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Exceso de celo. 1

Foto Jerome Mintz

Hay detalles que si los analizamos y profundizamos sobre ellos trascienden de la anécdota para pasar al mundo del mensaje. En el campo de la religión suele pasar mucho. Ocurre que es un lugar donde menudea el simbolismo y los pescadores acuden a pescar en río revuelto. Desde que Constantino con el edicto de Milán en el 313 legalizará el catolicismo y diera paso al pacto trono altar, la religión católica ha sido muchas veces, desgraciadamente para mí, campo de batalla política. En estos días de Semana Santa me gusta hablar sobre las relaciones del poder con la Iglesia, como siempre desde la historia de Casas Viejas.




Tengo amigos que son unos atorrantes, pero me mandan regalos aunque no sea Navidad, ni mi santo, ni haya nada que celebrar. Estos días he recibido un recorte de La Voz del Campesino de Jerez de 2 de julio de 1932, nº 42. Se titula exceso de celo. Contextualicemos. El sindicato anarquista en Casas Viejas se inauguró por primera vez el 8 de junio de 1914, al año fue clausurado después del affaire de Zumaquero y la huelga de ese verano. Reapareció el 12 de enero de 1932. El 27 de mayo de ese mismo año volvió a ser cerrado, también en el contexto de la huelga por la campaña de la siega. El 23 de julio el alcalde de Medina dio órdenes para que se le devolviera la llave a los campesinos, por lo que estas notas se escriben estando el sindicato fuera de la legalidad. Por otra parte durante la Segunda República uno de los problemas que salió a flote con las nuevas circunstancias políticas fue el religioso. Consistía básicamente en la concepción diametralmente distinta del rol que tenía que tener la religión en el ámbito público. Para una parte era consustancial con la España tradicional, la de toda la vida. Para otra parte, había que separar ambos ámbitos y convertir el religioso en algo privado, pues la unión con el poder político era culpable del atraso de España. La radicalización de las posturas fue algo negativo para todos. 



En este contexto se sitúan las tres notas que aparecen en el periódico jerezano. La primera es de Juan Estudillo Rodríguez dice así: “Desde Casas Viejas.- Muere en esta aldea un jovencito.- la edad no importa-: el padre de éste llama al carpintero ordenándole haga un ataúd negro y rojo, con dos iniciales. C. L.: comunismo libertario. Hecho el ataúd, lo lleva el carpintero a casa del cadáver; a las veintiocho horas es llamado el carpintero por el sargento de la Guardia Civil, jefe de puesto, y le toma declaración. A renglón seguido es llamado el padre del difunto; se le toma declaración y se le manda a la Cárcel, y en ella continúa desde el 17 del pasado mes”. Puede parecer que es una noticia de hace 84 años y que esas cosas ya no ocurren. Leo en el País que Rita Maestre ha sido condenada a pagar 4.320 euros por el asalto a la capilla de la Complutense. No estoy de acuerdo con la falta de respeto que supone quitarse una camiseta en un recinto eclesiástico, quedándose en sujetador, pero me parece que no debería ser  delito protestar porque haya una instalación religiosa en una universidad pública. Una vez un alumno mío y a la vez amigo escribió en el tablón de anuncios de la clase: “No vengáis a mi instituto a rezar, yo no voy a vuestra iglesia a pensar”. 



La segunda nota es de Antonio Cabañas Salvador “Gallinito”, novio en aquel momento de María Silva Cruz. Dice: “En la misma aldea: Una jovencita pasea por la calle ostentando al cuello un distintivo con los colores de la C.N.T.: el mismo sargento de la Guardia civil, jefe de puesto, le intimida para que se lo quite, y como no accediera, este señor de un tirón le arrebató el distinto sin respeto a la joven ni al numeroso público que presenciaba el acto”. Se trataba de Manuel García Rodríguez, que en ese momento era comandante provisional del puesto de Casas Viejas. La muchacha a la que se refiere es María Silva Cruz, que a raíz de este incidente se le quedó el mote de la Libertaria. Iba acompañada de su hermana Catalina, de sus primas María y Catalina y de otras amigas del grupo anarquista juvenil Amor y Armonía como Francisca Ortega o Ana Cabezas. Luego, se volvieron a encontrar en 1935 en Paterna, donde Manuel García Rodríguez era comandante del puesto de la Guardia Civil y su mujer la comadrona. La familia no quería que esta atendiera en el parto de Sidonio, luego Juan Pérez Silva. En el año 1936 estaba destinado en Arcos de la Frontera, cuando mataron a María Silva. Manuel García Rodríguez fue uno de los dos guardias civiles que salvó la vida en los sucesos del 33 y que luego se singularizó en la represión inmediata. Este incidente del pañuelo sería largamente recordado y relacionado con los acontecimientos posteriores. 

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