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“Sequía y Riá”. (Relato de ficción inspirado en la época de los 50) Francisco J. Martínez Guerra 1

Foto Mintz
Entrega I.
Al cabo de cuarenta días, Noé abrió la ventana que 
había hecho en el arca, y soltó un cuervo, el cual revoloteó, 
yendo y viniendo hasta que la tierra estuvo seca.
Después soltó una paloma, para ver si las aguas ya habían bajado, 
pero la paloma no pudo encontrar un lugar donde apoyarse, 
y regresó al arca porque el agua aún cubría toda la tierra. Noé 
extendió su mano, la tomó y la introdujo con él en el arca.
Luego esperó siete días más, y volvió a soltar la paloma  
fuera del arca. Esta regresó al atardecer, trayendo en su pico 
una rama verde de olivo. Así supo Noé que las aguas habían terminado de bajar.
                                                                               Génesis 8
Las tierras de la vega de la Janda eran, por mayo, una corteza endurecida y cuarteada de la que salían enormes tallos secos de cardos con grandes pinchos afilados y hojas plastificadas y cortantes como navajas que me llegaban a la altura de la cabeza. En muchos campos, aquel año, por falta de lluvias, no había brotado la siembra, y en otros, ya nacido, el cereal se había secado antes de espigar. 


Las vacas de los pegujaleros, que comían en los padrones y coladas, y las de los ganaderos de la sierra, que en verano bajaban a los barbechos de la vega, vagaban como  esqueletos vivientes mordisqueando las tunas de los vallados o las ramas de acebuches que sus dueños cortaban. Aquella primavera, por falta de hierba, las vacas una vez más, quedaron “vacías” y el año fue año perdido, un año más sin ingresos para los agricultores y ganaderos de la zona. 
El Cerro de Franco, en las Lomas


En Mayo en la iglesia, como otras veces, se celebró un triduo con las preces y rogativas que invocaban las lluvias y ya por julio, coincidiendo con la festividad de San Elías, se celebró la novena al santo implorando cayese el agua del cielo. “No habrá estos años rocíos ni lluvia, más que cuando mi boca lo diga” había dicho el profeta al rey Ajab de Israel, hablándole en nombre de Yahveh y eso parecía estar ocurriendo en la Janda, aunque también se decía que en el resto del país había llovido muy poco y desde el gobierno se hablaba insistentemente de la “pertinaz sequia”. 


Aquel verano muchos animales murieron de hambre proporcionando buenos banquetes a los buitres de la sierra que a diario sobrevolaban la campiña.  “Otro año de desastre” decía aquella gente ya desmoralizada por tantos de sufrimientos y miserias de postguerra que ahora parecía vivir, en sus propias carnes, el castigo bíblico de la sequía. 


Llegó San Miguel y con ese día el final del ciclo agrícola;  “esperemos que el próximo sea mejor que este” decía desconfiada la gente del campo mirando al cielo. Pero, el final de un año agrícola siempre es el principio del siguiente y este parecía haber comenzado con la misma tónica del ya acabado. 


Así que a finales de Septiembre, se celebró otro triduo y como las lluvias tampoco llegasen, el sacerdote y algunos fieles decidieron sacar al Profeta Elías. Una procesión en la que el santo hizo el recorrido de otras veces por la plaza, la calle San Juan hasta la carretera y el cercado de detrás de la Iglesia. Acudieron, como siempre, los niños de las escuelas con sus maestros, también la gente mayor no faltando siquiera aquellos, la mayoría, que desde el día que se casaron no habían vuelto a la iglesia. Se rezó el rosario a viva voz y se hicieron los cantos, preces y rogativas del ritual de las lluvias en latín, idioma de la iglesia que nadie entendía y cuya solemnidad y misterio, en situaciones como aquella, infundía a los presentes la magia de la esperanza. Todavía, cuando el santo entraba en la iglesia, acabada la procesión, el pueblo enfervorecido y ronco continuaba en la calle pidiendo a Dios la lluvia al grito de ¡San Elías agua! ¡San Elías agua!. Pero el santo, una gran talla de madera en hábito de carmelita descalzo, desde lo alto de su paso de andas, continuaba apuntando hacia arriba con su espada de fuego sin que apareciera una nubecilla en el cielo.

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