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“Sequía y Riá”. (Relato de ficción inspirado en la época de los 50) Francisco J. Martínez Guerra. 2

"Vete a comer y a beber, pues ya se oye el ruido de la lluvia" le había dicho Elías a Ajab. Ajab así lo hizo mientras Elías subió a la cumbre del monte Carmelo y arrodillado tocaba la tierra con su cabeza y oraba para que cayese la lluvia. Entonces le dijo a su criado:"Ve a divisar el mar". El criado fue a ver y le dijo: "No se ve nada". Elías insistió: "Ve otra vez" y el criado volvió hasta siete veces y a la séptima regresó diciendo: "Una nubecilla, como la palma de la mano, sube del mar". Entonces Elías le dijo: "Ve a decirle a Ajab que enganche su carro y se vaya, para que no lo detenga la lluvia". Y en un instante el cielo se oscureció de nubes, empezó a soplar el viento y cayó un fuerte aguacero.
(Primer Libro de los Reyes 18, 41-46)”


De esa manera empezó todo. Octubre fue finalmente generoso con La Janda. Comenzó esparciendo lluvias regulares sobre sus llanos y en la tierra, reblandecida y empapada, las semillas, dormidas durante tantos meses, germinaron rápidamente con la templanza de las temperaturas. Muy pronto verdearon los campos y una vez más se producía el milagro, quizás de San Elías; brotaba con fuerza la vida, renaciendo la esperanza, cuando parecía que todo había llegaba a su fin.



Pasada una semana “el parte de las diez” de radio nacional, antes de finalizar con los gritos de ¡viva Franco!, ¡Arriba España! anunció el tiempo: “temporal y marejada en el Estrecho” y el cielo entonces, negro por los cuatro puntos cardinales, reventó lloviendo a mares.



Fray Antonio que, después de la misa del domingo en la iglesia de la aldea, estaba a punto de regresar a su desierto en las ruinas del Cuervo, a ruegos de las señoras, decidió quedarse en aquella casa a la espera de que amainase el temporal.



 A las pocas horas, de Facinas y Tahibilla, de las Sierras de Ojén y de Fates, el río Almodóvar, ayer un seco regato, bajaba pleno descargando por la zona más occidental de la cuenca del Barbate.



El Celemín, tres o cuatro charcas aisladas hacia solo unos días, en su curso de pocos kilómetros, oculto entre los alcornoques y las enormes adelfas que florecían en sus márgenes, bajaba enfurecido el enorme caudal de su preciosa agua vertiéndola en mitad de la laguna arrastrando desde Sierra Blanquilla, las cepas y hornillos de los carboneros y las pilas de corcho, que a en el monte, a pie de árbol, esperaban su recogida y transportadas.



El Barbate desde la sierra del Aljibe, al este, en su cauce ancho, clavado unos cinco metros en el depósito aluvial de su vega, amarillento y pleno de orilla a orilla, insuficiente para tamaña riada, bajaba al día siguiente rebosando las márgenes en las curvas de sus meandros: “Muy pronto se inundará toda la vega”, afirmaba la gente que salía del bar de enfrente a mirar desde La Alameda. “¿Pasará la “riá” por encima del puente?” se preguntaba.





Las tierra, saciada, escurría por todos sitios las aguas que caían en tromba y a la intemperie, sobre  el suelo arcilloso y reblandecido, enjutos y hambrientos, los animales, resistían las inclemencias, mojados y ateridos de frío, buscando refugio bajo los vallados de tunas, los acebuches y los alcornoques de la sierra. Algunos, ya sin fuerza, atollados en el barro de la vega, aguardaban su final, clavados e inmóviles como estatuas.

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