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En ausencia de la clase media. 1

En la fotografía de 1925 observamos de izquierda a derecha a Sebastiana García Vela, Pilar Espina, Antonia Jordán , José Espina Calatriu, María Calatriú y Nicolasa García Vela
En Benalup-Casas Viejas no ha habido clase media hasta que las Lomas y los albañiles lo hicieron posible. Por tanto, hasta los años setenta y ochenta había muy pocos ricos y muchos pobres, aunque algunos lo llamaran a eso que aquí no había diferencias sociales.
Chesterton cuenta una anécdota que le pasó a una dama de la alta sociedad que era familia suya. Cuando entró una nueva sirvienta a la casa familiar a trabajar una daba por sentado que la otra se haría su propia comida y la sirvienta que debería comer de lo que le sobrara a la señora. Por eso el primer día, exageradamente, le sirve para desayunar cinco lonchas de tocino. Pero otra convención de sociedad aparece, la llamada ley del pobre (reventar antes de que sobre): la dama ha sido educada en la tradición de que nada puede quedar en el plato. Con los días la sirvienta pasa a ponerle siete lonchas, y luego nueve. Cada vez más agotada, pero digna, la señora ventila todo. “No me atrevo a suponer cómo acabó aquello”, escribe Chesterton, , “pero lo lógico es que la sirvienta hubiera muerto de hambre y la señora hubiera reventado”. Aquella tragedia habría sido la consecuencia del “educado silencio de las dos clases sociales”. Cada una se comportaba como creía que debía comportarse, aunque fuese derecha a la muerte. 



Mintz en los anarquistas de Casas Viejas recoge un ejemplo concreto: “Comíamos y dormíamos allí. Por la mañana, tomábamos café con leche y tostadas. A mediodía, para la comida, nos daban- y éramos tres o cuatro-arroz blanco pegado y patatas medio cocidas: cosas que hoy nunca comería. ¡Si sólo hubiera sabido entonces lo que sé hoy! Por la noche cenábamos cocido de manteca y garbanzos. Nos daban la comida podrida que quedaba de sobras. Solían hacer pudín de sangre con tomate, lo que no es una comida cara, y cuando las sobras habían estado sin comer por tres o cuatro días, nos las traían”



La ideología le acompañó en Casas Viejas en ese desastroso viaje. El anarquismo y el fatalismo para los pobres, el caciquismo y el paternalismo para los ricos. Unos pensaban que el poder sólo era el instrumento que utilizaban los privilegiados para perpetuar la situación u otros se refugiaban en el conformismo y se creían aquello que les decía que siempre había habido pobres y ricos. Los poderosos hacían política para que no se la hicieran, creían en aquello de que el fin justificaba los medios y estaban completamente seguros que su destino era vivir bien, que su suerte o inteligencia les hacía superiores y que debían hacer caridad entre los pobres. 



La percepción sobre la ayuda a los demás también reflejaba esa dicotomía. La clase alta pensaba que la caridad era una obligación moral, pero también sabía que era un arma para mantener el inestable equilibrio social. Las basas de las columnas abocinadas de la iglesia de la Alameda recogen el nombre de los sufragaron caritativamente la gran obra de la Restauración, en palabras de Suárez Orellana.  La clase baja no tenía otro remedio que recurrir a la solidaridad entre iguales. La religión es otro campo donde las posturas eran diferentes. Mintz lo cuenta así: “Los hombres y mujeres de clase social media y alta, los que trabajaban para ellos y los defensores del orden social asistían a Misa los sábados por la tarde y los domingos por la mañana. Pocos campesinos iban a misa. La iglesia se mostraba hospitalaria con las clases media y alta, haciendo sentirse excluidos a los campesinos. Estos se reunían en el café, no en la iglesia”. 

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