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Un día de Julio 04 (Relato de ficción). Francisco J. Martínez Guerra



Pero hoy, es San Elías, y todos confiamos en que este año, por feria, no hará el levante del año pasado. “El miércoles para” había dicho Pepín “el de las cabañuelas” quien, hasta el presente, nunca había fallado en sus pronósticos. Aun daría tiempo a reparar los daños causados por el viento en las colgaduras y las fiestas se celebrarían con la alegría de siempre a pesar del poco dinero de un año de gran sequia en el que parecía todo muy difícil. 


No habrá toros esta feria y a punto hemos estado de quedarnos sin futbol ¡lo que faltaba!. Y esto último sí que era culpa del alcalde de Medina, eso decía la gente, a quien todavía le  duraba el enfado del año pasado por los  incidentes en el campo de futbol. Y si finalmente accedió fue gracias al capitán de la guardia civil que quitó hierro al asunto: “cosas que ocurren en todos lados, también en Benalup; los niños no tiraron ese día piedras al autobús del Medina y contra Alcalá no es lo mismo” eso dijo, cuando el alcalde, obsesionado con el tema de las piedras, le pidió su parecer. Y era verdad que no fue tan grave lo ocurrido e incluso, pensando mal, a alguno pudo venirle bien el alboroto del campo de ese día. Nunca se sabe y no sería la primera vez que alguien saca tajada de estas cosas.

Y todo empezó con un seguidor del Medina. Enfadado con la victoria de su equipo por la mínima pedía cuentas al entrenador que defendía el mal  juego de su equipo: “Se trata de un amistoso… los palos, el campo cuesta arriba, el levante, el árbitro…” No hizo falta más, alguien del Benalup, que andaba con la oreja puesta, cogió la frase al vuelo y, sintiéndose ninguneado, estuvo a punto de armar la gorda enardeciendo los ánimos, ya muy vivos, de otros seguidores: ”¡Como si los nuestros no hubiesen jugado bien y la gente fina de Medina no corriese de arriba a abajo por sus cuestas; como si en el cerro no soplara el levante!” gritaban otros enfadados alzando los brazos. Y aunque se dijeron cosas más gruesas que no caben en este relato fueron, ni más ni menos, las mismas que se oyen en cualquier campo de futbol cuando el equipo local pierde y la afición se desmanda echando las culpas al árbitro.

Así que aquella tarde, tras el partido, antes de que la bronca fuera a más y sin tiempo siquiera de cambiarse, los del Medina subieron a su autobús rodeado por los chiquillos del Benalup que los miraban como a unos extraños forasteros y no como a gente de su mismo pueblo. Enrabietados por la derrota y con los sentimientos a flor de piel gritaban a coro “Meina, pan duro, que hasta las pieras muerden” frase que, aunque no tenía sentido para unos niños tan de Medina como los otros, a estos les molestaba mucho y era por eso que la repetían insistentemente diciendo unas veces “pan duro” y
Ramón Pérez Montero
otras “pan seco” mientras corrían, sin tirar piedras como se llegó a decir, tras la gran polvareda que el vehículo iba levantando a medida que se alejaba. 

Y esto fue lo ocurrido y, aunque estuvo a punto de liarse, todo quedó en nada, un tímido brote de rechazo contra Medina, “la mala madrastra de unos hijos abandonados a su suerte en una lejana pedanía”, eso decían algunos. Una manifestación espontánea, sin ninguna otra intencionalidad, de los sentimientos de mala querencia de unos cuantos mayores  y de unos niños que esa tarde olvidaron los valores del orden y el respeto a la autoridad y al ayuntamiento que aprendían en la escuela. Y, ya se sabe, los chiquillos a veces no obedecen y hacen cosas que a los mayores no se les permiten ¿Qué buenos sentimientos podían tener si no conocían al alcalde y a la aldea no llegaban ni las migajas del presupuesto de su ayuntamiento? 

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