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En ausencia de la clase media. Y 2

La dicotomía entre privilegiados y no privilegiados tenía una de sus expresiones más características en la vivienda. Para las clases populares la choza se convirtió en la forma más accesible, barata y rápida de conseguir un habitáculo. Si las casas de los propietarios se ubicaban en torno a la Alameda, las chozas lo hacían en torno a la Loma de las Grullas, la zona de transición entre la vega y la mesa.
Así está clara la  estructura dual de las viviendas. Frente a las casas de mamposterías, estaban las chozas y los casarones. Estos se situaban en  la zona central de la pendiente, donde de una forma dispersa se fueron situando. Allá donde desde la Edad Moderna se encontraba la dehesa de las huertas. Su disposición era de una forma anárquica y dispersa, algunos caminos de tierra unían grupos de estas, no entre ellas, sino con la zona de la Alameda. En torno a esos caminos, se van a ir construyendo cuatro calles, que progresivamente irían tomando forma de tales. Muchas chozas estaban situadas en torno a un huerto y contemplaban habitáculos para los animales, imprescindibles en las tareas agrícolas y como complemento de su economía de subsistencia. En esta zona, el plano laberíntico actual de las calles nos indica las chozas primitivas que existieron y como la unión de unas con otras se hizo de forma lenta y desorganizada, apareciendo primero las viviendas y luego las vías urbanas. Hablamos de las calles Alta, Polavieja, Caballero, Miralrio, Calcetilla, Benalup y la parte septentrional de Medina y Nueva. 



En 1905 de las 1786 personas que establece el censo 1512 personas no sabían leer, ni escribir, un 84%, mientras que sólo 274 personas si sabían hacerlo, el 15%. Pero además, estos datos reflejan la estructura socio-económica-cultural del pueblo. El hilo conductor está claro, cuanto más cerca de la Alameda más personas hay que saben leer y escribir, también más propietarios y menos jornaleros, más casas con tejado de tejas y menos chozas. Así la Alameda tiene un 64% de alfabetos, la calle San Juan un 44%, San Francisco y Calle Cuartel un 36% o San Elías un 35%. En el extremo opuesto están las calles ocupadas mayoritariamente por jornaleros, donde el nivel de instrucción era mínimo, como la calle Tarifa, Benalud, Revuelta, Polavieja, Caballero, Clavel o calle Nueva.



Si durante el reinado de Isabel II la desamortización propició la fidelización de los propietarios a un sistema liberal que le garantizaba las propiedades adquiridas, con la espada de Damocles de las guerras carlistas, durante la Restauración el caciquismo consolidó el sistema y el pucherazo daba apariencia democrática en aquella España oficial. La clase baja vivía en condiciones paupérrimas tanto en el siglo XIX como en el primer tercio del siglo XX. 



Las dos clases sociales no se hablaban, había incompatibilidad de caracteres, una no quería repartir porque se había creído aquello de reventar hasta que sobre y la otra no encontraba la manera de conseguir sus reivindicaciones. Aquel diálogo de besugos o de sordos tuvo un final en dos tiempos. Primero los sucesos, luego la guerra. Una parte murió o se fue, otra se quedó vencedora o aterrada. Fue la autarquía el peor periodo de la historia de España por la miseria y represión que pasaron los españoles. 



Llegaron los sesenta, la desecación de la Janda, los albañiles, los emigrantes  y la aparición paulatina y lenta de la clase media. Aunque políticamente el inmovilismo franquista continuo por una década más, los cambios sociales y económicos presagiaban otros tiempos. Quien mejor lo entendiera se llevaría el gato al agua. Y hubo quien se adaptó y se quedó con el gato y el agua. Las sirvientas se llamaban ahora empleadas de hogar y habían aprendido que aunque los ricos no te piden, tan poco te dan nada que no te merezcas o reclames. Las señoras de clase alta se apuntaron al postureo, el perfume y la ropa de marca sustituyeron en las prioridades a la caridad, el polo, el golf y la cacería era más moderno que la iglesia. Ya no era que quien tuvieran donde caerse muerto quería ser señorito, ahora los señoritos querían ser clase media. Los pobres ahora querían ser señoritos o aparentaban como tales. Un rebujo tal que si la sirvienta y la señora de Chesterton levantaran la cabeza lo que pensaría es que ahora no hay educación. La sirvienta tenía claro que debería comer de lo que le sobrara a la señora. La señora tenía asumido que la sirvienta que frecuentaba la cocina debía buscarse la vida por su cuenta. Y esa educación les llevo a una incomprensión e incomunicación que estalló por los aires. Eso sí, la cuerda se rompió por la parte más débil. ¿Cómo siempre?.

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