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Un día de Julio 01 (Relato de ficción). Por Francisco J. Martínez Guerra

Resumen: 
El Hno. Antonio llega a Casas Viejas para llevar vida de desierto en las ruinas del convento del Cuervo lugar que ya le era conocido (Ver “San Elías”)
El relato recrea las incidencias del viaje y la llegada un día de levante, por la festividad de S. Elías, en el que la aldea vive el ambiente de los días previos a las fiestas de Santiago y Santa Ana.
Aclarar que lo que se cuenta, sobre tan singular personaje y las pequeñas cosas y sucesos de la vida diaria de una época en la que la distracción de muchos jóvenes y mayores estaba exclusivamente en la calle y el bar, es pura ficción basada en el recuerdo.  
                                                       
                                                                        *****  
                                                   

El veinte de Julio, San Elías, día del Profeta y fiesta grande en el convento, tras la misa solemne, el Hno. Antonio se despidió del prior y los frailes de la comunidad para dirigirse a la estación de ferrocarril donde tomó el expreso de Cádiz procedente de Madrid.

Era muy temprano y hacía un calor insoportable. Abiertas las ventanillas y la puerta del compartimiento sudaban los viajeros apretados en los bancos corridos de aquel vagón de tercera  y, especialmente, el Hno. Antonio con su espesa barba y en vestimentas talares. 

Distraídamente miraba el paisaje de Sierra Morena que iba quedando atrás, cada vez más lejana, mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo ya manchado por innumerables motas de grasienta carbonilla. Un ligero aire cálido del sur metía, por las ventanillas abiertas de los vagones, el humo, el vapor y las partículas de carbón que arrojaba la chimenea de la vieja locomotora pegándose en las carnes y en las ropas sudadas de los pasajeros. 

Pasó el revisor picando los billetes y más tarde la policía secreta comprobando detenidamente salvoconductos, documentos y papeles, y observando los bultos, maletas y cestas de todos los viajeros.

Con el libro de oficios semicerrado en su regazo viajaba el  Hno.  Antonio a su nuevo destino pensativo, preocupado y temeroso por el futuro de su misión ya advertido, por el prior del convento, de que no iba a resultarle nada fácil. Hacia unos días que había finalizado sus estudios y esta misma mañana, festividad de San Elías, tenía que haberse celebrado la ceremonia de ordenación de diácono con la asistencia de su familia a la que hacía dos años no veía. Finalmente la misma había quedado aplazada hasta su regreso de aquella experiencia de vida de desierto y esa decisión, ahora, le entristecía enormemente; “Dios me ha asignado un camino difícil que debo seguir sin dudar tratando de alejar el miedo de mi espíritu. Mucho peor lo tuvo Abraham cuando El lo puso a prueba ordenándole el sacrificio en holocausto de su hijo Isaac en un monte del país de Moria” se dijo tratando de fortalecer su decaído ánimo. 

Sentado en aquel vagón de tercera, cerró el libro que guardó en su maleta y sacó una manoseada Biblia que abierta por el pasaje de “Eliseo, la sunnamita y su hijo”, leyó seguidamente:

 “Un día pasó Eliseo por Sunem; había allí una mujer principal y le hizo fuerza para que se quedara a comer, y después, siempre que pasaba, iba allí a comer. Dijo ella a su marido: Mira sé que es un santo hombre de Dios que siempre viene por casa. Vamos a hacerle una pequeña alcoba de fábrica en la terraza y le pondremos en ella una cama, una mesa, una silla, y una lámpara y cuando venga por casa que se retire allí”

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