La magia del mundo rural. 1. Por José Luis Blanco Romero

En el libro de apuntes históricos y de nuestro patrimonio de Alcalá de los Gazules 2013 José Luis Blanco publicó un artículo sobre la Escuela Rural. La introducción me parece que es un magnífico resumen del mundo premoderno de la zona, por eso me ha parecido interesante publicarlo en dos entregas.
En el bosque animado, donde vivían multitud de criaturas a la buena de Dios, reinaba el hombre de campo, ocupado en el cultivo de la tierra, el manejo de las ganaderías y los trabajos forestales. En aquellos tiempos el turismo no se había inventado aún y los forasteros ocasionales eran recibidos entre la curiosidad y la desconfianza de los nativos, interesados por la novedad de la visita y escaldados por el repetido timo de los cantamañanas, que llegaban ofreciendo un mundo en colores y se marchaban a hurtadillas una vez perpetrado el engaño.







El comercio estaba en manos de los recoveros que recorrían los campos ofreciendo sus mercancías y practicando el trueque; una tira bordada por una docena de huevos, paquetes de café a cambio de los pavos de navidad, azúcar y tabaco por tres corderos lechales y dos chivos de cabra  payoya. Intercambio de recursos naturales y mercancías de primera necesidad, con las cuentas a ojo o anotadas en papel de estraza, como el que se usaba para envolver las sardinas arenques, ara aplastarlas entre el marco y la puerta. Artículos de primera necesidad, de los que no daba la tierra, para completar la despensa de la matanza, la caza y el huerto. Había donde elegir, en un variado surtido de mercancías habituales y también se podía comprar por encargo, si se tenía la posibilidad y la paciencia de esperar la próxima visita del tendero ambulante, una profesión que encarnaron como nadie la familia de los Hinarejo (Perea).



En un  mundo de gañanes y pastores, de cabreros y segadores, de vaqueros de retinto y remontistas de potros salvajes. Una época en la que se hacían hombre desde niño, en cuanto picabas el anzuelo de emular a los mayores con la yunta y el arado, con la escopeta y el calabozo. Así, engatusado con la prisa de ser mayor, de emular a los padres y a los abuelos, con el único objetivo de ser como ellos, ni más ni menos, ni menos ni más, las nuevas generaciones transitaban los oficios y tareas de la tierra y del hogar conforme a una clasificación preestablecida y una jerarquizada inalterable, en la que para el varón reinaba la fuerza y la experiencia, la edad, y los cayos de las manos endurecidas por la continua briega, con y contra la naturaleza hasta domesticarla.



Una sociedad sencilla, primaria, ancestral, con valores trascendentes y coherencia razonable. Un mundo de vecinos, propietarios y jornaleros, de grandes señores y de siervos. Todos amarrados a la tierra, los más trabajando a diario por la subsistencia como jornaleros de sol a sol; los menos, ejerciendo los privilegios que les legó la herencia; los demás, sosteniendo y engordando un pequeño patrimonio levantado con sangre sudor y lágrimas.



Una pequeña-gran sociedad que habitaba chozas de piedra y barro, de brezo y castañuela, casas forradas de cemento y cal, cortijos a dos aguas con patios y estancias, todos agrupados en pagos, núcleos dispersos y aldeas en los que se vive la solidaridad de amasar el pan y acarrear la leña, de castrar las colmenas y hacer la matanza, de combatir el fuego y organizar batidas contra las alimañas.
Las fotos son de Mintz

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