headerphoto

La Canción de Aisha. (Retablo de la vida de Ben-Alud) 5.- Por Francisco J. Martínez Guerra

5.  La fuerza del amor.  
Una mañana de aquel verano de 1.212 Dabbus llevó de excursión a Aisha al molino harinero de Mohamed para explicarle el trabajo de la rueda hidráulica moliendo el trigo.

Mientras bajaban el camino, en dirección a la llanada de La Janda, Dabbus iba explicando a la niña la importancia del agua en los seres vivos. Una bandada de golondrinas levantó el vuelo en el cañaveral que ocultaba la acequia. Esta parecía elevarse a lo largo del camino, sobre el terraplén, en su curso de unos trescientos metros aguas abajo hasta la pequeña balsa que cerraba el cubo del molino; un grueso muro de piedra que hacía de represa sobre el que se asentaba parte de su obra de fábrica.  



Ladraba un perro en la cancilla cuando Mohamed, sujetándolo y haciéndolo callar, llamaba a su mujer. Rodeada de gallinas que picoteaban las cascaras del suelo, sentada bajo el emparrado a la puerta de la vivienda, la molinera canturreaba alegre y atareada desgranando, en el lebrillo que sostenía en su regazo, las vainas de habas verdes que sacaba de un cesto de mimbre. 
- Ya voy ¿Quién viene?- Respondió levantándose de la silla, sacudiendo el delantal y cubriéndose con el velo mientras acudía a la cancilla.



Era la niña Aisha, la hija del caudillo Ben-Alud, el señor de las vidas y haciendas de la gente del lugar quien llegaba acompañada por “el Morabito” que así le llamaban por allí y a quien tenían por un santón con poderes para curar males del cuerpo y del espíritu.
Contentos con la visita, elogiando la belleza de Aisha que ocultaba su rostro con un fino velo, el matrimonio besó las manos de “el Morabito”.
- Algo tienen que tomar; ahora mismo les preparo una limonada - dijo la molinera tratando de complacerlos dirigiéndose a Dabbus.
Mientras Aisha, acalorada, se apartaba el velo para secar el sudor de su frente, por la escalera de piedra exterior que accedía a la planta de molienda, bajó el joven Samir, un muchacho que aun no había cumplido los diez y siete, alto y esbelto, de inconfundibles facciones celtas quien en seguida se dirigió a Dabbus y lo saludó agachando humildemente la cabeza. 
- Aisha este es Samir de quien te hablé. Dijo Dabbus



Aisha, al verle, se tapó el rostro con el velo y mientras lo observaba, con mucha atención, su mirada quedó clavada en los ojos de aquel joven sintiendo, por un momento, una dulce emoción que llenó su corazón de gozo. Ruborizada, vio complacida como también el rostro del chico enrojecía y, ya repuesta de aquella extraña sensación, se dijo para sus adentros “Bendito sea Alá que me ha permitido conocerlo”.
 - Vamos, hay que ver el molino, pasa tu primero Samir que de seguro sabes cómo funciona; entra y explícale a Aisha que todos no cabemos  - dijo Dabbus ante la mirada complacida de Mohamed. 



Entraron los chicos al interior en tanto los demás quedaron hablando en el rellano de la escalera. Desde el amplio ventanal de la caseta del molino se podía observar la profundidad del cubo, la balsa en la que nadaban algunos patos, y el final de la acequia con su aliviadero ya a la entrada de la balsa. Alzando un poco más la vista, la mole terriza de La Torre relucía dorada por el sol asomando entre los acebuches sobre el fondo azul del cielo.
- Estos días el molino está parado, hay que picar la piedra, pero no es problema, lo pondremos de nuevo en marcha - dijo Samir con aire de suficiencia dirigiéndose a Aisha mientras bajaba la piedra volandera que colgaba del pescante y la engarzaba en el eje motriz dejándola asentada sobre la que hacía de solera. 



A continuación, tras verter un saco de trigo en la tolva, saltando por la ventana, corrió por el muro del cubo, quitó la tabla que cerraba la entrada del agua de la acequia y la colocó en el aliviadero lateral a fin de elevar el nivel de la balsa. De regreso, entrando de nuevo por la ventana al cuarto de molienda, accionando una palanca, abrió el paso del agua al saetín poniendo en marcha el molino. 
- Ves, la piedra de arriba, en su giro, aplasta los granos contra la de abajo- Explicó Samir. 



Pero Aisha no miraba la piedra de molienda, ni el chorro de rubio trigo que caía de la tolva, ni la blanca harina que se acumulaba en el harnal. Sus ojos, puestos en el joven Samir, seguían sus ágiles y precisos movimientos, llenos de energía, como si hubiese hecho el trabajo de molinero durante toda su vida y a sus oídos, sordos a los chirridos del grueso eje de madera del rodezno y el roce de la piedra, solo llegaba el agradable eco de la voz del joven.
- Samir, tú no eres del lugar verdad, tampoco eres hijo de esta casa - Dijo entonces Aisha. 
- Bueno yo…- balbuceó Samir enrojeciendo mientras Dabbus entraba dejando interrumpida la conversación.
 - ¿Cómo va todo? ya veo que el molino muele el trigo ¿Lo has visto bien Aisha? Ahora dentro del cárcavo, por la parte de abajo, podrás ver girar el rodezno movido por la fuerza del agua contra sus álabes – Dijo Dabbús.



Bajó Aisha detrás de Samir hasta donde la salida del agua y mirando al interior del cárcavo, mientras agachaba la cabeza, le preguntó muy bajito:
- Yo no sabía nada de ti Samir ¿Cuánto tiempo llevas por aquí? ¿Tú me habías visto? 
- Una vez saliendo del morabito, pero no sé, es muy extraño es, es, siento como si te hubiese visto y conocido de siempre, desde que nací, desde mucho antes - respondió Samir mirándola embelesado mientras ella, destapándose, le mostraba su hermoso rostro. 
En ese momento apareció otra vez Dabbus y aunque Aisha le pidió quedarse un poco más de tiempo este dio por terminada la excursión. Se había hecho tarde y era hora de regresar a La Torre; “Ya volveremos otro día” dijo. 



Y fué allí, en el breve tiempo de aquella excursión mañanera: de la misma manera que la fuerza del agua movilizó el rodezno del molino la fuerza del amor movió los corazones de dos jóvenes de diferentes orígenes y condición. Fue el despertar inocente del amor de dos niños, un amor que no dejaría de crecer desde entonces sin que ya nunca dejaran de quererse.

0 comentarios: