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Un día de Julio 02 (Relato de ficción). Por tierras jerezanas. 2. Por Francisco J. Martínez Guerra

El tren fue parando en algunas estaciones, más de media hora en un apeadero cercano a  Sevilla, esperando el paso del “mercancías” que venía en dirección contraria por la única vía en servicio de la línea en aquel tramo. La parada, en esas circunstancias, en el interior de un vagón repleto de viajeros, muchos de ellos en los pasillos y descansillos de pie o sentados sobre sus bultos y maletas, bajo el calor insoportable de una mañana de julio en la que apenas se movían las hojas de los árboles, se hizo interminable. Fue un gran alivio ver de nuevo al factor de la estación cuando, tras el paso del mercancías, se dirigió a la cabecera del expreso dando la orden de salida levantando la banderita; un gran silbido, unos cuantos jadeos y chorros de vapor y la vieja locomotora, renqueando, puso de nuevo el tren en marcha prosiguiendo su viaje al sur. 


En San Bernardo, en medio de un gran bullicio de gentes, viajeros, acompañantes y familiares que se despedían, muchos otros que aguardaban a los que llegaban, no faltaban los curiosos quienes, simplemente, iban a pasar el rato a la estación a ver la llegada de un tren que siempre traía retraso. Impacientes y antes de que parase, los que esperaban, ahora corrían hacia el tren empujándose pretendiendo ser los primeros en subir a los coches en busca de un asiento libre sin tener en cuenta a quienes pretendían bajarse dando por finalizado su viaje. Los vendedores, de gorrilla y chaquetilla blanca, tranquilamente sentados en los bancos entonces se movilizaban y, vagón a vagón, recorrían el tren a lo largo del andén, desde la cola hasta la cabecera, mostrando sus cestas y productos a unos viajeros que asomaban sus cabezas por las ventanillas: agua, gaseosa, tortas, mostachones, bocadillos…Los mas agiles, aprovechando la parada, subían a los coches pregonando a viva voz sus productos por los pasillos.

*****

Era casi mediodía, cuando el Hno. Antonio se apeaba del tren en Jerez. Aquella misma tarde, continuaría su viaje en el coche de línea, haciendo trasbordo en Medina, hasta la aldea donde lo acogerían las señoras principales. Como Eliseo en Sunem, el contaría en Casas Viejas con la ayuda de una casa. “Muy buenas deben ser esas señoras, si de mi necesitan, nada  podré yo ofrecerles” pensó parafraseando una de los dichos de su maestro.

Dejando su maleta en el bar de la parada, faltaban casi cuatro horas para la salida del coche de Medina, el Hno. Antonio se dirigió a la iglesia de Santiago donde esperaría rezando. De camino, en la calle Polvera, vio a un grupo de hombres que se agolpaban en la acera, a la puerta de una taberna, mirando al interior y, entre ellos, dos mujeres jóvenes que parecían aguardar, sin atreverse a entrar, a que sus hombres saliesen a la calle para intentar llevárselos a casa. Del fondo, en penumbra, llegaban los “sonios negros” de una seguiriya: 

Con qué dobles fatigas
Yo le pido a Dios,
Que aliviara las que tiene mi madre
En el corazón.

Era un día señalao
De Santiago y Santa Ana,
Yo le rogué a mi Dios
Que le aliviara a mi mare
Las duquelas de su corazón.


“Desde anoche que dura la juerga. Mira, aquel s´arrajao la camisa” dijo uno de los mirones al que estaba al lado. A la memoria del Hno. Antonio acudió el recuerdo de un soldado de su compañía que conoció en la guerra. Era un joven gitano, casi un niño, bueno y alegre, le gustaba cantar y lo hacía bien, con mucha hondura, eso sí, desganado cuando el capitán, aficionado al cante, se lo pedía. “La de un día “señalaito” me la enseño mi abuelo que la escuchó a Manuel Torre. Cuando la canto, mi sargento, me acuerdo de mi madre y hasta me echo a llorar”.

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