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La Canción de Aisha. (Retablo de la vida de Ben-Alud) 4.- Por Francisco J. Martínez Guerra

4. El  pacto matrimonial.
 “La niña de mis ojos” decía Hassan Ben-Alud de aquella hija a la que adoraba y que, a punto de cumplir quince años, era una linda mujercita de bello rostro y cuerpo esbelto que mostraba unas formas femeninas casi perfectas.

Dabbus se ocupaba personalmente de instruirla y educarla en el rigor de la fe y, en cuanto a los demás aspectos, en el mismo plano de igualdad que un varón, sin las ñoñerías de la educación tradicional que formaba a las mujeres para esposas sometidas a la voluntad y capricho del hombre. 



Con tío Dabbus, que así lo llamaba, pasaba la niña más tiempo que con su padre, casi siempre ausente. A él la unía un gran cariño y una mayor confianza y complicidad. Aisha leía el Corán, recitaba sus versículos y algunos capítulos de memoria, tenía conocimientos de gramática y poesía y cantaba con una agradable voz, acompañándose del laúd, los poemas de Almutamid el rey poeta de Sevilla que había muerto en el exilio de África.



 Y no sólo se preocupaba Dabbus de los conocimientos de Aisha, también de que llevase una vida sana, al aire libre, lejos de las intrigas femeninas del harén, paseando por el campo, montando a caballo e incluso practicando la caza con azor, algo que entusiasmaba a su padre a quien a veces acompañaba en sus jornadas de cetrería. Aisha adoraba a sus aves, le gustaba verlas en la alcándara, cubiertas con la caperuza, mientras esperaban la llegada del cetrero que las entrenaba con señuelo en la explanada próxima. Quitándose el guante de cuero acariciaba el suave plumaje de sus azores hablándoles para que la reconociesen por su voz. 



Así que parecía increíble que Hassan, un padre que adoraba a una hija a la que tanto mimaba, hubiese podido actuar con ella de la manera que lo hizo cuando lo del castillo de Villanueva. Sin duda era Hassan  hombre sacrificado, valiente, sin miedo a la muerte, generoso y tierno con su hija pero en lo tocante a la ambición de riqueza y de poder era implacable, mostraba un corazón insensible capaz de llevar a cabo las acciones más brutales, las mayores villanías e incluso, si era preciso, el sacrificio de los suyos, como así sucedió con la niña Aisha. Fue su ambición, para él principio por la que luchar sin ninguna limitación, la que le hizo obrar de aquella manera. Eso pensaba el primo Dabbus, el único capaz de frenar sus excesos, el día que leyó, maldiciendo al primo, el mensaje de una paloma mensajera. Pero este hecho ocurriría dos años más tarde de lo sucedido aquel día durante el asedio de la fortaleza de Villanueva. 



Una tarde en la que Ben Alud tomaba el té en la tienda del campamento musulmán con su sobrino Ibn Qasem, jefe supremo de las fuerzas musulmanas, tras discutir las condiciones que pedían los cristianos a cambio de entregar la fortaleza, Ben Alud contó a su sobrino la aventura con el niño guerrero que, armado de un arco, se le había enfrentado en el camino la tarde del día anterior. Ibn Qasem, sin el menor interés en aquel tema, bien pronto le preguntó por Aisha. 
- Como está mi prima, tío, me han dicho que es una muchacha muy hermosa.   
- Pues yo tío quería pedírtela por esposa, Aisha es de mi linaje. Aunque ya soy mayor, no lo puedo negar, me encuentro joven y vigoroso, sería un buen marido y ella tendría en mi palacio de Fez el rango de primera esposa.



Ben-Alud, que pensaba para su hija en uno de los jóvenes hermanastros de aquel ya maduro pretendiente, nunca hubiese podido imaginar la petición de Ibn Qasem, que además de dos esposas tenía veinte cinco años más que su hija; sorprendido, sin saber que responder, temeroso de la reacción de aquel poderoso caudillo, sin negarse, trataba de eludir cualquier contestación comprometedora mientras analizaba los pros y contras de tan imprevisible propuesta. 



Tras una larga conversación, con buenas palabras y mejores ofrecimientos, Ibn Qasem acabó convenciendo al tío de las ventajas de aquel matrimonio y éste, satisfecho con las condiciones finales, dejó sellado aquella misma tarde el acuerdo de boda de su hija Aisha para dos años más tarde, para cuando la niña alcanzase una mayor madurez como mujer. Ibn Qasem la llevaría a Marruecos y aquel matrimonio reafirmaría los lazos de familia y poder de los Ben-Alud a uno y otro lado del Estrecho. 



Hassan, ufano del acuerdo logrado aquella tarde, para nada tuvo en cuenta el parecer de su hija que ni fue consultada ni conocía al primo; tampoco contempló la posibilidad de que Aisha pudiese negarse a casarse con un hombre viejo. Hassan justificaba su actuación pensando que el matrimonio, además de la grandeza de la casa, dejaba resuelto el futuro de su hija; al fin y al cabo ninguno de los otros parientes jóvenes de Fez se habían interesado por Aisha, una niña hermosa, que pronto cumpliría los quince años. 



No era la opción que hubiese escogido Hassan para su hija, pero fue así como sucedió y por ello Hassan acabó pactando las condiciones del  matrimonio de la forma más conveniente y favorable para la familia. En cuanto a la manera de llevar a cabo aquella negociación tampoco fue muy diferente a la venta, el año anterior, de uno de los sementales de su yeguada; le dolió mucho desprenderse de aquel hermoso ejemplar pero lo hizo sacando el máximo provecho de su venta. 



Así actuó Ben-Alud aquella tarde con su hija. Era un hecho doloroso, pero necesario, eso creía,  un hecho que su conciencia se lo reprobaría de por vida. “Ya habrá tiempo de decirlo” se decía Hassan tratando de eludir aquel oscuro trato, posponiendo una y otra vez la comunicación de tan importante asunto a su hija y a la familia. Nada supo Aisha de su  compromiso matrimonial con Ibn Qasem, ni entonces ni más tarde; no lo supo nunca Omar, tampoco Dabbus. Nada se sabría de aquella triste y loca decisión del caudillo Ben-Halud hasta dos años más tarde y, si se supo, fué gracias a una paloma mensajera.

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