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La magia del mundo rural. Y 2. Por José Luis Blanco Romero

Un universo pequeño en el que predomina, prácticamente en exclusiva, la transmisión oral del conocimiento real y del mundo mágico, plagado de creencias y supersticiones, en un sincretismo de dioses buenos y espíritus malignos, que asustan y reconfortan, que auxilian en las penalidades y exigen la represión de los instintos. Una escuela de la vida casi ajena al papel impreso, representado por los almanaques ilustrados con bodegones de naturaleza muerta, relacionados con las cacerías (conejos, perdices, escopetas y cananas observadas por galgos o podencos) y con mujeres morenas pintadas por Romero de Torres, mientras posaban ataviadas con trajes típicos o entallados de alta costura, en actitud ausente o atareadas en el acicalamiento personal. 




La cultura oral de los abuelos y las abuelas, en las noches cerradas de invierno junto al fogarín y en la puerta de la casa, al fresquito del relente veraniego, con relatos fantásticamente verídicos de caballos que surcan los caminos en tropel, arrastrando pesadas cadenas, de gallinas doradas y relucientes con su camada de pollitos, que se apuestan en las esquinas como estandartes de plácidas catástrofes, con robos, raptos y obscuros asesinatos, cuyos autores arrastran sus culpas como fantasmas a los que se les niega el sosiego de la muerte.




Esos calendarios eternos, pasados de fechas, que permanecía petrificados por el tiempo, el polvo y el hollín de la chimenea, compartiendo espacio en las paredes con las fotos de la boda de los abuelos. En el centro en un lugar preferente el cuadro de La Virgen y El Niños Jesús, cuajado de estampitas de cuando las comuniones de los retoños, incrustadas entre el cristal y el marco de madera, a modo de retablo barroco de divinidades, posando en actitud serena o consumidos por la pena y un coro de angelitos rosados y rollizos, reposando al pie de la imagen o portando el estandarte con la leyenda de “gloria a Dios en las alturas”.




En los grandes cortijos junto a los antepasados benefactores, los trofeos de caza inundan las paredes con un bosque de cuernos, dejando constancia de la precisión entre el ojo y la bala, junto a la foto panorámica de las reses alineadas en el patio, dando fe de la masacre de ciervos y jabalíes.




Los escasos papeles, confinados bajo llave en los arcones de madera y metal, forrados de tela por dentro, en donde se guardaban las escrituras de la casa y el libro de familia, las cartas de amor y la cartilla militar, la lencería fina y los encajes del ajuar, el reloj con su cadena para amarrar al ojal del chaleco y los pendientes de oro recuperados de la casa de empeño.




Casas vacías de libros, de cuadernos, de papeles, que más tarde comenzarían a recibir las primeras remesas de la letra impresa de la mano de El Capitán Trueno, Jabato, el Guerrero del Antifaz, el TBO y las novelas del oeste de Marcial Lafuente y Key Luger. Años más tarde, la sequía se transforma en la inundación de las letras, con el derroche de la enciclopedia ilustrada, la historia universal y los atlas de geografía de España y el Mundo, comprados por metros para rellenar las estanterías del mueble bar.
Las fotos de Mintz

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