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De venteros, dólmenes y tesoros. y 5ª Entrega.Francisco J. Martínez Guerra. (Relato inspirado en la tierra y su pasado con personajes, hechos y lugares de ficción)

No pasaría mucho tiempo de aquellos acontecimientos cuando algunos se dedicaron a “investigar” por su cuenta los dólmenes en la idea de encontrar tesoros. Sin mucho conocimiento socavaron los cimientos de las piedras que se mantenían erguidas e incluso volaron con pólvora algunos grandes megalitos dejando en mayor estado de precariedad unas construcciones que, mejor que peor, se habían conservado durante milenios gracias a la ignorancia y el olvido.

Foto Mergelina 1924

Nunca se tuvo noticias de hallazgos bajo sus piedras. Y aunque tampoco era de esperar que el afortunado fuera contándolo a voces, antes o después, la gente del lugar lo habría sabido. Así que los buscadores de tesoros se quedaron como los de “aquellos duros antiguos que tanto dieron que hablar en Cádiz”.

Tanto revuelo y ansias por encontrar oro y plata escarbando el suelo de los dólmenes, tantos impedimentos para que se llevasen adelante las investigaciones arqueológicas de Mergelina, total para nada. Tampoco faltó la traca, barrenos, pólvora y megalitos hechos pedazos volando por los cielos; una falla que los dólmenes del Tajo de las Figuras no se merecían. ¡Pobres dólmenes! Obras extraordinarias de la civilización de los hombres cazadores y recolectores asentados en la cuenca del Celemín, durante miles de año protegidos por el desconocimiento, víctimas inocentes de la espiocha y la pólvora de la codicia del siglo XX.
                

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El hombre de la prehistoria construía los dólmenes con la finalidad de enterrar a sus muertos en tumbas de duración ilimitada, tanta como la de los espíritus de los sepultados. Con grandes y pesados monolitos extraídos en las laderas próximas, levantaban paredes, pilares y cubierta de un habitáculo de planta más o menos sencilla. A veces una pequeña cámara y un corredor que, a modo de pasillo, permitía la entrada desde el exterior. Cubierto de tierra, visto desde fuera, el dolmen aparenta la forma de un montículo redondeado (túmulo) con su cámara bajo tierra.

A fecha de hoy se desconoce cómo fueron construidas. Se trata de la enorme dificultad y esfuerzo que debían suponer, por entonces, los trabajos de arranque, manipulación, arrastre y elevación de piedras de  varias toneladas de peso. El hombre del neolítico, en nuestras latitudes, usaba por entonces herramientas simples de madera y piedras duras, como el pedernal, desconocía el uso de los metales duros, al menos del hierro, y las ventajas de la rueda. 

Para mover grandes pesos no disponía de otros medios que la fuerza de los brazos de sus hombres y la ayuda de troncos de árboles, utilizados a modo de palancas, rodillos o patines y cuerdas de fibras vegetales para jalar de los megalitos.

En base principalmente a las pinturas y documentos hallados en tumbas egipcias de hace unos cuatro mil años, muchos investigadores piensan que estos trabajos se pudieron realizar de la siguiente manera: una cuadrilla de hombres tiraba con cuerdas de los pesados bloques de roca dispuestos sobre troncos que hacían de rodillos, sistema que permite desplazar con mayor facilidad las grandes piedras sobre una pista de suelo endurecido. De este modo los megalitos extraídos en la cantera, a pie de monte, llegaban en bajada hasta el borde de la zanja de cimentación, ya en la obra, próxima al rio y a nivel inferior.

Una vez allí, con cuerdas y troncos, usados como palancas o puntales, erguían los ortostatos fijándolos con el relleno de la zanja y disponiéndolos unos juntos a otros para conformar las paredes de la construcción. Las tierras del relleno del túmulo, en una primera fase hasta la altura de paredes, haciendo de rampa, permitían arrastrar los megalitos del techo que una vez acabado se cubría con más tierra para rematar el túmulo. Y todo ello sin utilizar máquinas de hierro, poleas, polipastos y cabrestantes que, siglos más tarde, usaron griegos y romanos en la manipulación de las piedras pesadas de sus construcciones.

No cabe duda el grado de conocimiento y progreso que alcanzó el hombre del Celemín a la vista de lo hallado en el lugar: un valioso legado de arte, sensibilidad y de poder en sus formas más sencillas. Arte del que hacen gala en los hermosos dibujos y pinturas de sus cuevas. Técnica, oficio y poder del que hacen gala en las obras megalíticas que fueron capaces de levantar con medios tan sencillos.

Pero si es verdad para muchos aquello de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” ¿qué impulso movía a unos hombres que vivían en cuevas y chozos de brezo y castañuela para llevar a cabo tan grandiosas obras? ¿Qué provecho sacaban construyendo las grandes casas de piedra para sus muertos?

Desde una visión simplista tendríamos que afirmar que sus construcciones suponen una contradicción, el torpe e inútil esfuerzo del hombre primitivo. Claro que lo mismo se puede decir del montañero que arriesga su vida en la escalada de la pared vertical de una gran montaña con la finalidad de superar un reto. Y si hablamos de grandes monumentos ¿que podríamos decir de la construcción de las pirámides egipcias? ¿Solo sirvieron para enterrar a un faraón? ¿Reportaron algún beneficio a su civilización? ¿Y la gran muralla china?

A lo largo de la historia se puede comprobar cómo la realización de una gran obra ha tenido como objetivo cumplir un fin primordial, de orden superior y común a toda la sociedad. De ese fin se derivan, sin lugar a dudas, otros no por secundarias menos importantes, al menos en sus consecuencias. Y es ese objetivo común el que hace posible aunar la firme determinación y voluntad de la comunidad para llevar adelante un proyecto extraordinario, ya que es esta quien en definitiva proporcionará los enormes recursos materiales y humanos que requiere el proyecto, (v. g. los trabajos de la gran pirámide egipcia requirieron el esfuerzo de 20.000 hombres durante 20 años, en su mayoría campesinos que en las largas temporadas de inundaciones del Nilo trabajaban en la construcción de las pirámides y no esclavos maltratados como cuentan las películas, que también los habría) 
En nuestro caso, tratándose de una pequeña comunidad de hombres asentados en el lugar, que viven el día a día de las actividades de la caza y la recolección de los frutos y raíces de temporada que ofrece la naturaleza, el dolmen, su gran obra, modesta y no comparable a la grandiosidad de esa pirámide egipcia, también requiere el esfuerzo de numerosos hombres durante años. Y no se explica su construcción sin otra finalidad primordial que la de satisfacer las necesidades espirituales y religiosas de su sociedad. El dolmen es el templo donde el hombre del neolítico invoca la protección y ayuda de los dioses de la naturaleza y los espíritus de sus muertos.

No resulta difícil imaginar, a la vista de tales construcciones, que su cultura aportó un avance notable en cuanto al desarrollo de los principios espirituales, creencias y valores impresos en la razón del hombre, ley natural, divina o como le queramos llamar, y entre esos los valores que contribuyen a la fraternidad entre sus individuos como manera de fortalecer a la propia comunidad.

Y en ese código de principios, entra la consideración y reconocimiento de la familia como núcleo básico de la sociedad integrada,  no solo por los seres que viven el presente, también por los que ya se fueron. Para el eterno descanso de sus muertos los hombres del Celemín construyeron esos dólmenes.

Son también los dólmenes una manifestación relevante del progreso material del hombre. La inteligencia, la voluntad y el esfuerzo colectivo puestos al servicio de un fin, en este caso la construcción de una gran obra, desarrolla el conocimiento, las artes, el oficio, la habilidad, mejorando a la postre las condiciones de vida del individuo y el rendimiento de su trabajo.

Aquellos hombres del neolítico que vivían, en estado de naturaleza y libertad, de la caza y la recolección, apenas conocedores de las grandes ventajas que reporta la agricultura y la cría de animales domésticos, exaltaron en sus cuevas el valor de la vida animando techos y paredes con preciosas y coloridas imágenes esquemáticas, el hombre, la caza, bandadas de aves y cuadrúpedos llenos de movimiento.

Levantaron los dólmenes para exaltar el pasado y el culto de sus difuntos. A este menester dedicaron mucho de su tiempo y de su esfuerzo. No es poco el que requiere la construcción de sus tumbas megalíticas hechas para asegurar el eterno descanso de sus antepasados. 

Este es el legado del hombre del Celemín y el único y verdadero tesoro del relato”

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