Carta de Suárez Orellana al periódico Luz

El 1 de febrero de 1933 el periódico madrileño Luz publica una carta de José Suárez Orellana sobre los recientes sucesos de enero. Resulta esta carta un documento histórico de primera magnitud. En ella aparecen una serie de características que explican estos hechos, además de unas constantes ideológicas en el concejal socialista, que luego van a volver a aparecer en sus memorias no publicadas. Dice la carta así: 

"Señor director de LUZ. Muy señor mío: Siendo lector de su periódico y viviendo en Casas Viejas, donde soy concejal de la U.G.T. y he sido jefe de esta Agrupación, me creo autorizado para poder enterarle de los trágicos sucesos aquí ocurridos y de sus causas.



Cuando llegué a esta aldea, que a pesar de estar a veinte kilómetros de Medina se considera como una calle de dicho pueblo, fue poco antes de caer la Monarquía y me encontré con que no había partidos de ninguna clase, sino una aldea con poco más de tres mil almas, sumida en la mayor miseria, donde la vida y el sustento de los vecinos dependían de cuatro o cinco señores, dueños de vidas y haciendas, que de nada se habían preocupado sino de sus intereses. El pueblo lo componen familias muy emparentadas entre sí por la unión de unos con otros, y todos son trabajadores y honrados como los primeros. Tienen el defecto de que el noventa por ciento no sabe leer ni escribir, y el diez restante no sabe lo que lee ni lo que escribe. Había una escuela de niños y otra de niñas con un local para treinta, y en él setenta pequeños y cien más en la calle porque no se les podía dar clase. El Ayuntamiento de Medina Sidonia concedía a un pueblo que está compuesto todo de obreros muy pobres veinte pesetas mensuales para los enfermos y cincuenta para medicinas, mientras en Medina se gastaban y se gastan cantidades fabulosas. Casas Viejas tiene un solo médico. No tiene botica; las calles están en su mayoría sin empedrar, y los días de viento se hace en ella la vida imposible. Las aguas que beben los vecinos nacen debajo de estercoleros, donde se producen tifus y las calenturas infecciosas y corren después por medio de las calles, donde los vecinos arrojan las basuras. Casas Viejas no tiene ningún barrendero. Medina Sidonia, cinco. El cementerio linda con las casas, a las que llegan sus malos olores, y las autopsias se hacen en pleno suelo porque no hay otro lugar más adecuado.



Como protestaba contra todas estas cosas, al venir la República el pueblo me nombró por unanimidad alcalde pedáneo y después concejal, y aquí empiezan mis tormentos. El alcalde de Medina, Sr. Butrón, que pertenecía a los radicales, me negaba todo cuanto yo pedía para el pueblo, no me pagaba el viaje a Medina, que cuesta treinta pesetas. Las citaciones me las mandaba después de celebrada la sesión, y gobernaba en consejo de familia, solo con los radicales, que son menos de las dos terceras partes de concejales. Entonces dimití la Alcaldía.



El pueblo al venir la República, creyó que mejoraría la situación, y cuando vio que empeoraba se envenenaron los ánimos. Comenzó entonces una propaganda que los alcaldes radicales que me sustituyeron toleraban; se daban mítines, donde se insultaba a los ministros y a la República. Los de la U.G.T protestábamos sin que se nos atendiera.



Las huelgas ilegales que hacía la C.N.T. eran toleradas como todos los abusos y las coacciones que se empleaban con nuestros afiliados. Como verá, un pueblo de analfabetos, por noble que sea, al que se dan tantos vuelos, se llega a creer invencible, y de ello resultar estas catástrofes.



A pesar de ser un pueblo puramente agrícola se sembró menos que ningún año, quedándose 1.5000 hectáreas de terreno de labor sin sembrar y unas 500 de la Yeguada Nacional, que a pesar de haberlas solicitado la U.G.T. no se consiguieron, quedándose la mayoría de los obreros en paro forzoso. El Ayuntamiento les daba, cuando le parecía, seis reales como limosna, y así llevaban seis meses en situación tan angustiosa.



Este es un pueblo donde no debiera existir paro, puesto que es abundantísima el agua y se podían convertir en terreno de regadío muchos cientos de hectáreas; pero ni los dueños lo hacen ni dejan que otro lo haga ni les obligan las autoridades. 



Le daré una pequeña información de la familia del “Seisdedos” para que vea hasta que punto era pobre y honrada y en la situación que la han puesto los sucesos. Se componía de un viejecito con más de ochenta años, viudo, que en la actualidad vivía con dos hijos solteros y una nuera viuda, más dos nietos. Todos en la misma choza donde los sucesos se han desarrollado. Los demás que había allí es que se refugiaron en ella. Esta familia, más dos hijas casadas, una de las cuales es la madre de la que llaman la Libertaria, estuvieron catorce años en unas tierras que tenían mis padres de unos vecinos nuestros, y fueron los vecinos más honrados y más trabajadores que pisaron aquellos terrenos. La viuda, nuera del “Seisdedos” estuvo en mi casa de criada seis años y era fiel y honrada como ninguna; la que ahora da tanto escándalo en la prensa iba con frecuencia a verle, y era una muchacha apocada, como siguió siéndolo hasta que vino a Casas Viejas y conoció a un exaltado, con el que entabló relaciones. Este es el que llevó a toda la familia a la ruina, pues para mí no hay duda que los que se refugiaron en la choza fueron los que hicieron frente a los guardias. 



Y ahora viene la página más triste. En el pueblo donde cayeron tantas víctimas, hijas de un error, se han quedado sin padre muchos niños, que no tienen la culpa de nada, y si se los abandona en medio de tantas desgracias perecerán de hambre, pero si se les ayuda y educa aún pueden ser útiles a la sociedad. Hemos pedido que se construya un grupo escolar con capacidad para dos escuelas, una de niños y otra de niñas y otra de párvulos, pero no se ha podido conseguir nada porque a ello se opone el alcalde.
En vista de los sucesos pedimos una cantina escolar, que si funciona rápidamente mitigará el hambre de los niños, hoy en pleno abandono por los sucesos que todos lamentamos. Treinta quedan huérfanos, abandonados en la mayor miseria, y en grandísimo el número de los que están sin amparo por haber sido presos sus padres. José Suárez”.



Esta carta de Suárez Orellana al periódico Luz nos sirve para establecer las causas de estos Sucesos. En primer lugar, aparece la miseria en que vivían la mayor parte de los campesinos y la injusticia en el desigual reparto de la riqueza existente. Se observa también  el grado de abandono, aislamiento y carencia de equipamientos que se encontraba Casas Viejas en la Segunda República. Como es habitual en su corpus ideológico Suárez Orellana le presta una importancia especial al analfabetismo, a la falta de los equipamientos educativos necesarios. 



Como gran animal político que es, en el fondo esta lamentable situación para él tiene una explicación política, con distintas variables. Por un lado, la estructura latifundista de la propiedad, por otro la dependencia política hacía Medina Sidonia que abusa de su poder político y a la deficiente actuación de diversas fuerzas políticas. En concreto, se refiere a los anarquistas y a los radicales, constituyendo la parte más subjetiva de su explicación y que será una constante en sus explicaciones posteriores. 



Otra constante de Suárez Orellana que también aparece en la carta es su desmitificación de la familia Seisdedos. Para ello utiliza el hecho de que el conoce perfectamente a la familia ya que es de Casas Viejas y que su familia ha tenido muchos contacto con ellos, denunciando las falsedades y leyendas que sobre ellos se estaban escribiendo después de los Sucesos. 



Termina su carta, como no podía ser de otra forma, proponiendo soluciones. Por un lado, aplicar la reforma agraria que aporte modernidad y productividad al campo de Casas Viejas, por otro lado, hacer un especial esfuerzo por extender la educación y la cultura entre la población, especialmente sobre los niños y los jóvenes. Esta importancia a la educación y a la reforma agraria será una constante en Suárez Orellana y constituye una característica de este regeneracionista ("Despensa y escuela" decía Joaquín Costa) casaviejeño. Constantes, por cierto, que desafortunadamente siguen teniendo vigencia en la actualidad.

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