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Un día de Julio y 07 (Relato de ficción). Por Francisco J. Martínez Guerra

En la Iglesia, al fondo de la plaza, se celebraba el último día de la novena del Profeta con las rogativas de lluvias propias de un año de sequia. Dentro, los fieles de siempre y algunos más, pocos, que en esas graves circunstancias acudían a los ceremonias religiosas. Entonces, como Manuel Torre el día “señalaito” de Santiago y Santa Ana, se acordaban de su Dios y de Elías, el profeta que trajo la lluvia a Israel después de tres años sin caer una gota de agua del cielo. San Elías, en su altar del crucero, ahora oía las suplicas de los vecinos de la aldea pidiendo alivio a las “duquelas” de la sequía. La talla de aquel santo había venido del convento carmelita del Cuervo, un lugar hermoso y solitario en el corazón de la sierra, entre cuyas ruinas pensaba llevar vida de eremita el Hno. Antonio quien, en este momento, tras una larga jornada de viaje, acababa de entrar en la casa de sus protectoras en la aldea.


“Las señoras están en la novena. Me han encargado lo reciba y atienda en tanto llegan” dijo el ama de llaves, presentándose, mientras cogía la maleta y lo acompañaba a una habitación en la planta superior que había en aquella parte de la casa. Tras mostrársela e indicarle el lugar del retrete, al fondo del pasillo, lo dejó en su cuarto diciéndole que si algo necesitaba la llamase. “Cuando lleguen subiré para avisarle” añadió. Era una habitación amplia, con la cama, una mesa y una silla. Una bombilla eléctrica colgaba del casquillo de latón amarillento en mitad del alto techo. El fraile sonreía recordando la lectura en el tren de aquella mañana; le parecía estar en la habitación de Eliseo en Suném. En una esquina del cuarto un sencillo palanganero con una jofaina de cerámica basta, la jarra grande del agua, el toallero y un pequeño espejo en el que apenas cabía la cara del que se miraba. Una doble puerta acristalada, con contras de madera a modo de balcón, daba a una terraza exterior. Las abrió el Hno. Antonio que salió, por unos momentos, para contemplar el paisaje: A sus pies, en una explanada cerrada por un alto muro de piedra que declinaba hacia la llanura, veía los almacenes, establos, cuadras y corrales vacíos dispuestos en torno al gran patio empedrado al que se podía acceder directamente desde el atrio de aquella zona trasera de la casa, la entrada habitual, a través de un gran portón “¿Será que, como en Israel en tiempos del rey Ajab, han muerto los animales con la sequía?” pero en eso no acertaba fray Antonio; las señoras habían vendido el ganado y arrendando las tierras retirándose del negocio del campo y ahora repartían su vida entre la gran ciudad y su casa en el pueblo.

De frente veía la sierra: un enorme telón de fondo que en aquel atardecer, castigado por el fiero levante, adquiría tonalidades lúgubres y en difuso blanco aún se distinguía el caserío de “las Aguadillas” en los primeros cerros. Más abajo, como una gruesa raja sinuosa, el cauce seco del río partiendo en dos la vega y algo más allá, siguiendo el curso, los manchones  de tonalidades ocres y castaños de la vegetación de una laguna seca.
Estos paisajes, que había visitado con su maestro el P. Ángel de la Cruz, una primavera de hacía algo más de dos años, ahora le parecían irreconocibles. “Terrible debe ser la sequía de este año, el campo está muerto, seco el río, seca la laguna” pensó apenado, acordándose del profeta Elías, mientras entraba en la habitación con intención de lavarse y prepararse para hablar con sus protectoras.    

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