La Canción de Aisha. (Retablo de la vida de Ben-Alud) 8.- Por Francisco J. Martínez Guerra

8. La canción de Aisha. Año 1214.
En La Torre, el mes de Ramadán, como ocurría cada año, se había hecho demasiado largo; la gente pasaba el día hambrienta, cansina y sin fuerzas, haciendo malamente sus labores deseando la llegada de la noche y con ella el fin del ayuno hasta el siguiente día. Ahora con su final llegaban las fiestas: tres alegres días de celebraciones en los que se alternaban los rezos en la mezquita con el buen comer, la música y el baile en la explanada, entre los acebuches.




Los Ben-Alud, desde que inauguraron la casa fortaleza, por esas fechas, acudían cada año al lugar, se ocupaban de organizar la fiesta disponiendo, bajo una jaima, varías largas mesas repletas de manjares entre los que no faltaban las fuentes de cuscús, los estofados, el cordero, las pástelas de hojaldre relleno y los dulces de almendra bajo una nube de aroma a comino y especias que abría el apetito de una gente que, ayunada durante tantos días, daba buena cuenta de ellos divirtiéndose con la música y el baile.



Ben-Alud, que está vez no pudo adelantar su regreso, tras cuatro meses de ausencia, llegó a La Torre aquella tarde de otoño en plena celebración del primer día de las fiestas. Y venia con buenas noticias de la guerra: los musulmanes habían recuperado Úbeda perdida cuando las Navas de Tolosa.



Y a poco de apearse de su caballo, sin más, se presentó en la jaima saludando apresuradamente a Dabbus y a algunos de los presentes acercándose, tras coger un pastel de carne, a su hija Aisha que lucía un rico traje de seda de vivos colores y un fino velo de tul que transparentaba su hermoso rostro pálido y afilado.
- Es el ayuno, nos pasa a todos cada año, pensó Hassan Ben-Alud mientras abrazaba a su hija y la niña se echaba a llorar.
-¿Por qué lloras hija ahora que he llegado?
- Padre tú lo sabes, me lo contó todo el tío Dabbus. Yo me quiero morir.
En medio de la jaima, la llegada del amo parecía haber animado aun más la fiesta y la gente, alegre, cantaba. “Como lluvia de Abril” le pidió a Amín, que tocaba el rabel, una chica joven que seguidamente cantó la canción que tanto gustaba a Aisha:

De La Torre hasta el molino,
Por el camino que baja,
Llevaba el aire la copla
Que canta la niña Aisha:

Como agüita el molino,
La Janda el agua,
El campo primavera
Y el gallo madrugada,
 Así mi canto espera,
Así mi canto aguarda.

 Como lluvia de Abril,
Como la tierra el agua,
Como la noche luna,
Como lucero el alba,
Así mi amor espera,
Mi amor así le aguarda.

 ¡Ay del galán del molino!
¡Ay del galán de la Janda!
(En la guerra está Samir,
Aisha esperaba en su casa.)




En aquel ambiente festivo, después de celebrar la canción, la gente pedía con insistencia, ajenos al dolor de la niña, oír cantar a
Aisha y aunque se negaba, repuesta de sus lágrimas, acabó haciéndolo a ruegos de su padre:

- Luego te lo contaré todo hija, anda, haz caso que yo también quiero oírte, le dijo.
Aisha se sentó en medio de todos y tomando el laúd se dirigió a su padre con este zéjel:




¡Ay amor
No me causes más dolor!

Padre, casarme no quiero
Con príncipe, ni heredero,
Ni  con viejo caballero
Que me trate sin honor.
¡Ay amor
No me causes más dolor!

Amor por un joven siento
Y ha de causarme tormento
Doblegar mi sentimiento
Casándome en desamor.
¡Ay amor
No me causes más dolor!

Que de querer, padre, quiero
Solo al galán molinero
Que transforma con esmero
El trigo en harina flor.
¡Ay amor
No me causes más dolor!

Y si me dices que no
¡Desdicha de mi fortuna!
Frente a La Torre moruna,
Las aguas de la laguna,
Pondrán fin a mi dolor.
¡Ay amor
No me causes más dolor!.




Hassan Ben-Alud, muy cansado tras la larga jornada de camino, no esperaba encontrarse en tal situación en medio de la fiesta. Se sintió mal y muy triste oyendo el canto de su hija, viéndola llorar desconsolada, sin ningún tipo de disimulo, ante la gente del lugar que, curiosa y preocupada, se preguntaba por la causa de su desdicha.
-Pobre de mi niña. Dijo Hassan en voz baja que Dabbus, a su lado, pudo oír.
- Pues ya ves como está de pálida y delgada y no es del Ramadán. 



Desde que le hablé del matrimonio que tienes previsto para ella con el primo de Fez perdió la alegría, ha caído en un estado de desánimo total, sin ganas de comer ni pasear; solo me pregunta por Samir y su regreso. En vano he tratado de consolarla y darle esperanzas pero no quiere oír; no sé qué va a ser de ella, estoy muy preocupado, habla sólo de morirse – dijo Dabbus.

- Dabbus, obré mal, nunca hablé ni conté con ella para nada en estos dos años ya pasados. Llevabas toda la razón el día que viniste a verme: yo estaba ciego, lo he estado muchos años, ahora lo veo claro, veo el mal que ha podido caer sobre ella, también sobre mi y todos nosotros. Parece que Alá ¡bendito sea! ha impedido una vez más mi loca ambición. Sabes, el primo Ibn Qasem ha muerto ¡Alá lo tenga en el Paraíso de sus mártires! Un mandoble enemigo le abrió la cabeza y la cara; los médicos de Fez no han podido salvarlo. La noticia, me la dieron hace tres días en Sevilla, la acababa de traer una galera de Larache. Ya no hay compromiso Dabbud, estoy confundido y siento una gran pesar dijo finalmente Hassan, tras una pausa.
 - Pues ahora confiemos en que Samir regrese de la guerra, concluyó Dabbus.



Hassan no respondió y con el rostro oscurecido por una gran preocupación, alejándose de Dabbus, se acercó a su hija despidiéndose de la fiesta,  marchando con ella a la fortaleza. Sin más demora quería contarle la muerte de Ibn Qasem y el fin de aquel compromiso matrimonial que había negociado sin contar con el consentimiento de ella; “El bien de los Ben-Alud cegó mi ambición; quise la grandeza de la casa incluso a costa de tu sacrificio”, le diría a su hija pidiéndole perdón.

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