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Un día de Julio 05 (Relato de ficción). Por Francisco J. Martínez Guerra


Es verdad que muchos no estaban de acuerdo en hablar mal de Medina. “Al fin y al cabo todos somos “meinatos”, si aquí nada llega será por qué nada tendrán que repartir, lo del fútbol del año pasado no estuvo nada bien…” eso decían los que tenían el corazón “partio” y añadían “Tampoco ellos tienen agua corriente y, se mire como se mire, hay que estar agradecidos al alcalde por haber autorizado el encuentro del Medina con el Benalup”, pero los otros no lo entendían de esa manera dado que, al margen de su afición al futbol, les movían unos sentimientos de agravios que nada tenían que ver con el deporte. “¿Y cuál es mi pueblo? se preguntaban, si los de Medina, cuando se refieren a los Sucesos del treinta y tres, se desmarcan diciendo que aquello ocurrió en Casas Viejas”.


Lo que no se hizo esperar fue la actuación de la “autoridad”, esa sombra anónima del poder que todo el mundo sentía sobre sus cabezas sin saber muy bien de donde provenía, quien temiendo pudieran descontrolarse los ánimos en la aldea tenía el deber de adoptar las medidas oportunas para que los incidentes del fútbol no se volvieran a repetir. Y en eso si que obró con diligencia y discreción llevando a cabo pesquisas sobre la intencionalidad de las personas que propusieron el encuentro y de otros posibles sospechosos de haber enardecido deliberadamente el ánimo de los niños en el campo. Finalmente, considerando  la carga de pasión que esconde el fútbol y que no era bueno andar removiendo sentimientos reivindicativos en plenas celebraciones de Santiago y Santa Ana, la “autoridad” adaptó la prudente determinación de no autorizar, en adelante, ningún partido de fútbol del equipo de la ciudad contra el de su modesta pedanía; “muerto el perro, se acabó la rabia” dirían algunos. 

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Pero esto había ocurrido el año pasado y era ya historia. Ayer, aunque hacía mucho calor, ni siquiera se movían las hojas de los árboles de la Alameda, la tertulia de la “marquesina nueva” estuvo muy animada, más que otros días, y la tarde se nos pasó volando. 
Se discutía el tamaño de las ruedas de los coches: tienen que ser más grande, como la de los carros y así se gasta menos fuerza para salir de los baches. Era la “teoría de la rueda” que nuestro ponente, insistiendo una y otra vez, defendía explicando la ley de la palanca ante un auditorio de algunos mayores y unos pocos jóvenes estudiantes. Después de varias intervenciones e interrupciones por parte de los que se dedicaron a bromear poniendo “palitos a la rueda”, sin que hubiese un acuerdo unánime entre los oyentes, el ponente acabó diciendo que los fabricantes de coches para nada habían tenido en cuenta un invento tan importante como el de la rueda y tan fácil de verificar por cualquiera de los presentes como era haciendo un viaje a Medina en el “correo”.  



Alguien dijo que era más fácil quitar los baches de la carretera, a ver cómo iban a poner estribos de carros en los coches y no le faltó el apoyo de los que se lo habían tomado a guasa pero, eso, tampoco estuvo bien pues, la sabiduría, ya se sabe, a veces, se esconde en las cosas más sencillas. Mira Newton, el sabio de la gravedad terrestre; dicen que la descubrió observando la caída de una manzana mientras sesteaba a la sombra de un árbol del jardín de su casa. Como  nosotros aquí, bajo la marquesina nueva, las tardes de verano cuando corre ese airecillo que a todos nos amodorra y que hoy echamos tan en falta  “Ya podía caernos una, como la de Newton, aunque nos diese en lo alto de la “crisma” comentó finalmente un joven bromista.



“Estarán contentos los del bar con estos muchachos; se pasan medio verano aquí, bajo la marquesina barrida y bien regada, gastando sillas, fresquitos, pasándolo bien y haciendo bromas ¡Si al menos pidiesen algo! claro a que a nosotros, los mayores, bien que nos distraen” comentaba uno de los allí sentados mientras removía el azucarillo del café.  Hombre, los de la casa están a que la gente venga, tomen algo y se encuentren a gusto aquí y aunque, de vez en cuando, los jóvenes se desmanden, es propio de la edad, ya harán gasto, que por ahora están a verlas venir” contestó el de al lado.

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