer largometraje, Nueve cartas a Berta (1966). Aunque el más conocido fue el caso de Canciones para después de una guerra (1971) que no sólo pudo ser estrenada hasta después de la muerte del dictador, sino también por la doble interpretación que tuvo. Desde sectores antifranquistas, hubo quienes pensaron que se trataba de una película condescendiente con la dictadura. Aunque la mayoría, incluidas las altas jerarquías franquistas entendieron rápidamente la carga de profundidad que llevaba. Para Félix Martialay, crítico del falangista diario Arriba, era la obra de un “adulto, canijo, agonizante y llorón”. Carrero Blanco, que la visionó, dijo que fusilaría al director.



Esto de no gustar a unos y a otros, de ser radicalmente libre, ha molestado a muchos hasta el final. Tanto en su estética como en sus mensajes.  Así pasó Octavia (2002) su última película “comercial” que fue ninguneada. Su visión negativa y desesperanzada de la Transición, a partir de una ciudad como Salamanca, no dejó indiferente a nadie y, por las fechas del estreno, escasos eran los que se atrevían a renegar de lo que era la panacea universal.
Ahora lo califican de anarquista. Bueno, así será. Pero Patino es, por libre, inclasificable. Como lo ha demostrado su obra y su propia trayectoria personal. Recordemos Queridísimos verdugos o Madrid.  Como lo es El grito del Sur, Casas Viejas, ¿un falso documental”? Si pensáramos de forma reduccionista, entonces, el relato histórico siempre lo sería porque reconstruye y muestra como verdadero lo que no es sino una ficción. Es lo que hace Martín Patino y, de ahí, su valor universal, su capacidad de trascender lo inmediato y convertirse en punto de partida de reflexiones. Además, si se dominan las herramientas del lenguaje ocurre que, como en el caso de la película sobre Casas Viejas, haya quienes consideren como “real” su propia existencia. Dando una lección de cómo se “hace” una obra “soviética” o del documentalismo anglosajón hace caer en la trampa a muchos de los  que se creen más avisados. Algo muy diferente de las “pos verdades” que están tan de moda ahora y se utilizan de forma miserable contra los que se consideran enemigos.



Empujados a la marginalidad Catalina y Basilio decidieron irse en cuerpo uno detrás de otro. Siempre vivirán en nuestros corazones.

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