En la barra del bar de Manolo Gómez


En la fotografía el bar del “cojo Gómez”, que se encontraba donde luego abriría Mateo la pizzería la Fontana. Además del dueño del bar, Manuel Gómez Finoccio,  aparece Bartolo y Manolo Sánchez. Este bar tenía fama por el barril de vino Chiclana, de la bodega Barberá. Según el imaginario popular se creaba un microclima que favorecía la calidad del vino. La sencilla barra de madera y la escasa decoración de las paredes es un ejemplo de como eran la mayoría de los bares a finales de los sesenta. Esos bares de antes a los que en el 2011 los amigos de Mintz le dedicamos la exposición.





Una parte muy importante del presupuesto familiar iba para los gastos en el bar, sin duda, en la mayoría de los casos, por encima de lo aconsejable por el sentido común. La relación de los dueños de los bares con los clientes era parecida a la de los tenderos, pero como estaba en medio el vino, a veces las situaciones se complicaban. El tabernero debía de hacer de padre que unas veces le fiaba y otras veces le decía al cliente que se fuera a su casa, porque había bebido demasiado. A veces la de cal, otras la de arena. 



En ocasiones tocaba el papel de confidente y otras de delator. Muchas veces, los hombres con demasiado vino encima confesaban sus penas y contaban su vida a un tabernero que ni era cura, ni quería serlo. A veces, no solo fiaban las consumiciones, sino que les prestaban dinero que les servían para sus transacciones diarias. Hubo casos en los que se pedía prestado por la mañana, se devolvía por la tarde y al día siguiente se repetía el proceso durante meses y meses. Los enfados y las disputas entre clientes y dueños eran abundantísimas, casi tantas como las peleas en los bares. Puntualmente los conflictos del tabernero se producían con personas que no eran jornaleros, ya que exigían privilegios a la hora de servir o de nombrarlos en una conversación, que el camarero no podía permitir. Entonces, en un mundo donde las sensibilidades siempre están a flor de piel, los taberneros utilizaban esa mano izquierda, esa mundología y diplomacia que el transcurso de los muchos años detrás de una barra otorga. Ya se sabe que el alcohol aumenta la euforia y la conflictividad.  Los taberneros eran de las personas que más información tenían de la vida del pueblo, pues por allí pasaba y se comentaba el devenir diario de la vida cotidiana. Las autoridades lo sabían y recurrían a ellos. De nuevo, entonces, había que hacer “encaje de bolillos”. 


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