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¡Andaluces, levantaos!.

En julio de 2015 la revista cultural La Laguna me publicó un artículo sobre Andalucía, que hoy que celebramos su día me ha parecido oportuno publicar en este blog. 

                                                                                    “Siervos de terratenientes y de chulos a caballo”

Viví la mitad de mi vida en un pueblo típico de Andalucía Oriental; Íllora, la otra la llevo en otro de Andalucía Occidental Benalup-Casas Viejas. Con la ventaja, y la desventaja, que da ver los toros desde la barrera, son muchas las diferencias que hay entre ambos, en el dialecto, en la forma de concebir la libertad, en la manera que se produce la socialización, en las tradiciones y costumbres…
Pero son muchas más las similitudes. Además de tratarse de dos pequeños pueblos, dos ejemplos de sociedades rurales en pleno proceso de cambio y urbanización, se observan valores universales que yo los considero de raíz andaluza. Empecemos por los de carácter positivo. El primero es el de la empatía y la solidaridad. La facilidad que tenemos para ponernos en el lugar de los otros, como siempre hemos sido pobres, sabemos por experiencia que los ricos no dan nada, si acaso…Por ello la necesidad de la sociabilidad, vivir en la calle, aprender fuera, concebir la familia como algo más grande que los parientes más cercanos. 



En segundo lugar la forma de afrontar las dificultades, la resistencia ante las adversidades, esos genes que hacen que cuando vienen mal dadas saquemos como armas el ingenio y el humor, eso que algunos confunden con el tópico de la gracia o cachondeo andaluz. Decía el antropólogo americano Jerome Mintz, que en sus más de 20 años de estudios sobre Andalucía consiguió traspasar los tópicos típicos para llegar a la profundidad de nuestra esencia, que se maravillaba ante la gente humilde de los pueblos andaluces que se enfrentaba a la dureza de la vida desde el humor y la buena predisposición.



En todos los lugares hay pobreza y dificultades, pero en los pueblos andaluces ha sido y es una de sus señas de identidad. Aunque las causas son diversas y variadas, la forma de apropiación de la tierra, la consolidación del latifundismo clásico, extensivo y poco generador de riqueza y empleo ocupa un lugar destacado en el intento de explicación de esta situación. Con los precedentes romanos y árabes, la estructura latifundista andaluza se formó durante el proceso medieval de repoblación, denominado erróneamente “reconquista”, en la expansión económica del siglo XVI, en la reforma agraria al revés del siglo XIX o las desamortizaciones y en el fracaso de la reforma agraria de la segunda república y la confirmación de la técnica tras la Guerra Civil y desarrollismo franquista de los sesenta.



Hoy más de tres cuartas partes de la población andaluza vive en ciudades, pero el sustrato genético es rural, es la tierra, es el campo, es el señorito a caballo y el jornalero a pie. Que consigamos conocernos, entendernos, saber de nuestros orígenes, comprender los procesos por donde hemos llegado a la situación actual se antoja un arma de vital importancia.



Con esta forma de estructura de la propiedad de la tierra también hay que relacionar los valores comunes andaluces que yo considero de carácter negativo. Primero, el miedo que guarda la viña, el fatalismo que nos convence de que siempre ha habido pobres y ricos, la sobrenaturalidad que nos dice que esta vida es un valle de lágrimas. En segundo lugar el autocontrol social típico de las sociedades rurales andaluzas a través del chismorreo, del bulo, del falso testimonio, del que dirán. Dicen Mintz: “El control social en Andalucía rural no se operaba por medio de regulaciones gubernamentales y supervisión policiaca, sino por medio de sanciones sociales a rumores y otras formas de crítica y censura públicas. Por Carnaval, las conductas dudosas se pregonaban en pública en forma de canciones”. En tercer lugar, la deslegitimación del conocimiento. Don Quijote se volvió loco de tanto leer, la inmundicia huele más cuanto más se mueve, con los libros no se come o aquello de “niño apaga la luz que van a saber que lees por las noche”. Hace dos generaciones que los nuestros lo pasaron muy mal por meterse en política, por querer arreglar lo que no tiene solución, nos intentaban convencer. Pienso, que aunque la sociedad rural está en pleno proceso de desaparición, nuestros genes se han formado en ella y el latifundismo, el fatalismo, el control social, el miedo, la negación a la democratización de la historia… está en la raíz de muchos de los problemas que nos acosan a la sociedad actual andaluza.



Hoy más de tres cuartas partes de la población andaluza vive en ciudades, pero el sustrato genético es rural, es la tierra, es el campo, es el señorito a caballo y el jornalero a pie. Que consigamos conocernos, entendernos, saber de nuestros orígenes, comprender los procesos por donde hemos llegado a la situación actual se antoja un arma de vital importancia. Y es que me parece que no es gratuito, ni casual el fatalismo, el miedo, la sobrenaturalidad, el autocontrol social y la amnesia histórica. Son instrumentos de control y de apropiación, de legitimación y justificación. 



En Íllora se conoce muy poco la revuelta liderada por Rafael Pérez del Álamo en 1861 de unos 10.000 campesinos que tuvo como epicentro la vecina Loja, en la que ella también participó y se considera el  primer movimiento campesino de envergadura de la historia contemporánea de Andalucía. A Casas Viejas le cambiaron hasta el nombre, lo convirtieron en Benalup de Sidonia y trabajosamente está intentado introducir con normalidad aquellos Sucesos en su acervo histórico. La Historia social de Andalucía es una rama poco conocida, un tanto denostada y un mucho manipulada. Como decía Walter Benjamin los que más necesitan la historia son los oprimidos, para no olvidar que su situación no tiene nada de "natural", ni lógico. Y la opresión se ha convertido en una de las señas de identidad andaluza, aquello que decía Juan Carlos Aragón en la Chirigota los Yesterday: “lo que fuimos antiguamente/ pobrecitos y vasallos/siervos de terratenientes/y de chulos a caballo”. Y ya se sabe… de aquellos barros vienen estos lodos.

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