Los participantes en los Sucesos de Casas Viejas. Cristóbal Toro Domínguez. 7

De los treinta casos de participantes en los Sucesos de Casas Viejas ninguno se puede decir que naciera con buena estrella. Todos han nacido en un contexto marcado por las dificultades y desigualdades y su experiencia vital transcurre en medio de grandes obstáculos. Algunos estaban bastante politizados, los llamados “campesinos con ideas” y tuvieron cierto protagonismo políticos en los Sucesos y en la Guerra Civil, pero otros entraron en la vorágine porque estaban en ese momento y lugar concreto, caracterizándose por su poca implicación política y protagonismo. No obstante, algunos de estos sufren la misma represión o más que los primeros. Ejemplo típico es el de Cristóbal Toro Domínguez, que fue de los que más tiempo estuvo en la cárcel por los Sucesos y  por su huida a la zona republicana en  la guerra siendo del grupo de los “campesinos sin ideas”. Sin duda la mala fortuna caracterizo la vida de Cristóbal.




Cristóbal Toro Domínguez nació el 27 de Agosto de 1900. En su ficha carcelaria aparece que era hijo de José y de Quiteria, natural de Ubrique y vecino de Casas Viejas, obrero agrícola, soltero y no sabe leer ni escribir. Estamos por tanto ante otra familia sopaca, en este caso procedente de la sierra de Cádiz, que al venir a segar en verano se establecieron en Casas Viejas. Como todos siendo niño empezó a trabajar en el campo y como otros 424 casaviejeños estaba apuntado al sindicato anarquista en 1933. Participó en los Sucesos. A Cristóbal le asignaron la posición que había enfrente del cuartel por lo buen tirador que era. En efecto, en el juicio salvo a Gallinito las máximas condenas le cayeron a los que estaban disparando enfrente de los cuarteles, ellos no eran los dirigentes, simplemente los más diestros con la escopeta, por ser expertos cazadores. Esa fue su mala suerte. Como nunca se pudo averiguar quien fue el autor de los dos guardias civiles muertos se lo achacaron indistintamente a alguno de estos cincos (además de a otros como Sopas, Curroestaca, Jerónimo Silva, Luis Barberán Madueño, Pedro Cruz, Manuel Quijada...). 



En los anarquistas de Casas Viejas de Mintz se puede leer: “ Cristóbal, quien apenas sabía nada de política, había sido duramente apaleado por la guardia civil y se enfrentaba a una larga condena en prisión por su participación en el ataque a los cuarteles. Considerado un peligroso anarquista por las autoridades, pero un ingenuo campesino por sus compañeros”. En el juicio fue condenado a cinco años y del cuartel de San Roque en Cádiz pasó al penal del Puerto y de ahí a Ocaña. Salió en marzo del 36 con la amnistía del Frente Popular. Pero su mala suerte y las penas largas de prisión no iban acabar aquí. En la Guerra Civil le ocurrió igual. 



Estaba en la Cañada del Valle descorchando y cuando terminó, como todos, por miedo a las represalias se fue a la zona republicana. Deambulo por pueblos y cortijos malagueños trabajando en tareas agrícolas, hasta la caída de Málaga. Como no tenía especial significación política y durante la guerra tampoco había participado en ninguna acción bélica, pertenece al grupo que decide volver después de la caída de la capital de la Costa del Sol. El mismo lo cuenta en el sumario del 37: “Toda vez que el declarante no tenía nada que temer y estaba harto de la peregrinación que llevaba de pueblos en pueblos, acogiéndose a las noticias que circulaban de que podían regresar a sus pueblos perdonados los que no tuviera cometidos delitos ni prestado servicio de armas con los rojos…” En el sumario que se le abre todos los informes son muy desfavorables hacia su persona, se le considera “acérrimo comunista”, “sujeto de acción de ideas muy extremistas de izquierdas”, “es de suponer que por su condición e ideas ayudaría a los rojos en los pueblos en los que estuvo”… la causa estaba clara: “en el año 1933 fue uno de los que tirotearon el Cuartel de la Guardia Civil”. La sentencia no dejaba dudas: “Resultando que Cristóbal Toro Domínguez se evadió de la zona ocupada por el Ejército Nacional el veintiocho de Agosto último marchando al campo rojo y con antecedentes que le hacen ser considerado como peligroso extremista… lo condenamos a la pena de doce años y un día de reclusión temporal”. Luego fue conmutada por la de cuatro años de prisión, con lo que salió de la cárcel el 28 de marzo de 1941. Dice un familiar suyo: “Estuvo casi toda su vida en la cárcel por luchar en el bando republicano, por eso no tuvo tiempo ni para casarse.  Llegó a estar en cinco prisiones diferentes: En el Penal del Puerto de Santa María, en el Penal de Ocaña, en la cárcel de Jerez, en la de Medina Sidonia y en el penal de Chiclana”. 



La postguerra también fue muy difícil para Cristobal Toro. Soltero y sin familia (su padre había muerto en la dictadura de Primo y su madre en el 37), estigmatizado por lo de “rojo de Casas Viejas” se vio abocado a buscarse la vida en el campo “Trabajaba en el campo. En el primer trabajo que le ofrecieron vendía uvas con un burro por las “Torrecillas” en los años 53 y 54.  También iba a cazar liebres, conejos, criaba animales, segaba… Salía a vender frutas con una burra, boniatos, californias, también trabajaba en una era haciendo pajares…” Dicen fuentes familiares. Estas mismas cuentan que vivía en la calle Paternilla, lo describen como “ muy bruto, cuerpo grande y muy alto, un poco raro, inculto, no sabía leer ni escribir, no hablaba mucho con la gente, y no se metía con nadie. Siempre iba a almorzar a casa de sus tíos; a vestirse y a bañarse, a la choza donde vivían”. Por supuesto muy lejos de la versión de las autoridades franquistas que en los informes lo retrataban como “peligroso y extremista de izquierdas”.



Sus últimos años los pasó enfermo y solo. Lo ingresaron en San Rafael, donde murió en 1965. “Antes de morir, sus sobrinos le llevaban comida allí. Se enterró en el cementerio de Cádiz, porque aquí en Casas Viejas no tenía apenas familia”. Comentan las fuentes familiares. Cristóbal Toro fue otro participante más de los Sucesos que nunca encontró su estrella, lo mismo era que no tenía, como decía aquella vieja canción popular.

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