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La Canción de Aisha. (Retablo de la vida de Ben-Alud) 7.- Por Francisco J. Martínez Guerra

7. Dabbus discute con Ben-Alud.
Desde Las Navas de Tolosa, el año 1.212, la situación había empeorado para los musulmanes de Al Ándalus incapaces de frenar el avance de los cristianos que habían traspasado Sierra Morena. Las taifas de Al Ándalus temblaban faltas de unidad ante la ofensiva cristiana; incluso hubo reyezuelos, como haría años más tarde el de Granada, que se ofrecían con tropas y dinero a los cristianos para invadir las taifas vecinas a cambio de que respetasen las propias. 




Ben-Alud, tras aquel nefasto verano de 1.212, ya hacía dos años, al no sentirse identificado con el califa Miramamolín al que culpaba de la derrota de las Navas y ante la falta de unidad y liderazgo de las taifas frente al enemigo común decidió entonces no acudir más a la guerra santa en lugares lejanos a su jarca. 



Solo preocupado en la seguridad de sus posesiones e intereses a uno y otro lado del Estrecho, se negaba a reconocer  el peligro cristiano viendo como Al Ándalus iba perdiendo sus territorios al sur de Sierra Morena. “No hay peligro para nosotros” decía ahora cuando, no hacía mucho, había mantenido la idea contraría. 



Y era por eso que Dabbus, mientras rozaba con sus dedos el mensaje que guardaba en el bolso de su chilaba, tras despedirse de Samir, trataba de comprender el cambio de actitud del primo Ben-Alud  - ¿Por qué enviaba a la guerra a su hijo después de haberse negado durante más de dos años? ¿Cuáles eran las razones que tenía para cambiar de criterio? Ni el mismo debe saberlas. Y Samir ¿Cómo envía a un joven sin experiencia al mando de  las fuerzas de vanguardia con gran riesgo de perder su vida y la de los demás? ¿Se habrá vuelto loco?- Se preguntaba Dabbus extrañado de la conducta de Hassan que, por esta vez, tras haberse negado en rotundo muchas otras, accedió colaborar en la guerra santa para recuperar los territorios perdidos en Jaén tras el desastre de las Navas de Tolosa.



A la mañana siguiente, durante el desayuno, Dabbus pudo  hablar con el primo Ben-Alud que andaba con prisas para acudir a otra reunión en la alcazaba. 
- No acabo de poner a aquella gente de acuerdo; de la guerra lo único que les interesa son las prebendas del alto mando y el reparto del botín. Y tu Dabbus ¿Que te trae por aquí? no te esperaba. 
- Pues yo vengo por otros asuntos, respondió Dabbus mientras sacaba el rollito de papel de seda. Verás, hace dos días, tu hija Aisha cazó una paloma que traía este mensaje para ti; ella no se atrevió a abrirlo y me lo dio a leer. Le dije que se trataba de la guerra santa pues no creí prudente contarle la verdad sin antes hablar contigo. Al leerlo me quedé sorprendido, nada sabía yo del compromiso de esa boda, tampoco ella lo debe saber, al menos nunca me lo ha contado; así que decidí venir a verte de inmediato antes de que marches para Sevilla. Toma, léelo. 



Ben-Alud tomó la lupa que le ofreció Dabbus y, con alguna dificultad, su fuerte era la guerra, acabó leyendo el texto quedando por un momento pensativo.
- Bueno pues ya lo sabes. Ibn Qasem la pidió por esposa, pactamos su matrimonio y a menos que el muera por mi parte se cumplirá el compromiso. Eso es todo, hace tres lunas que nada sabía de él. Ahora me entero, por el mensaje, que ha estado al borde de la muerte en la guerra de Libia y, aunque mal parado, espera salir de esta. Eso dice confirmando su compromiso de boda con Aisha en cuanto sane. Por lo que da a entender no parece pueda ser pronto, dijo finalmente Hassan tras una breve pausa sintiéndose incomodo.
- Pero eso no es posible, Hassan, es una locura. Por edad  Ibn 



Qasem podía ser el padre de Aisha; un viejo soldado inválido de guerra, con dos esposas y dos concubinas ¿para qué quiere ese hombre una chica joven? ¿Cómo es posible que pretendas casarla con él? ¿Cómo no lo sabe Aisha todavía? ¿Y si ella no quiere casarse? El compromiso Hassan será tuyo pero no de tu hija. Yo la conozco bien, estoy convencido que no aceptará esa boda. Aisha es joven, hermosa, llena de vida, una chica ajena al poder y al culto a la muerte de vosotros los hombres de la guerra. Que Alá me perdone pero sí ha de ser como dices que muera ese poderoso caudillo ¡Qué se vaya, ya mismo, al paraíso de los mártires de la guerra! prefiero la vida de Aisha - dijo Dabbus maldiciendo a Ibn Qasem y reprobando, muy enfadado, la conducta de  Hassan.
- Mira Dabbus, en la casa de los Ben-Alud mando yo, no lo olvides, yo dispongo de los míos. ¿Te acuerdas de Bernardo del Carpio? ese cristiano que decía “cuatrocientos sois los míos los que coméis de mi pan” pues vosotros sois casi otros tantos, por todos lucho y cumplo mis obligaciones jugándome la vida. Y esos deberes los exijo para los míos. Aisha estará a la altura de su obligación de hija y respetará el pacto de su padre casándose con el primo Ibn Qasem honrando mi linaje; no dudes primo Dabbus que así se hará. Por cierto nada me habías dicho de que Aisha se veía con Samir, en La Torre, en el molino, por la mezquita e incluso en el morabito, eso me han contado, amores secretos de chicos de los que tú debes ser buen conocedor pues ya van para tiempo. Samir es un excelente muchacho, para el quiero lo mejor, pero él no se puede cruzar en el camino de Aisha. A mi regreso hablaré con ella, mientras tanto, tú mismo lo puedes hacer si quieres,  sin olvidar mi compromiso con Ibn Qasem y la lealtad que me debes - dijo Hassan alzando la voz, en tono altivo y muy firme.  



Dos días más tarde Omar y Samir partían para la guerra. Ben-Alud los acompañó hasta Sevilla donde quedó por asuntos de la corte. Omar y Samir, tras juntarse con otras tropas, prosiguieron viaje a las tierras de Úbeda y Baeza. En cuanto a Dabbus, regresó cabizbajo y confundido a La Torre, sin saber muy bien qué hacer, más preocupado aún que el día que marchó a Sharish para hablar con el primo Hassan.  

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