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El fatalismo


Hace ya muchos años, mi antiguo alumno y sin embargo amigo Juan Pedro Aguilera me dijo que este pueblo tenía mucha historia, pero que no se conocía ni una mínima parte. Que lo que conocíamos era como la punta del iceberg. Conforme nos adentramos en su estudio, hay que  darle más la razón a Juan Pedro. Pero la causa no es casual, ni producto del azar, sino que responde a un proceso más global de apropiación de los recursos por unos pocos en perjuicio de unos muchos. Es el famoso fatalismo andaluz que siempre ha sido aprovechado sistemáticamente por los poderosos, para extender el catetismo y el caciquismo. 




En la película Carnaval de pueblo de Mintz el relojero, Pedro Buendía,  hace al principio la siguiente presentación del pueblo: “Este pueblo se llama Benalup. Tiene 5000 habitantes. Este pueblo es un pueblo aburrido, de poca industria. No hay nada que hacer. Tenemos dos o tres fiestas. Tenemos Santa Ana en Julio, Semana Santa donde hay vigilia y no se come. Después tenemos el carnaval El carnaval dura una semana. Los muchachos cogen noticias durante todo el año, donde pueden. De una mujer que se quedó embarazada o una muchacha que se fue con el novio. Las comparsas y las chirigotas, los bares se llenan de gente. Así pasamos la fecha. Un pueblo muy aburrido, muy chico y nada más. No sé que más decirle. Aquí la industria está perdida. Aquí no hay trabajo. Esto está perdido”



Los datos que conocemos hoy confirman la teoría de Juan Pedro y refutan la del relojero. Ayer mismo aparecía en la prensa que hay estudios de la Universidad de Barcelona donde confirman que los primeros habitantes que pasaron de África a Europa lo hicieron por el estrecho y por tanto por esta zona. También debido a la privilegiada posición, al sur del sur, al lado de la laguna de la Janda, entre la costa y las sierras de los Alcornocales poseemos una riqueza de restos arqueológicos prehistóricos (material lítico, pinturas, tumbas, dólmenes….) incomparable. Recientemente se ha publicado un libro con la teoría de que Tartessos se sitúa en una isla fluvial del Barbate, cerca de nuestro pueblo. También está contrastada la presencia de los romanos en la zona, existiendo restos en el actual área del Celemin o de la antigua calzada que unía Sevilla con Algeciras. Pero es evidente que es más amplio lo que desconocemos del mundo romano o prehistórico de la zona que lo que hasta ahora conocemos. 



Lo mismo ocurre con el legado musulman, pese a las evidencias de la batalla de la laguna de la Janda, la morita, Algar, los molinos harineros o las huellas de los sistemas musulmanes de regadío. También pasa con la Edad Moderna. Sabemos muy poco del poblamiento disperso en el sitio de Casas Viejas del que hablan las fuentes desde 1555, del Ventorrillo de la calle San Elías o de la etapa de la historia Moderna. El Monasterio del Cuervo tiene un inmenso valor cultural y natural, pero lo mismo que la Morita, el Tajo de las Figuras o gran parte de nuestro patrimonio material se encuentra aislado, cerrado e inaccesible al gran público. 



Si dejamos a un lado este patrimonio anterior al siglo XIX y nos centramos en el que apareció tras la fundación del pueblo como localidad estable a partir de 1821 el panorama no es más halagüeño. No sólo sabemos poco sobre los sopacas o los primeros pobladores de estas tierras, sino que todas las luchas por mejorar las condiciones de vida de los pobladores de estas tierras hasta fechas recientes son percibidas como algo despectivo y negativo, cuando menos y desconocidas cuando más. Todo el rico patrimonio inmaterial ligado a los jornaleros, la gran clase protagonista del pueblo, ni es valorado, ni es conocido, ni interesa. Sin embargo, la historia contemporánea de este pueblo atrae en el exterior como casi ninguna otra población española. Ejemplo de ellos es la difusión y valoración mundial que tiene el libro de Los Anarquistas de Casas Viejas o la reciente reedición de "Viaje a la Aldea del crimen". Lo mismo ocurre con la percepción general del pueblo. Mientras que entre sus habitantes predomina la sensación de que este pueblo “es muy chico, muy aburrido y no tiene nada”, son numerosos los belgas, los leoneses, o los catalanes, por citar solo tres ejemplos, que al llegar a esta zona son atrapados por las mallas que tejen sus numerosos encantos. 



Tengo la certeza de que no se trata de un proceso sin importancia y propio de la suerte, sino que forma parte del fenómeno de apropiación de los recursos naturales por parte de unos pocos en perjuicio de unos muchos que se inició en el siglo XIX con la desamortización y la formación del pueblo. No es azaroso que los principales recursos naturales y patrimoniales de la zona estén en manos de unos pocos e inaccesibles para la mayoría de los habitantes del pueblo o los visitantes. 




Tengo la certeza de la existencia de un rico patrimonio material prehistórico, medieval y moderno. Un inmenso patrimonio inmaterial de la Edad Contemporánea con la inmensa forturna de que Mintz lo rescató para la posteridad. Y sobre todo la necesidad de luchar por este patrimonio cultural. Lucha que se debería concretar en su conocimiento, valoración y su consiguiente protección. Me parece que es uno de los retos más importantes que tenemos esta generación de benalupenses casaviejeños. Y más cuando la globalización actual tiende a la homogeneización y la invisibilización de lo propio y la extensión del fatalismo en el pasado posibilitaba la baja autoestima y el desconocimiento de aquellos recursos que dan identidad a un pueblo y forman a los grupos. 



Este año se cumple el 25 aniversario de la Segregación de Benalup respecto a Medina. Es cierto que en estos 25 años se ha avanzado mucho y se han conseguido muchos logros, también lo es que el patrimonio cultural es uno de los puntos débiles. Pese a que el bien intencionado plan Benalup 2000 lo situaba como el centro del desarrollo futuro. Me parece que este patrimonio cultural no sólo es importante por los recursos económicos que puede atraer dentro de la diversificación económica  y el desarrollo sostenible que propugna la PAC para el mundo rural para preservar los recursos naturales y culturales y fijar la población, sino también porque el triunfo de la sociedad del conocimiento y la valoración de nuestras raíces contribuirán a alejar definitivamente el fatalismo que tanto ha beneficiado a una minoría y perjudicado a una mayoría.

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