De venteros, dólmenes y tesoros. 1ª Entrega.Francisco J. Martínez Guerra. (Relato inspirado en la tierra y su pasado con personajes, hechos y lugares de ficción)

Arrieros en los años 20 del siglo pasado. Foto libro La Tierra
Blas Zapico era un arriero de la parte de Castellar. Hombre alto y delgado, de semblante serio, pelo abundante, rostro ennegrecido y arrugado por soles y aguas de caminos, vestía de negro, camisa, pantalón de pana, botas de media caña y faja ceñida en la que solía atravesar una larga vara de mimbre. Cubría su cabeza con un sombrero negro y de su chaleco colgaba la cadena de su reloj de bolsillo.

Diego Ruiz, el Engomao. Foto Mintz

Cada año acostumbraba a aparecer por aquellos parajes, con ocho mulas, para transportar corcho y carbón vegetal hasta Algeciras. Cansado del oficio vendió todas las bestias quedándose con la mula “Coronela”. Con ese dinero, y algunos ahorros que tenía, compró un rancho en plena sierra donde se instaló con su mujer, Pepa, y sus dos hijos, aun niños.

Era la suerte una tira larga de bosque que, desde la carretera, subía monte arriba después de atravesar un ribazo lleno de adelfas florecidas casi todo el año y distaba unos dos kilómetros de las ruinas de un convento. Blas acondicionó el caserío y abrió un ventorrillo, una ilusión de Pepa conocedora del oficio por haber trabajado muchos años en la venta de su tío.
Portada del libreto de la comparsa el Ventorrillo. De 1997. Letra José Luis Pérez Ruiz. El Santo.

En el corralón de atrás los arrieros y gente de paso amarraban las bestias, las desensillaban y daban el pienso antes de entrar a echarse unos vasitos y a comer las viandas que traían en sus alforjas en el pequeño local con mostrador de madera que servía de bar y también de tienda. Además de vino, gaseosa y café de puchero, el ventorrillo vendía de todo: garbanzos, habichuelas, arroz, aceite, sal, grano de pienso, cuarterones de tabaco de Gibraltar, higos secos y pasas, carne de membrillo, velas, carburo para la luz... No faltaban la caja de tocino salado y la de arenques secos.
En la venta de Estudillo

En la cocina de la casa, de vez en cuando, se servía alguna comida. Pepa sacaba entonces, de una gran orza de barro, un plato de chicharrones en manteca que calentaba en la sartén en el fuego bajo de leña que ardía en una esquina. Cuando no, ofrecía el puchero o el arroz con conejo preparado ese día para la familia.
Ventorrillo el Tuerto Vela, las fuentes hablan de él desde 1579. Foto Mintz

Hacia aquella cocina, además de comedor, de estar y centro neurálgico de la casa y en ella se sentaba el comensal en un banco corrido de madera. Ayudándose de su navaja, sin prisas, iba dando cuenta del plato que le servía Pepa “la ventera”, mujer activa, mientras los niños de la casa, sentados en una esquina de la misma mesa, ajenos al comensal, hablaban entre sí rellenando a lápiz la hoja de un cuaderno de rayas. Y no faltaba la botella de vino, la telera y el medio queso de cabra del que éste bebía y comía a discreción.
Lugar donde se instalaría la venta de Estudillo, en las lagunetas

Además de en la tienda, Pepa se afanaba en la cocina tratando de llegar a todo: al viajero que hacia un alto en el camino para comer caliente, los hijos que aprendían a escribir y a sumar con su madre, el fuego bajo que ardía en la cocina, los pucheros y el montón de ropa que tenía en la cesta. Mientras, Blas, apoyado en el mostrador, entre copa y copa, conversaba animoso con algún amigo, que nunca allí faltaba, oyendo historias y relatos del pasado del lugar.

Algunos días de mayo al ventorrillo acudían los serranos para celebrar la fiesta de la Cruz. Entonces, en la explanada, se juntaban las familias del contorno, cuarenta o cincuenta personas contando pequeños y mayores, algunos alrededor de las mesas, los más en el suelo bajo los alcornoques. En animadas charlas comían las viandas que habían traído en sus alforjas y bebían el vino y la gaseosa del local mientras cantaban y bailaban hasta la extenuación fandangos de aires morunos, el chacarrá de aquella parte, acompañándose de una vieja guitarra y los palillos; cuando no, rascando la botella de anís el mono, al golpe de la caña rajada y la percusión de una tinaja que lo mismo servía de tambor como de zambomba por las navidades.
A la derecha lo que sería la venta Estudillo

Presidiendo la romería, clavada en el suelo en medio de la explanada, lucía una cruz formada con dos grandes troncos envueltos con ramos de adelfas de flores blancas. A su pie, a pleno día, parpadeaban dos lamparillas de aceite y algunos cabos de velas encendidas ante una cajita de madera con la virgen del Carmen. Era la imagen que, siguiendo un orden riguroso, a lo largo del año, Rosa “la Santera” iba pasando, de una a otra, por algunas casas de la aldea. Y a esa imagen, aquella mañana de mayo, en el claro del bosque, rezaban las mujeres recién llegadas a la fiesta encendiendo una vela mientras los hombres pasaban por delante persignándose torpemente echando en la hucha algunas monedas de uno y dos reales y hasta viejos y enmohecidos billetes de dos pesetas.

Antes de anochecer, satisfechos y felices tras aquella festiva jornada, tirando de las bestias cargadas con la compra hecha en el ventorrillo, regresaban las familias a sus casas, algunos hombres más alegres de la cuenta.

Blas no aguantó por mucho tiempo la vida sedentaria de mesonero hecho como estaba a los caminos. Pepa y su hija, aún una chiquilla, se bastaban en los menesteres de la casa y el negocio, así que bien pronto, con su mula Coronela, volvió a su antigua vida de ir y venir de un lado a otro dedicándose a la recova por caseríos y cortijos, recogiendo huevos, pollos, pavos, conejos, perdices, pellejos secos de zorros y cabritos, espárragos y tagarninas de temporada… y a cambio suministrando las mercancías y encargos que le hacían. Cada cierto tiempo, según la época, marchaba con la recova al campo de Gibraltar de donde regresaba con las mercancías del negocio y algo de café y tabaco de contrabando.

A pesar de la seriedad de su aspecto era Blas un hombre optimista, de carácter abierto, inteligente y ocurrente, leía muy bien y se manejaba mejor con la libreta, el lápiz y las cuatro reglas aprendidas de niño en la escuela. De buena memoria y mejor vocabulario retenía con facilidad todo lo que oía de unos y otros en el mostrador de su ventorrillo y especialmente los relatos de sucesos acontecidos en el lugar en épocas pasadas, relatos que muchas veces eran simples fabulaciones de hechos que lo mismo pudieron ocurrir allí como en cualquier otro rincón de España. Y entre ellos los que se referían a tesoros ocultos o aquellos otros que hablaban de los frailes malvados que habían vivido, hacía más de un siglo, en el convento próximo.
La familia Ruiz y Segovia de visita en el Cuervo

 Eran las de frailes historias simples, las mismas de otros lugares, pues solo era cuestión de cambiar los nombres de sitios y personas. Se contaban, no solo del El Cuervo, también de otros conventos cerrados en tiempos de la Desamortización. Historias negras de crímenes y violaciones muchas veces propagadas para indisponer a la gente del lugar contra los frailes del convento próximo y justificar el motivo de su cierre. Deshabitado, posiblemente se encontraría ahora en el mismo estado de abandono y ruina que El Cuervo 

Contadas en secreto, por gente ya mayor que decían haberlas oído de los abuelos, aquellas narraciones producían en los chiquillos una sensación de miedo y misterio que daban al relato mayor credibilidad. Blas, aficionado a cualquier tipo de historia, las oía paciente, boquiabierto y con gran atención. Y no solo las de frailes, también aquellas que hablaban de tesoros perdidos, de espíritus de muertos que vagaban en el bosque y tantas otras. Y aunque no era hombre tan simple como para creerlas, dotado de buena memoria, nada más oírlas, las hacía suyas narrándolas a unos y otros con la facilidad de aquellos contadores de cuentos que había conocido en el zoco de Tetuán cuando hacia el servicio militar en una unidad de infantería de montaña.
El doctor Segovia en el Monasterio del Cuervo

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