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La Canción de Aisha. (Retablo de la vida de Ben-Alud) 9.- Por Francisco J. Martínez Guerra

9. El regreso de Samir. -Y de Omar y Samir ¿qué se sabe?- Preguntó Aixha a su padre ¿No habrán muerto por tierras de Jaén? añadió. - Lo último es que Samir estuvo muy valiente en la toma de Úbeda; por allí seguirán hasta la llegada de los fríos aprovechando el éxito de la ofensiva. Samir será un gran caudillo, actuó con mucho arrojo y decisión recuperando la fortaleza del Cerro.




Como yo en mis mejores tiempos.- dijo de forma sentida y tratando de animar a su hija- Confiemos en su regreso. Al siguiente día, antes de la llamada a la oración de la mezquita, Aisha se fue al morabito para hablar con el tío Dabbus. - ¡Hoy es un gran día tío! Alá ha querido que acabe mi tortura; solo me falta tener a Samir cerca, nos queremos y solo con él me casaré; seré su única esposa, eso me tiene prometido. Perdona tío que no te haya escuchado últimamente, estaba muy enfadada, con mi padre, contigo, conmigo, os despreciaba a todos y sólo pensaba en morir ¡Que Alá me perdone! - No, niña, tú no tienes culpa de nada, vete tranquila y disfruta de la fiesta. Pero era Dabbus quien no estaba tranquilo, le preocupaba la breve conversación mantenida con el primo Hassan mientras Aisha cantaba el zéjel. Tenía sus dudas sobre que éste, una vez más, hubiese ido más lejos de lo que le había contado maquinado alguna de las suyas movido por su insaciable ambición ¿Habría enviado a Samir a la guerra para apartarlo de una vez por todas de Aisha dejando así de ser un impedimento al compromiso de boda con el primo de Marruecos? Y por qué no, era algo que había ocurrido con frecuencia a lo largo de la historia, ¿no obró de ese modo el rey David con Urias para apropiarse de su esposa Betsabé? ¿Estaría vivo Samir? ¿Habría muerto en alguna refriega o en la toma de alguna plaza o castillo en poder de los cristianos? Eran preguntas que Dabbus se hacía y que, algunos días más tarde, tendrían respuesta. Habían pasado cinco lunas desde que Omar y Samir marcharon a la guerra sin que a La Torre hubiesen llegado más noticias que las de los hechos de Úbeda cuando, una tarde de finales del otoño en la que los campos verdeaban tras unas oportunas lluvias, se presentó en La Torre el joven Samir acompañado por un grupo de hombres a caballo. Aisha, al verlo, corrió a su encuentro y sin ningún reparo, delante de su padre y los allí presentes, llorando de alegría se fundió con él joven en un emocionado abrazo. - Y Omar ¿quedó en Sharish? Preguntó la joven. -Omar murió, dijo, Samir. Fue en el sitio de Segura, en una salida sorpresa de los caballeros de Santiago que ocupaban el castillo desde principios de año. Aunque continuamos por unos días tuvimos que levantar el cerco de la fortaleza y retirarnos con tu hermano muerto. Lo enterramos en Úbeda. Aisha lloró aquella muerte consolada con la llegada de su amado mientras su padre, que parecía mantener la compostura, interiormente deshecho, se rompía sintiéndose culpable de la muerte de aquel hijo. - Alá es justo y paga a cada uno según merece - se decía una y otra vez Ben-Alud mientras la hija trataba de consolarlo. - Ahora no me cabe duda de que a Samir le protege la “baraka” pensaba Dabbus. 



10. Los funerales de Omar. El día de la celebración de las honras fúnebres por Omar un murmullo sordo se hizo entre la gente que esperaba a la puerta de la mezquita aljama de Sharish cuando, a la entrada de la familia del difunto, Hassan Ben-Alud apareció vestido con traje penitencial y la cabeza cubierta de ceniza. En la ceremonia el imán elogió vehementemente las virtudes del guerrero muerto en guerra santa: un buen musulmán que cumplía con los cinco rezos que manda el Profeta; un mártir que ya goza de los deleites del Paraíso – dijo de Omar.
A continuación Dabbus, subiendo al mimbar, tras manifestar el agradecimiento de la familia a los asistentes, habló de la misericordia y el perdón de Alá para el hombre arrepentido narrando aquella historia del rey David que había oído a su amigo el rabino de la sinagoga en una charla sobre los Libros. - Mirad el rey David, un gran profeta, no sólo de la fe judía y cristiana, también de nuestra fe musulmana. Desde el terrado de su palacio de Jerusalén contemplaba a Betsabé, una bella mujer que se bañaba; se le antojó, la hizo traer y se acostó con ella. Cuando, el marido de aquella mujer, el general Urias, regresó a su casa, encaprichado y queriendo apropiarse de su esposa, el rey lo envió de nuevo al frente con una carta dirigida al jefe supremo del ejército: “Ponlo al frente de lo más reñido de la batalla y retiraos para que Urias sea herido y muera” decía el escrito y así se hizo ¿Habrá crimen mayor? Fue el rey David un gran pecador pero fue aún mayor su arrepentimiento. ¡Ala, el Compasivo, el Misericordioso, perdona a los que como David se arrepienten! Concluyó Dabbus. Pocos entendieron el mensaje de Dabbus y menos que nadie el imán quien mostraba de forma ostensible su desacuerdo calificando aquella homilía injuriosa con la persona del rey David: “Solo un hombre santo y perfecto puede ser profeta y David lo fue” sostenía el imán airado a la salida de la mezquita aljama.

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