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Los protagonistas de los Sucesos de Casas Viejas. María Silva Cruz "La Libertaria". 26

De los afectados por la matanza de Casas Viejas en enero de 1933 María Silva Cruz fue la que alcanzó mayor popularidad. Si todos vieron cambiadas sus vidas la suya lo fue aún más. Tanto que tres años más tarde hasta la perdió. Durante unos meses de 1933 su nombre estuvo en boca de media España: en las del pueblo común, en las de jueces y autoridades, en las de periodistas y políticos y en las de literatos y poetas. Tras los Sucesos su cuotas de popularidad avanzaban progresivamente. Tras ser asesinada en la Guerra Civil en agosto del 36 pasó a categoría de mito, situación que mantuvo durante el franquismo. Estamos sin duda ante el personaje más mediático de los relacionados con los Sucesos.




María Silva Cruz nació en el cortijo Zapatero, en el pago de las Algámitas, el 20 de abril de 1915. A finales de los veinte la familia se trasladó a la calle Nueva. Pasó su adolescencia en un ambiente ideológico anarquista. Su padre, sus tíos (Jerónimo, Perico y Paco) pertenecían al sindicato. Ella, a un grupo de mujeres libertarias conocido con el nombre de “Amor y Armonía”. A este grupo las instruía Gallinito que, a su vez, era su novio y a él pertenecía su hermana Catalina, sus primas Catalina y María y sus amigas Manuela Lago, Ana Cabeza y María Ortega.



En febrero de 1932 ocurrió un incidente que luego sería muy recordado cuando se la convirtió en leyenda. Cuando paseaba por la Alameda con  Manuela Lago, su hermana Catalina y otras amigas se toparon con el guardia Manuel García Rodríguez. Este la conminó a que se quitara el pañuelo rojo y negro que  María llevaba al cuello. Como no quiso quitárselo el guarda lo intentó y se llevo una bofetada. Entonces Manuel García, le amenazó diciéndole: ¡me las pagarás, Libertaria! A partir de entonces comenzó a conocérsela con ese apodo. 



La mañana del día 11 de enero de 1933, tras la proclamación del comunismo libertario en el pueblo, paseó por las calles portando una bandera rojinegra y realizando labores de enlace entre los diversos puestos que habían establecido los revolucionarios. Cuando llegaron los guardas al casaron de Seisdedos, ella se encontraba dentro, pues vivía con su abuelo. Pudo escapar momentos antes de que ardiera la castañuela del casarón. Se refugió con su familia en la Morita, pero al regresar el día 14 la detuvieron y la llevaron a Medina.  Allí coincidió  en la prisión con Miguel Pérez Cordón. De esos contactos surgió el amor que terminó en relación estable. 


Al mismo tiempo, María se hizo “mediática”. Para la derecha era el prototipo del revolucionario. El periodista Julio Romano la presentó como una ácrata furibunda que, cuando conoce el comienzo de la revuelta, exclama, con una sonrisa, que ya era hora de que pudiera satisfacer su deseo de hacerse un rosario de cabezas de ricos. El anarcosindicalismo y otras muchas personas quedaron cautivados por la figura de la superviviente del incendio y representante de aquellos campesinos rebeldes. La joven publicista Hildegart, muy famosa entonces, escribió un artículo en el que convirtía a María en el símbolo del revolucionario generoso, una Mariana Pineda del siglo XX, enfrentada al régimen republicano convertido en un tumor que era preciso sajar. Su supervivencia la convertía en un “yo acuso” permanente contra quienes no habían hecho otra cosa que perfeccionar el ejercicio de la represión. Pio Baroja escribió: "Ahora, yo, si fuera andaluz y anarquista, pugnaría porque en los Sindicatos de la CNT quitaran de las paredes los retratos de algunos viejos barbudos vulgares, dogmáticos y pedestres, y pusieran, en cambio, la efigie de la muchacha anarquista, desconocida hasta hoy, en Casas Viejas"



María y Miguel vivían en Paterna cuando se inició el levantamiento militar. Cordón escapó a la zona republicana. Ella se quedó y la detuvieron el 19 de agosto de 1936, después la mataron. La muerte de “La Libertaria” se difundió rápidamente. A partir de entonces María Silva ha ocupado un lugar propio en el mundo anarquista y en el social andaluz. En 1951 Federica Montseny escribió una novela corta destinada a mantener su recuerdo. Aún no se sabe donde reposan sus restos. 
Este artículo es un extracto sacado del libro de José Luis Gutiérrez Molina "Del crimen a la esperanza".

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