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Un día de Julio 03 (Relato de ficción). Llegada a Benalup de Sidonia. 2

Seguramente sería de Jerez, se dijo recordándolo en aquel otro cante: “Desde la Polvera hasta Santiago / Las fatiguitas de la muerte / A mí se me arrodearon”. Allí se dirigía él, y en esa calle estaba. Pero estos cantes no le iban al chico, era un joven lleno de vida y las letras, tan breves y amargas, solo hablaban de la muerte. 

Una noche, por el Apeadero de Cámaras Altas, en el frente de Peñarroya, desertó;  aprovechando una noche de guardia, abandonó la trinchera y, dejando el mosquetón en el puesto, cruzó las líneas pasándose al otro lado. Nunca más supimos de él, si le hubiesen pillado seguro nos habríamos enterado, allí mismo hubiese conocido las fatiguitas de la muerte a las que cantaba. Pero aquel chico no era consciente del peligro y esa vez debió salirle bien ¿Qué habrá sido del joven? ¿Será uno de los que están dentro celebrando las fiestas de Santiago y Santa Ana con tanta anticipación?  En esos pensamientos iba mientras se dirigía a la iglesia del barrio gitano por los lugares y las fechas de los cantes del soldado. 
                                                    
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Había llegado a la aldea. “¡Jesús que levantera! Que malo es el levante, hijo; ¡Lo que trastorna el cuerpo! ¡Qué malita pone a una de los nervios!” decía una viajera, en la parada, dirigiéndose al cobrador que andaba ajetreado sacando bultos y equipajes. “Peor es lo poco que ha llovido, eso sí que es malo, el campo está seco, el trigo no salió este año y las fuentes ya casi no manan. De seguir así pronto no habrá agua ni para beber. Tendremos que marchar todos de aquí” añadió con pesimismo mirando al fraile mientras bajaba su maleta de la baca del coche. Un hombre ya mayor, de la casa de las señoras, que le estaba esperando, pretendió recogerla para llevarla sin que el fraile lo permitiera.

Iban por San Juan cuando una enorme  racha de viento enfiló la calle. El levante, lamiendo el suelo, levantó una gran nube de polvo arremolinando banderitas de papel de seda, farolillos y bombas multicolores, que el airón arrancaba de las guirnaldas, ya colgadas, de fachada a fachada, con motivo de las próximas fiestas. El Hno. Antonio, sujetando con una mano la maleta y con la otra sus hábitos, caminaba cabizbajo y silencioso, con miedo a volar como una cometa, acompañado por el hombre de la casa y algunos chiquillos curiosos que lo seguían a cierta distancia y para los que el menudo fraile, de enorme barba y holgados hábitos talares, resultaba un espectáculo novedoso aquel día de julio caluroso y de levante. 

En la plaza y aledaños los turroneros y feriantes desplegaban la actividad propia de las vísperas de fiestas. Eran los de siempre, los mismos de cada año, tratando de sujetar las lonas de sus puestos que el aire les llevaba y montando sus cacharros, voladores, columpios, cunitas y caballitos que bien pronto, animados por luces de colores y musiquilla de pianola, girarían sin parar alegrando las fiestas de Santiago y Santa Ana. 

Las esperadas fiestas de cada año en las que no faltarían los pasacalles y conciertos matutinos de la Banda de Educación y Descanso a la sombra del muro de la iglesia con un repertorio que casi siempre acababa con La Boda de Luis Alonso o El Sitio de Zaragoza. Y se podía decir, a pesar de los buenos deseos de los músicos, que era el sol abrasador de mediodía quien fijaba el final del concierto; la sombra, a medida que achicaba, obligaba a la banda de música a estrecharse en un espacio cada vez más reducido arrimando sillas y atriles al muro de la iglesia mientras el auditorio, que aguantaba menos, se iba retirando buscando la sombrita de la marquesina nueva.

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